Una fértil doblez recorría la música presentada en el Sinfónico 22. Por un lado la sinestesia presente en la música de Debussy y Ravel nos lleva a identificar las ideas musicales con imágenes, olores, marcadas sensaciones sensibles, pero al mismo tiempo, ese racimo de asociaciones envuelve a la música en la indeterminación, en un clima onírico en el que una apacible melodía se puede tornar sin previo aviso en un intenso vórtice. También la obra de Britten, si bien de distinta manera, sufre de una contradicción, a saber, la condición incompleta del solista con respecto a la orquesta frente a la cual ha perdido todos los ánimos de batallar aun manteniendo su diversidad. El Concierto para violín fue escrito en un clima prebélico y se hace cargo de esa dolorosa marca, conjugando un lirismo que pide emerger pero que se tiñe de las inevitables asperezas.

Josep Pons no es desde luego ajeno a este repertorio ni mucho menos a la Orquesta Nacional, por lo que asistimos atraídos por la perspectiva de un excelente resultado. Su atenta batuta supo devolver todo el color a estas páginas y expresar el mundo que se encierra en cada pasaje, en cada imagen sonora, y las expectativas se cumplieron y con creces.

Josep Pons frente a la Orquesta y el Coro Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

Los Nocturnos de Debussy se abrieron en un clima de sutilezas y evanescencias tal como sugieren las Nuages que denominan el primer movimiento: un sonido bien empastado, un fraseo terso –no obstante la indefinición de la escritura del compositor francés– así como una afinación perfecta fueron los ingredientes que articularon un excelente comienzo; a continuación, el ambiente más festivo del segundo movimiento permitió resaltar los destellos de las partes solistas, especialmente del viento madera y subir la intensidad pero sin perder redondez. Las Sirenas finales vieron la presencia del coro femenino –estupendamente preparado por su director García Cañamero– que se integró perfectamente con la orquesta a través del mimético juego de la vocalización. En los vaivenes de la pieza, Pons fue sumamente hábil para imprimir la personalidad en cada pasaje y aprovechar al máximo la paleta de dinámicas y colores. 

Para el Concierto para violín de Britten se sumó el joven violinista japonés Fumiaki Miura. Pese a su juventud, Miura es ya un intérprete consolidado y maduro, y la elección de una obra compleja como la del compositor inglés es prueba de ello. Por las dificultades técnicas, por la necesidad de una sonoridad sufrida y elegíaca a la vez, por su estar encajado en el tejido orquestal y al mismo tiempo, este concierto requiere de suma concentración y notable inteligencia musical. Miura aportó un sonido bien legato, casi viscoso, tiñendo de amarga aspereza esas tentaciones líricas y estando a la altura tanto en los momentos más delicados como en los más vivaces, incluyendo la cadenza entre el segundo y el tercer movimiento. Desde el podio, Pons sostuvo al solista con una dirección equilibrada y remachó esa dialéctica entre violín y orquesta con acertadas decisiones en los tempi y en las dinámicas. 

Fumiaki Miura junto a la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

Tras el descanso, Pons encaró las dos suites de Daphnis et Chloé. La maquinaría orquestal de Ravel es muy exigente a la hora de plasmar todos los timbres y los empastes que surgen del recorrido errático de los ejes temáticos y, al mismo tiempo, presenta momentos de gran brillo y virtuosismo que necesitan de una dirección sin ambages. Al igual que con los Nocturnes de Debussy, la cohesión y la complicidad entre los miembros de la orquesta fue excelente, así como la integración del coro. Pons consiguió inundar la sala del Auditorio en todo momento tanto con un atmósfera ensoñada –especialmente en páginas como el Nocturno inicial o el Amanecer de la segunda Suite–, como en las secciones más pujantes reflejadas en las Danzas conclusivas de ambas Suites. 

Se trató de uno de los mejores conciertos de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales por la implicación y el desempeño en cada momento de la velada de la mano de Pons, y debido también al excelente debut de Miura, quien afrontó una partitura de no fácil resolución y dejó patente una notable madurez. 

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