Dos mundos muy diferentes en lo musical se daban la mano en el plano de lo simbólico, en la dimensión del viaje y de la luz, como lugar de salvación, protección o iluminación. Especialmente se atendía el estreno de Hacia la luz (... ἐς φάος ...) de Sánchez-Verdú, compositor entre los más destacados de su generación, con una obra de encargo por la propia Orquesta y Coro Nacionales de España, que ponía música nada menos que a los versos del Poema de Parménides.

Miguel Harth-Bedoya al frente de la Orquesta Nacional de España y los conjuntos corales
© José Luis Pindado | OCNE

Los medios requeridos para la ejecución de dicha obra resultaban sugestivos: una nutrida orquesta con órgano, un gran coro masculino (de hecho el Coro Nacional estaba integrado por el Coro de la Comunidad de Madrid, el Coro RTVE y la Coral de Cámara de Pamplona), un pequeño coro femenino y una intérprete de teatro nō japonés. Todo ello coordinado y articulado por un director atento y experto como Miguel Harth-Bedoya. El resultado es una obra eclética en el lenguaje musical que se concentra en recrear atmosfera de un tránsito, de una ascensión del poeta-filósofo (representado por el coro masculino) hacia el saber verdadero, concebido como lugar de iluminación y, al mismo tiempo, alteridad radical, de ahí la elección de una voz del teatro japonés. Más allá de las conexiones internas y analógicas que la interacción entre texto y música puedan tener para el compositor, probablemente lo más interesante de la obra en el plano musical sea la pulsión y el automovimiento que recorren la obra, encajando diversos lenguajes y devolviendo una amalgama tímbrica y una sonoridad reconocible. En cuanto la ejecución, Harth-Bedoya privilegió ante todo la claridad en el gesto al dirigir, un desarrollo nítido y una coherencia en las texturas a lo largo de toda la obra. Algunas de las partes solistas de la orquesta fueron especialmente exigidas y resolvieron con agilidad las dificultades, así como el pequeño coro femenino –situado en un lateral– irradió con sus destellos sobre la sala y Ryoko Aoki que contribuyó a ese cariz enigmático de la obra. El coro masculino resultó empero algo desequilibrado en algunos momentos, tal vez debido a su mole, perdiendo una centralidad que el texto sin duda le atribuye.

La soprano Ruth Iniesta
© José Luis Pindado | OCNE

La segunda parte, con dos páginas de Mendelssohn no muy frecuentes, nos devolvió al terreno sinfónico más habitual, pero siguiendo esa idea de viaje y tránsito. En el caso de Meeresstille und glückliche Fahrt, op. 27, inspirado en un poema de Goethe, se trata de un viaje a través del mar hasta puerto seguro; por otro lado, el Salmo 42 es una típica meditación luterana en torno a la salvación y a la cercanía de Dios. En la obra instrumental, Harth-Bedoya plasmó unos cuadros sonoros cálidos, balanceados, con un uso destacable de la cuerda y una búsqueda de pulcritud y tersura en las líneas melódicas, especialmente en el Adagio inicial. La obra religiosa por otro lado tuvo ciertos momentos brillantes, empezando por el solemne coro inicial, en el que la formación titular demostró una vez su buen momento, las arias con una expresiva y convincente Ruth Iniesta o el quinteto de la soprano con algunas voces masculinas del coro que se interpretó de manera muy acertada. Por otro lado, la formación orquestal siempre sostuvo el texto de manera profunda y rica de matices, gracias a una labor atenta y detallista del director peruano.

Se trató de un concierto relevante en la temporada ya por el mero hecho de proponer un estreno de un compositor como Sánchez-Verdú y que además mostró la ya habitual solidez de la Orquesta y Coros Nacionales capaz de moverse por diversos repertorios, en este caso integrando un elenco de solistas y formaciones bajo la interesante batuta de Miguel Harth-Bedoya.

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