Es extraña y aparentemente inconexa la relación entre Mozart y Strauss. Sobre todo si comparamos una sinfonía, la Sinfonía núm. 29 en la mayor, K201 con el poema sinfónico Así habló hablaba, según las notas del programa– Zaratustra del segundo, sin embargo, tuvimos un concierto para oboe de Strauss entre ambos que nos sirvió de nexo.

El Concierto para oboe y orquesta en re mayor, Op.44 de Richard Strauss es una obra que se enmarca claramente en un neoclasicismo que en 1945, fecha de composición de la obra, comenzaba a estar algo desfasado, pues había tenido su auge durante los felices años de entreguerras que habían desaparecido de la memoria de los artistas tras la debacle de la II Guerra Mundial. Sin embargo, tal vez sea una de las obras de este estilo neoclásico que más mira al clasicismo musical, prueba de ello es la forma en la que la Orquesta Sinfónica de Madrid interpretó la pieza: con el director como solista.

El oboista y director Hansjörg Schellenberger © Gerhard Winkler, Bad Endorf
El oboista y director Hansjörg Schellenberger
© Gerhard Winkler, Bad Endorf

Un doble reto que fue encargado al veterano Hansjörg Schellenberger. Pero el catedrático de oboe de la Escuela Superior de Música Reina Sofía ha perdido fuelle. A pesar de que su papel como director fue prodigioso, mostrando un Mozart repleto de contrastes, de súbitos pianos y elegantes crescendi –como siempre debe interpretarse el género clásico–, todo esto estuvo ausente en el concierto de Strauss en la parte del oboe. La Orquesta Sinfónica de Madrid estuvo espectacular incluso sin director, en parte debido al binomio compuesto por la concertino Gergana Gergova y el primer chelo Dmitri Tsirin que guiaron la una los agudos y el otro los graves en unos acompañamientos y, sobre todo, tutti muy logrados en cuanto al sonido orquestal: un único cuerpo con, en este caso, solo dos cabezas. Esta imbricación en la orquesta hizo que se notasen más los fallos del oboísta. No hablo de notas falsas o a destiempo. En ese aspecto, la interpretación de Schellenberger fue magistral, pero faltó el control del elemento fundamental de los instrumentos de viento: el aire. Sin él, las líneas melódicas pierden su sentido, decaen. Las notas no ascienden hacia los agudos o se detienen elegantemente en las cadencias, simplemente avanzan, una tras otra de forma absolutamente mecánica. Así pues, sin matices contrastantes y sin alardes de expresividad, la interpretación de Schellenberger del concierto de oboe de Strauss fue poco interesante, a pesar de que no hubiera una nota fuera de sitio.

Pero todo lo que Schellenberger ha perdido como oboísta parece haberlo ganado como director. Su dirección del poema sinfónico Así habló Zaratustra fue una de las mejores que he escuchado, de nuevo debido a los matices. Desde el famoso comienzo que todos conocemos gracias a Stanley Kubrick, ese crescendo inicial estaba construido de una forma prodigiosa, fue como un crescendo de crescendi. Cada acorde, iba ampliando el sonido, apoyado desde el grave, mientras la orquesta ganaba volumen en cada grupo de acordes, lo cual permitió llegar a unos fortissimi gloriosos, en los que destacaron, por encima de todos los metales, el brillante y penetrante timbre de las trompetas de la OSM. Sobresalió, por supuesto de nuevo, Gergova, tanto como líder indiscutible de una fantástica sección de violines primeros, como solista en unas partes en las que su sonido fue tan fuerte y claro como expresivo.

Un final inapropiado para esta fiesta de todos los músicos que es Santa Cecilia fue el “pasodoble” Suspiros de España de Álvarez Alonso en la versión de Cristóbal Halffter. El mal llamado arreglo para orquesta –y ahora entenderán por qué he escrito la palabra pasodoble entre comillas­– es más bien una especie de fantasía orquestal que despoja a la melodía de Suspiros de España de su ritmo y su estructura, creando una obra lóbrega y triste que, por supuesto, no es bailable debido a los muchos cambios de ritmo injustificados, más que al capricho del “arreglista”. Tanto la obra en sí como la interpretación estuvo alejada de algo a lo que podríamos denominar como “sonido español”, lo que teniendo en cuenta el significado de Suspiros de España para nuestra historia reciente es realmente triste. Así pues, tras el clímax sonoro de los últimos compases de Así habló Zaratustra, supuso un anticlímax que, por lo menos a un servidor le provocó salir el Auditorio con impresiones enfrentadas.

***11