Anunciábamos recientemente que este año 2018 íbamos a tener mucha presencia de Debussy en nuestros auditorios: conmemoramos el centenario de su fallecimiento. La música para piano del maestro francés posee una vinculación indiscutible con el devenir de la música para este instrumento y exige, además, una armadura técnica completa, a pesar de lo que a priori pueda parecer por un resultado sonoro que en muchas interpretaciones resulta quedo, pausado o introspectivo. La Fundación Excelentia, en el marco de su ciclo “El universo del piano”, ha invitado a una intérprete que posee las herramientas para resolver el problema del mecanismo en la obra de Debussy, para así ofrecer a los oyentes una auténtica experiencia cromática.  

La pianista Vanessa Benelli Mosell ha tocado por vez primera en Madrid © Michele Maccarrone
La pianista Vanessa Benelli Mosell ha tocado por vez primera en Madrid
© Michele Maccarrone

En cualquier caso, el recital se inició con obras de Scriabin y Rachmaninov, las tres piezas del Opus 2, y las Variaciones sobre un tema de Corelli, respectivamente. Benelli atacó con una serenidad muy contenida los primeros acordes del Etude, enraizados en la tonalidad de do sostenido menor, eficaz para el lamento, el desamor o la meditación íntima. Sin duda, contiene mucho de lamento esta pequeña obra de Scriabin. No obstante, se echó en falta un mayor ímpetu en el contenido dramático y algo más de seguridad en los fraseos, pues algunos no terminaron de perfilarse bien, propiciando frases desequilibradas y un tanto desorientadas. El Prélude y el Impromptu mostraron un poco más la brillante sensibilidad de Scriabin, pero dejaron entrever un problema: una sonoridad abigarrada por un pedal demasiado presente que saboteaba en todo momento el delineado estructural.

Esta tendencia persistió durante las Variaciones de Rachmaninov, si bien conviene apuntar que mostró una evidente claridad en la enunciación del tema y en el manejo de la escritura contrapuntística. También la sonoridad se presentó nítida en la entonación del pausado tema de Corelli. Sin embargo, a medida que la escritura de Rachmaninov se enrevesaba y exigía pasajes más veloces volvió a emerger la gran masa sonora, provocando una notable dificultad para percibir los matices de la escritura del compositor ruso. Se diría que la pianista se las ingeniaba para lidiar con una sala cuya acústica no terminaba de dominar, y aún con un piano que -digámoslo con tiento- no parecía estar del todo bien afinado.

La cosa cambió de rumbo en la segunda parte con la interpretación de la Suite bergamasque de Debussy, aquélla que contiene la celebérrima Clair de lune. Ya desde el inquieto Prélude se notó que Benelli se sentía más cómoda, dominando en todo momento los drásticos cambios dinámicos, los pasajes veloces, las melodías de notas dobles y las diferentes intensidades sonoras. También hubo muestras de talento en la resolución de las capas sonoras del Menuet, que esconde en ocasiones los temas entre ajustadas articulaciones rítmicas, y que propone melodías de acordes a gran velocidad. Técnicamente intachable en los pasajes más vivos, y tras mostrar un severo dominio de la articulación y del ritmo, también supo modificar el cariz expresivo para pincelar un Claro de luna que destacó por la nitidez de su sonido y por un impulso rítmico sin demasiada mesura. ¡Qué lástima que justamente en la última nota el terrible sonido de un teléfono viniera a quebrar el ensoñador ambiente que había creado la pianista italiana!

El final de la Suite bergamasque dio paso a la última obra del programa, la Rapsodia húngara núm. 6 de Liszt, una de las más cortas, pero no por ello menos intensa y endemoniada. Vanessa Benelli logró una declamación muy elocuente en los pasajes previos a la danza frenética de octavas para una mano derecha imperturbable. Efectivamente, la pianista resolvió con una serenidad asombrosa estos compases que siempre ponen a prueba la destreza -y la paciencia- de los pianistas: un tremendo golpe de efecto, sin duda, al que la audiencia reaccionó eficientemente pidiendo más.

Alentada, pues, por la calurosa recepción de su recital, Benelli ofreció hasta tres propinas, todas pertenecientes al primer libro de Preludios de Debussy, Voiles, Ce qua vu le vent d’ouest y La cathédrale engloutie. Tres preludios de diferente corte donde prevaleció, nuevamente, la seguridad ofrecida por la previa resolución de todas las dificultades técnicas que allí se dan, y la proyección de una sonoridad vólatil, pero nítida.

Al cabo, un recital no del todo redondo, ciertamente, pero que nos ha permitido descubrir a una pianista interesante que, pese a su corta trayectoria, ofrece ya una nutrida carrera discográfica. 

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