Tenía ganas el guitarrista Pablo Sainz-Villegas de tocar en España; así lo reconocía el solista en un paréntesis entre las obras de este programa, y así lo deseaba el público madrileño: después de todo nos estamos refiriendo a un músico del que se afirma ser el sucesor de Andrés Segovia. Imprescindible, por tanto, acudir a la cita con el maestro riojano, y disfrutar del viaje propuesto en el apacible y recogido entorno de la sala de cámara del Auditorio Nacional. Reconoció el interés y el esfuerzo realizado por Begoña Lolo, directora del Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música, por invitarle a este evento promovido desde la Universidad Autónoma de Madrid.

El intérprete equiparó el concierto a un viaje por la variopinta España, como no, de la mano de las obras más características de Albéniz y Granados, con inclusión del homenaje a Cervantes de Castelnuovo-Tedesco, y de la Fantasía de Roberto Gerhard, de quien nos advirtió sobre sus inclinaciones dodecafónicas. Se trataba pues, de un repertorio en cierto modo inclemente, pertrechado de numerosas obras que fueron en su origen compuestas para el piano, y que por tanto presentan notorias dificultades en su transcripción para guitarra, desde la enigmática visión de Asturias hasta el bullicioso desparpajo de Sevilla.

El guitarrista Pablo Sainz-Villegas
© Lisa Mazzuco

Comenzó el viaje por espléndida ciudad andaluza, y nos pareció un anuncio halagüeño de lo que nos podría deparar el resto del concierto. Nos sorprendió desde la distante tribuna la indiscutible capacidad de Villegas para emitir y proyectar un sonido brillante y claro, de esos que no requieren del oyente el menor esfuerzo y que se expanden por la sala con toda naturalidad. Resultó especialmente llamativa la oposición entre el incesante movimiento de la música y la eficiente economía de gestos de un solista que no necesitó invertir en recursos gestuales para reforzar el contenido musical.

Sí que echamos de menos reforzar el contenido textual del programa de mano, y conocer de una manera un poco más pormenorizada las biografías de las distintas obras. Tal vez por ello se decidió el solista a hacer aclaraciones in situ sobre estas partituras, y nos brindó explicaciones que en el fondo no tuvieron mucho de enriquecedoras, y que sentimos que ralentizaban el ritmo de un concierto en el que resultaba difícil establecer un ambiente continuado.

Y si en el sonido debemos destacar los mayores logros del solista, en el ritmo debemos señalar las mayores dificultades. Indudablemente resultaron del todo expresivos y coherentes los distintos “rubatos” acontecidos a lo largo de las obras, pero también se dieron desajustes rítmicos en secciones que por sus características bailables requieren mayor precisión. La brillante Jota de concierto que ofreció como propina fue un ejemplo de lo antedicho, aunque la recordamos más por la jovialidad de una ejecución desbordante de espectaculares recursos técnicos.

Y es que hay que estar bien pertrechado de estos recursos para afrontar obras concebidas para adaptar las manos a un teclado. No es fácil para un pianista superar las abigarradas escrituras de Álbeniz y Granados; tampoco ha de serlo para el guitarrista en una adaptación que procura respetar en lo posible el pensamiento original. Le presentaron dificultades al solista los primeros compases de la famosa Andaluza de Granados, pero los resolvió con solvencia y eficacia expresiva en los contrastes temáticos; y eso tuvo que lidiar con unos persistentes problemas de afinación que se dieron a lo largo de todo el recital.

También percibimos desajustes en el aspecto estructural y discursivo en las obras de Rodrigo y Gerhard, pero igualmente creemos que el solista se empeñó en sacarle el máximo provecho a unas obras que por sí mismas no gozan de mayor interés, y que además no se benefician de compartir espacio con las fantásticas partituras de Albéniz y Granados. Destacamos, y nos guardamos para el recuerdo, la sobrecogedora interpretación de la barcarola Mallorca.

Como era de esperar de un recital que concluyó con la fascinante Asturias, le pidió el público más muestras de su talento al guitarrista; y este nos favoreció con la mencionada Jota de concierto del maestro Tárrega y con una inolvidable y muy personal versión de sus Recuerdos de la Alhambra. Inconmensurable acogida al término del concierto, ya lo ven, para un viaje por nuestra tierra y nuestra idiosincrasia.

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