Alzando una mano, Camarena detuvo al pianista y paró la interpretación. En la sala se mantuvo un silencio tenso, inquieto e incondicionalmente empático con las dificultades del cantante. El problema llegó, precisamente, en el momento más esperado por el público, en mitad de esa batería de nueve dos “de pecho” que hace de “Ah! Mes amis…” un imprescindible en cada uno de sus recitales. Precisamente entre el cuarto y el quinto do llegó la prueba de que el concierto no iba a salir como todos deseábamos. Tras paliar el acceso, continuó para declararse impecable y triunfal “militar y marido”. Y poco después se anunció lo inevitable: “Tengo que darles dos noticias, una mala y otra peor”. Dejamos la ópera (y los agudos) y nos pasamos al repertorio popular mexicano. No pasa nada, querido Javier, por escucharte, lo que haga falta.

La culpa de este episodio de admiración y frustración la tienen dos factores, el hecho de que nos encontráramos ante el que posiblemente sea el mejor tenor del mundo en activo, y la fatalidad de un catarro pasajero y puñetero que se quedará grabado en la mente de un par de miles de aficionados madrileños para siempre.

El tenor Javier Camarena © JC Spinto | Mar Álvarez
El tenor Javier Camarena
© JC Spinto | Mar Álvarez

Javier Camarena consiguió completar la primera parte, compuesta por piezas en francés, con una ejecución magnífica. Exhibió ese timbre dorado y sensual, atiborrado de armónicos, brillos y también medias luces mientras dominaba una ejemplar proyección que acercaba la voz a cualquiera de las butacas del inmenso auditorio. Esa es virtud de los grandes cantantes que, aunque parecen estar sobre la escena, en realidad cantan a tu lado, para ti y para nadie más. Observando al mexicano se hacía evidente cómo el cuerpo luchaba contra sus limitaciones, pero el esfuerzo daba su fruto y, milagro, la emisión emergía impecable, incluso sarcásticamente saludable. Sufre el cuerpo, no la voz. El candor amoroso de "Vainement, ma bien-aimée" nos hizo disfrutar de un precioso legato y una cuidadísima vocalización, mientras la rotundidad viril del cierre de la pieza, ese “…mourir” consentido, nos enseñaba la importancia de que un tenor también tenga graves. Con la romanza “Seul sur la terre”, disfrutamos de un color invariable incluso al cambiar a lo más alto de la tesitura hasta el agitado re bemol de “l’amour”, y comprobamos cómo las dificultades para extinguir la emisión se resuelven bien a modo de suspiro. A eso se llama interpretar.

Tras la pausa, y con el beneplácito de la audiencia, llegó lo folclórico. Un repertorio semimprovisado –alguna pieza incluso en respuesta a una petición del público–, ejecutado con naturalidad y sencillez. Otro acierto, nada hay más inapropiado que interpretar temas populares con el rigor y la fastuosidad que requiere la lírica operística (tantas grandes estrellas lo hacen con frecuencia). "Contigo en la distancia", "Amor de mis amores", "Cielo rojo", "Sabor a mí" y "Júrame" como bis, conformaron el programa. La complicidad con Ángel Rodríguez, el pianista de cabecera de los cantantes hispanos, se hizo entonces evidente. Y el respetable cambió los ojos de admiración por la sonrisa amable y nostálgica del que se encuentra en una reunión con unos apreciados familiares lejanos. Para dejar constancia de su técnica, Camarena alargó hasta el asombro las florituras mariachis de “Cielo rojo”. La segunda le falló, retomó el final de la frase con un gesto cómico y el público respondió con risas cariñosas, a estas alturas ya estaba claro cuál era la dinámica de la noche.

Los poetas barrocos defendían que la naturaleza corrompe, pero el arte sobrevive. Camarena lo ha demostrado. Con su carisma, su cercanía, su técnica y su sensibilidad se sobrepuso a un virus que pudo haber congestionado la ilusión de un público entregado de antemano a su cantante favorito. Decidió no cancelar ni ofrecer una interpretación lisiada. Y finalmente nos regaló una noche para disfrutar... a pesar de todo.

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