Tras el interludio estival, los goznes de las puertas del Auditorio Nacional vuelven a girar para recibir la temporada 2018/19. Pero la circunstancia no únicamente se hace acompañar del entusiasmo por la posibilidad renovada de asistir a los conciertos del curso que ahora comienza, sino también de la ilusión que generan propuestas tan atractivas como la de Fundación Scherzo: Gustavo Dudamel, Golda Schultz y la Mahler Chamber Orchestra. Sin duda, la tríada corresponde al carácter inaugural del mejor modo y refuerza el impulso del melómano «hambriento» tras el paréntesis vacacional.

Los integrantes de la Mahler Chamber Orchestra © Molina Visuals
Los integrantes de la Mahler Chamber Orchestra
© Molina Visuals

El programa a desgranar por la MCO planteaba asimismo un itinerario apasionado, transitando del prodigio precoz schubertiano –Sinfonía núm. 3 en re mayor– a la ebullición del lenguaje orquestal que evidencian las sinfonías intermedias de Gustav Mahler –en esta ocasión, la Sinfonía núm. 4–. Y todo ello, insistimos, sazonado por las garantías que brinda el conjunto fundado por Claudio Abbado en 1997. En este sentido, cabe destacar su ideario, pues contiene la dinámica que dominó la totalidad del concierto que nos ocupa: energía y talento descollantes al servicio de la convivencia musical.

Una buena muestra se ofreció mediante la interpretación de la Sinfonía núm. 3 de Franz Schubert. La página, que fue terminada a los dieciocho años por su autor, concentra la vitalidad de un estilo recorrido por el contrapunto y un tono lúdico todavía alejado del dramatismo propio del repertorio tardío. Pues bien, Dudamel, con una gestualidad sobria y firme, condujo a la MCO a través de los cuatro movimientos siguiendo tenazmente dicha consigna. El Adagio maestoso-Allegro con brio desplegó la precisión de la cuerda, manifestando un interesante diálogo entre las voces secundarias –mención especial para violonchelos–, que siempre enriqueció los pasajes en cuestión –contribuyó a tal efecto la disposición de timbales, situados en el extremo derecho del escenario, frente a contrabajos–. El Allegretto discurrió pausadamente, pero sin llegar a decaer y extrayendo de la madera empaste y sentido armónico a partes iguales. Por último, el Menuetto y el Presto vivace desataron el caudal de empuje y virtuosismo que encierran las filas de la formación internacional. La velocidad extrema del número postrer propició algunas imprecisiones en los compases iniciales, pero el discurso cobró homogeneidad rápidamente, cerrando el círculo de una exégesis de altura.

Después del receso y con la tarima notablemente más poblada –a pesar de que la Cuarta es una de las sinfonías mahlerianas que requiere menos efectivos (según denota, por ejemplo, la ausencia de trombones) y de que, como su propio nombre indica, la MCO es una orquesta de cámara–, llegó el momento de escuchar a la MCO rindiendo honor a su protector. Dudamel exhibió una concepción poco convencional de la partitura –por lo demás, algo frecuente en su relación con el compositor austriaco–, logrando verdaderos hallazgos en numerosos tramos de la obra. Fueron cruciales los cambios de tempo del Bedächtig, nicht eilen y la agógica, que alcanzó efectos de elevado coturno a través de las intensidades de piano mezzoforte. Esta pauta fue contrastada en pasajes puntuales, como la inmensa modulación a sol mayor del Ruhevoll, poco adagio, que estremeció y sirvió de majestuosa transición al canto solaz de Golda Schultz en Wir geniessen die Himmlischen Freuden. Sehr behaglich. Brilló la soprano en su rol protagónico del mismo modo que Raphael Christ en los solos con scordatura de la danza macabra, aportando a la resultante sonora un matiz tímbrico primoroso. Es justo encomiar también a fagot y flauta travesera, que aportaron fluidez mediante las notas picadas y el diminuendo respectivamente, así como ensalzar la labor de cuerda, que dio cuenta de la valía de cada instrumentista y soportó la responsabilidad melódica con unas líneas de grácil aliento.

En definitiva, se impusieron dos certezas: la riqueza que atesoran los pentagramas de Schubert y Mahler y el excelente estado de forma de la Mahler Chamber Orchestra. Si a la ecuación añadimos los esfuerzos de Dudamel por revitalizar sendas conquistas del canon clásico, las expectativas albergadas quedan satisfechas.

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