Beethoven, como Schubert, genera debate aún hoy en día entre los musicólogos. ¿Ocaso del clasicismo o amanecer del romanticismo? Creo que es una pregunta que todo intérprete de cualquiera de los dos genios, así como de otros compositores menores de esta misma época debe hacerse.

Personalmente, opino que, en cuanto a la forma, Beethoven aún tiene mucho de clásico, especialmente cuando hablamos de sonatas, el género rey del clasicismo. Si bien es cierto que el genio de Bonn amplía y revoluciona la forma con grandes innovaciones que serán objeto de estudio por las generaciones de compositores venideras, aún guardan la esencia de las formas del clasicismo. Desde este punto de vista, el recital de la pianista georgiana Khatia Buniatishvili resultó no sólo bello, sino también interesante.

El repertorio, compuesto por las cuatro de las sonatas para piano más conocidas de Beethoven resulta sumamente atrevido, pues en la mente de todos los melómanos suenan en la versión que el gran Barenboim dejó grabadas ya en la década de 1960 y que se ha convertido en canónica. Sin embargo, Buniatishvili no ha alcanzado la fama que tiene por seguir cánones, y desde el principio su interpretación se distinguió por rupturista.

© Sony Classical
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El contraste fue la tónica de su interpretación. Los Largo fueron más largos que nunca y el Presto agitato se convirtió en un Prestissimo que en varios momentos le costó que se desdibujaran las floreadas líneas melódicas que Beethoven escribió para el último movimiento de su Sonata núm. 14. Pero puede que tampoco fuese tan importante clavar esas notas. Buniatishvili se lo puso fácil al oyente sacando a flote, por encima de un mar de semicorcheas y fusas, los temas principales, dotándolos de gran expresividad, para lo cual puso todos los elementos de la interpretación musical a su disposición. Flexibilizó los tempi con rubati imposibles manteniendo una tensión, casi cruel, sobre un público agarrado a los reposabrazos de sus asientos a la espera de las apoyaturas cadenciales con las que Buniatishvili otorgaba un reposo al más puro estilo clásico ofreciendo un excelente maridaje de las dos épocas de las que Beethoven hace de puente.

Así mismo hubo contraste en los matices. El “tema B” del segundo movimiento de la “Patética” fue recogido, tranquilo, un momento de serenidad campestre, un espacio sin tiempo, una nube flotante, estática, que mira hacia el romanticismo, pero bebe de los Adagio de los conciertos para piano de Mozart. También pudimos observar esta calma en la propina, el Minueto en sol menor, HWV 434, de Handel . Y aunque tanto la expresividad, como el pianissimo, como la sensación de recogimiento estuvieron muy conseguidas, se echó de menos algo más de variedad dentro de un piano que en ocasiones quedó demasiado plano. Por otro lado, hubo fortissimi también en los alardes de virtuosidad de la pianista georgiana que se mantuvo elegante sin perder por un momento la sensación de delicadeza, renegando de alardear de excesiva expresividad con el cuerpo.

Una muestra más de que el talento de Buniatishvili se basa en un conocimiento profundo de estas obras, de las que supo decantar todo lo que tienen tanto de clásicas como de románticas, logrando un concierto en el que la expresividad fue la reina y que permitió disfrutar a los asistentes de los contrastes de la genialidad creativa del maestro de Bonn.

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