Página celebrada por excelencia, la Sinfonía núm. 9 de Ludwig van Beethoven engrosa ese catálogo de obras omnipresentes, cercanas al rito de paso, que dividen la historiografía musical. Su constante interpretación, las connotaciones adheridas desde la esfera institucional y el aura de familiaridad consagrada con que, insoslayablemente, es hoy relacionada han de prevenir (tanto al oyente como al músico) frente a la caricatura o el cliché de sí misma.

No se trata, pues resultaría imposible, de retrotraerse a las condiciones sonoras originales de aquel 7 de mayo de 1824. Pero en la alternativa extrema (la negación o el olvido del ejercicio que pretendiera imaginarlas) desactivamos irremisiblemente un resorte de su condición artística: la misma que, paradójicamente, nos convoca.

El director Juanjo Mena © Michael Novak
El director Juanjo Mena
© Michael Novak

Y es que… ¡cuánta emoción y sorpresa debió arrebatar a los presentes en el Kärntnertortheater de Viena durante el estreno! No debemos obviar que aquellos asistían, amén de la novedad relativa a las voces (por otra parte, ya pespunteada en la Fantasía para piano, orquesta y coros de 1808), al mayor despliegue orquestal perpetrado por Beethoven: cuerda, las maderas a dos, una flauta piccolo, un contrafagot, cuatro trompas, dos trompetas, dos timbales, tres trombones, triángulo, címbalos y bombo.

A todo ello hay que añadir la textura de una sinfonía monumental (“la última”, en palabras de Wagner), que parece enfrentar por momentos a las diversas secciones en una pugna titánica, y las encendidas dinámicas, desatadas completamente a lo largo del movimiento final. Solo un marco así  corresponde y podría entrelazarse con las elevadas consignas de la Oda a la alegría.

Para asumir la imponente exégesis, por tanto, se requieren efectivos solventes e involucrados, que, además de atender el desafío técnico, eviten la perezosa repetición de lo igual y se contagien del espíritu (para hacer lo propio con el de la audiencia) que alienta en la Novena. Afortunadamente contamos con ellos: un maravilloso Juanjo Mena lideró a la fiable Orquesta Sinfónica de Madrid y el esplendoroso Orfeón Pamplonés, en conjunción con las voces solistas de Iwona Sobotka (soprano), Sandra Ferrández (mezzosoprano), Gustavo Peña (tenor) y Jochen Kupfer (barítono).

El compás inaugural del Allegro ma non troppo, un poco maestoso emergió claro y sugerente, generando expectativas al tiempo que se mantenía la precisión del motivo de quintas. Desde entonces, el discurso funcionó movido por el motor incansable del ritmo, que encontró su mejor aliado en maderas y bajos. Hay que destacar el cuidado inicial (y prolongado durante el resto de la lectura) al servicio del contraste; la cuerda se desenvolvió resuelta en este amplio rango propuesto por Mena, brillando con especial tino en los pasajes intermedios.

La Orquesta Sinfónica de Madrid
La Orquesta Sinfónica de Madrid

Lo delineado en el primer número se hizo todavía más patente (y encomiable) en el Scherzo: Molto Vivace, exhibiendo un notable y constante arsenal de articulaciones. Tal alternancia (“ritmo di tre battute" y “ritmo di quattro battute”) se imprimió con velocidad y destreza en el desarrollo, encauzado por el buen ejercicio de cuerdas, y fue completada con cada uno de los tutti.

El Adagio molto e cantabile nos brindó al Beethoven más cercano. Resulta muy difícil no sumergirse en esta música, que traza un paréntesis con respecto a los demás movimientos y prefigura la reunión fraterna del himno. Esto depende fundamentalmente del contrapunto de archi y su despliegue melódico, que progresivamente se traslada a la madera y el metal. Pues bien, guiada por un gran Mena, la OSM brilló en este sentido, con una magnífica sección de violines y las intervenciones acertadas de trompa.

Con el Finale: Presto, el ensueño devino apoteosis. Quisiéramos a este respecto, además de refrendar las virtudes mostradas anteriormente (mención especial para el desempeño de cellos, llevado ahora hasta su cota más espléndida), encarecer la labor del Orfeón Pamplonés. La presencia del coro se materializó en un poderío estremecedor, que envolvió y cautivó en todas sus apariciones.   Totalmente entregados, sin partitura de por medio, las voces dotaron de una resonancia sobrecogedora a la letra, siendo, en su exactitud y fuerza, el ejemplo musical del mensaje schilleriano. También es justo aplaudir al elenco solista; Sobotka, Ferrández, Peña y Kupfer estuvieron a la altura del prolijo papel, redondeando una actuación que celebramos.

Se trató, en suma, de una Novena rebosante de vivacidad y matiz. En una palabra: pletórica. 

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