Celebramos, en el homenaje que la Universidad Autónoma de Madrid rinde todos los años a Francisco Tomás y Valiente, la feliz idea de programar en un solo evento todos los conciertos de Brandeburgo concebidos por Bach alrededor de 1721. Nos llegan de la mano del maestro John Butt y de su formación, el Dunedin Consort. Se trata de un conjunto eficientemente pertrechado para ofrecer una interpretación de las llamadas “históricas”, aquellas que, entre otras cosas, proponen una ejecución de la música usando los mismos instrumentos que se requerían en una época particular, y que no han experimentado ni en su estructura ni en su timbre reformas ulteriores. La formación, pues, vino provista de unos músicos excepcionales y esforzados que, sin duda, dieron lo mejor de sí ante unos instrumentos no siempre fáciles de domeñar.

Le costó, por ejemplo, mucho trabajo a las trompas encontrar el sitio, la afinación y el diálogo en el Concierto núm. 1; nadie duda de la dificultad de la escritura de Bach para este singular instrumento, ni de las habilidades extraordinarias que demanda a sus ejecutantes, pero el caso es que la intervención de las trompas terminó por dar al traste un entramado eficientemente construido, y por ensombrecer el meritorio trabajo del oboe y el fagot. Múltiples errores en la afinación, numerosas notas falsas y notorios desequilibrios en el diálogo con el resto de los instrumentos desmerecieron el enfoque de un primer concierto que, eso sí, brilló en la elección de un tempo que resultó vivo y exultante.

John Butt al frente del Dunedin Consort © Dunedin Consort
John Butt al frente del Dunedin Consort
© Dunedin Consort

A continuación, ya sin las trompas, y tras un largo espacio de tiempo dedicado a recuperar la afinación, la formación comenzó a recuperarse en el Concierto núm. 6; y ya pudimos apreciar sin preponderancias tímbricas el hábil contrapunto diseñado por Bach y las calidades indiscutibles en el fraseo y en la articulación. Cierto que aún echamos de menos algo de contraste entre los movimientos, que en general mostraron un carácter similar, así como un poco más de brío y entusiasmo.

Una avalancha de toses y ruidos perpetrados al término de este Concierto núm. 6 comenzó a sugerir el requerimiento de un revulsivo inmediato para evitar la caída del recital. Y este vino, en el Concierto núm. 5, de la mano de dos intervenciones tan excepcionales como inolvidables: la del propio director, esta vez decididamente involucrado en el clave; y la de la extraordinaria flautista Katy Bircher, que sin duda conmovió y convenció con un sonido debidamente comedido, pero al mismo tiempo omnipresente y generoso. Quienes conocen este Concierto núm. 5 saben que el clavecinista no debe despistarse, pues la proliferación de trampas y dificultades puede desmoronar todo el entramado: John Butt demostró no solamente estar al tanto de la resolución de todas las dificultades de la dirección, sino que además evidenció que se trata de un clavecinista apabullante y resolutivo. Por su parte, la orquesta supo adecuar y adaptar su sonido conjunto para favorecer que el del clave individual pudiera destacarse y alcanzar sin restricciones todos los rincones del auditorio.

A partir de aquí, y especialmente tras el descanso, el concierto tomó un rumbo mucho más ameno y brillante, adoptando colores más vivos y sugerentes, las más de las veces producidos por un enfoque rítmico que siempre derivaba hacia delante, aún en los movimientos lentos, y por una cuidadísima dirección de la articulación de los motivos y de los fraseos. Particularmente interesante resultó la interpretación del alegre Concierto núm. 3, comandado únicamente por las cuerdas y por un clave mucho más comedido que en el anterior ejemplo. Volvió a ensombrecerse el asunto momentáneamente con la intervención de una trompeta desafinada en el Concierto núm. 2, pero el solista supo ordenar su afinación y su temperamento sonoro, devolviendo interés y desparpajo a una formación que perpetuó su buen hacer hasta los últimos compases del Concierto núm. 4, donde, repetimos, destacó la flautista Katy Bircher, esta vez compartiendo méritos con Láslzo Rózsa.

Así que, como vemos, asistimos a un concierto en cierto modo irregular, y que generó los debidos reconocimientos a los instrumentistas más comprometidos. Sin esperar grandes ovaciones, el director se dejó agradecer en dos ocasiones, y sin más, retiró a una formación que dejó el eco de unos conciertos de Brandeburgo interesantes, no cabe duda, pero tal vez no inolvidables.

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