Reunir en el mismo programa el Concierto para piano de Ravel y la Sinfonía núm. 5 de Mahler requiere artes de demiurgo. Amén de la insoslayable dificultad técnica que cada intérprete debe enfrentar en ambas composiciones, la partitura somete a un incombustible ejercicio de creación: la génesis de múltiples universos, fulgurantes y abigarrados, que se suceden precipitadamente en un torrente catártico. Semejante tolvanera de emociones sólo puede desencadenarse cuando comparecen una orquesta solvente, un solista de gran calibre y una batuta capaz de cartografíar y exprimir la feracidad del paisaje. Sustituyan cada elemento por la SWR Symphonieorchester, Tzimon Barto y Christoph Eschenbach: la fórmula será adecuada.

El pianista Tzimon Bato © Malcolm Yawn
El pianista Tzimon Bato
© Malcolm Yawn
El relato cosmogónico dio comienzo con la página de Ravel. Tras el saludo protocolario ante una Sala Sinfónica repleta, Eschenbach y Barto desplegaron un abanico tímbrico trufado de contrastes: el Allegramente, salpicado de sonoridades jazzísticas, destacó especialmente en sus momentos de pianissimo –notablemente elaborados por la fantasía del americano– y a través de las texturas oníricas de marcada impronta efectista, siempre ejecutadas en su medida correcta por la formación germana; el Adagio assai, escrito en mi mayor, transportó la acción hacia una atmósfera de nostalgia y ensueño, donde las voces solistas –flauta, oboe, clarinete y corno inglés– intercalaron su papel protagonista con el piano en perfecta comunión, engarzando un discurso de belleza cautivadora; por último, el Presto nos devolvió a sol mayor y a la vivacidad presentada en el primer movimiento, pero más concentrada y marcial, poniendo con entusiasmo el broche a una obra que figura por méritos propios entre lo más destacado del repertorio.

El auditorio supo apreciar la pericia y buen hacer en el acto creador y brindó a los intérpretes una prolongada ovación, especialmente dirigida a Barto, quien devolvió el gesto con generosa propina. La lección de virtuosismo se desarrolló bajo la atenta mirada del maestro Eschenbach, también ducho en el arte de la tecla, y terminó por meterse en el bolsillo a un público entregado.

El director Christoph Eschenbach © Luca Piva
El director Christoph Eschenbach
© Luca Piva
Tras el receso y cambio de disposición en el escenario, considerablemente más poblado ahora, llegó el turno de Gustav Mahler. La Quinta sinfonía del bohemio-austriaco pertenece sin ningún género de duda a ese racimo de composiciones inmortales y mundialmente conocidas que agrupamos bajo el marbete de 'clásicos'. Y, en nuestra coyuntura particular, esto no se debe tanto a la fecha de producción (1902) como al elemento perenne de la factura artística: un material orgánico tan fértil que soporta la relectura ad infinitum, siempre guiada por el latido infatigable del impulso creador. Ciertamente se trata de un proceso que amenaza con dejar exhausto a todo el que se atreva a hacerle frente, como el propio Mahler declaró tras el primer ensayo: "¡Cielos! ¿Qué va a pensar el público de este caos en el que nuevos mundos se crean sin cesar, únicamente para caer arruinados un instante después?".

Pues bien, la SWR Symphonieorchester –fusión de la Orquesta Sinfónica de Stuttgart y la Orquesta Sinfónica de la SWR Baden-Baden y Friburgo– estuvo a la altura. Eschenbach, líder absoluto durante toda la interpretación, propició una Trauermarsch majestuosa, con metales brillantes y sección de violines arrolladora, conformando un sepelio digno del finado más ilustre. El segundo movimiento, apocalíptico en el inicio y misterioso durante su transcurso, contó con la intermitencia justa entre archi –mención especial para violonchelos y contrabajos– y viento madera. El Scherzo fue una lección de complicidad orquestal, jugando con matices, tiempos y color. El Adagietto no quiso rebajar el nivel y, llevando la emoción hasta su máximo grado de contención y densidad, confirmó el maravilloso estado de forma de la cuerda alemana. Todo confluyó en el Rondo-Finale, una ambigua explosión de júbilo que, siguiendo la pauta de trombones y trompas, completó el catálogo de universos asombrosos y efímeros.

La audiencia se desmoronó en salvas de aplausos y, tras salir varias veces a saludar, el veterano conductor decidió cerrar la velada con otra obra a modo de presente. Un concierto, sin duda, especial, de los que graban su huella en la memoria. Hay que agradecer a La Filarmónica, promotor del evento, el ejercicio de pasión y calidad musical que viene realizando durante los últimos cinco años. Esfuerzos bien dirigidos que, en vista de los resultados y dadas las dificultades, tienen si cabe un mérito mayor.