Ya iba siendo hora de que se le dedicase en nuestro país una suerte de carta blanca al maestro Manuel García. Poco conocíamos aquí de este compositor sevillano, más allá de que se trata del padre de Pauline Viardot, una especie de Giulio Caccini para quien la composición cumplía la doble función de entretener a sus protectores y de lucir las dotes de sus estudiantes. Podríamos añadir también la transgresión a las capacidades de nuestro autor, toda vez que en el caso que hoy nos ocupa, se atreve con temas que, aún hoy, desafían los principios de más de uno: en efecto, García se apropia de un texto de Goldoni que proclama abiertamente las bondades de lo que hoy llamamos poliamor, y que propone un enredo en el que una mujer puede relacionarse con tres hombres a la vez, sin que esto suponga mayores quebrantos para nadie.

I tre gobbi ópera de cámara de Manuel García
© María Alperi | Teatro de la Zarzuela

Todo esto se encuentra representado en el contexto de una ópera bufa, pero con el destacable acierto escénico de no caer en la vulgaridad o en la ridiculez. Más bien al contrario: destacamos por tanto la acertadísima escenografía de Pablo Menor, que con un decorado prudente de espejos móviles y un enmarcado de rojo intenso redunda en el carácter sensual, engañoso y sibilino de los acontecimientos principales. Quedan la ostentación y el lujo recogidos en el magnífico vestuario inspirado en las modas del siglo XVIII de Ikerne Giménez, elementos todos ellos también magistralmente ambientados mediante la acogedora iluminación de David Picazo. Siempre es necesario destacar la labor de quienes se encuentran detrás de las producciones escénicas, pero aún lo es más en producciones que no destacan necesariamente por la profundidad de la música que acompaña a esa escenografía. No queremos insinuar que se trata de una música superficial, pero si es justo apuntar que la notoria y constante intención del lucimiento de la voz le resta un punto de profundidad al conjunto expresivo, y de ahí nuestro aplauso al equipo técnico y artístico.

Cristina Toledo, David Alegret, David Oller, Javier Povedano Ruiz, Andoni Larrabeiti
© María Alperi | Teatro de la Zarzuela

En lo musical, es obligatorio destacar la inmensa labor de Rubén Fernández Aguirre, que dirigió la función magistralmente desde el piano y que propuso sin flaquear todo el apoyo musical para que el cuarteto protagonista pudiera lucir sus virtudes durante la casi hora y media que duró la representación. Hay que reconocerle, además, su inteligente labor de “edición” de la partitura, que sin duda aligeró el resultado musical al sustituir el duplicado de la voz por elementos armónicos. Y además nos regaló en el interludio un sobrecogedor homenaje al recientemente fallecido Antón García Abril al interpretar el primero de los Preludios de Mirambel. El conjunto vocal encabezado, al menos en el primer acto, por la soprano Cristina Toledo, resultó insuperable en todo momento, tanto en lo que respecta a una emisión de la voz adecuada al espacio de la Fundación como al tratamiento cómico, pero no sobreactuado de los personajes implicados en la singular trama. Los tres jorobados, encarnados por Javier Povedano, David Alegret, y David Oller, y que en el libreto no se diferencian mucho más que por el hecho de que uno de ellos es gago, se beneficiaron del trabajo escénico de sus intérpretes, adquiriendo por ello una personalidad propia indiscutible e inolvidable.

Escena de I tre gobbi en la Fundación Juan March
© María Alperi | Teatro de la Zarzuela
Huelga decir que todos estuvieron a la altura de las tremendas dificultades y pasajes de coloratura propuestos por el maestro García, y que además supieron medir sus intensidades en el conjunto, sin proponer ninguna jerarquía vocal. Permítasenos destacar al barítono David Oller, que además de vérselas con las trampas de esta partitura nos brindó una lección de ritmo y dicción en su interpretación del personaje tartamudo.

Interesante acogida, pues, de esta obra insólita y adelantada que arremete en tono de humor contra las convenciones establecidas, y que las muestra en forma de jorobas que doblan el cuerpo y la mente. Sólo al final, en la feliz conjunción de todos los personajes y en el triunfo del amor libre sobre los celos, pudieron los personajes despojarse de sus fardos y salir airosos de sus propias trampas.

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