Las hermanas Labèque conocen bien el valor de la imagen. Como sacadas de una campaña publicitaria, cultivan un estilo inconfundible, entre roquero y vampírico, a años luz de los vestidos de noche y las lentejuelas con las que se asocian a las solistas en el mundo de la clásica. Perfectamente coordinadas –luciendo botas negras de tacón, pitillos estrechos, sugerentes camisas y melenas calculadamente encrespadas– su figura duplicada produce una inquietante fascinación que les funciona tanto para actuar con la Royal Concertgebouw como para acompañar a Madonna en sus macroconciertos. Pero además, como han demostrado en el último concierto que ha organizado Ibermúsica en su serie Arriaga, estas artistas son mucho más que su semblante.

Las pianistas Katia y Marielle Labèque © Umberto Nicoletti
Las pianistas Katia y Marielle Labèque
© Umberto Nicoletti

El plato fuerte de este concierto ha sido La consagración de la primavera, un trabajo que según han declarado, es la gran obra para dos pianos que les quedaba por grabar. Mucho menos conocida que su versión orquestal –y anterior a ella– en manos de las Labèque se convirtió en una experiencia de una intensidad insólita e inesperada. Al no estar presentes los colores y los timbres instrumentales, las tensiones de la partitura se muestran aquí desnudas, sin concesiones. Las armonías demolidas y esas notas genialmente desencaminadas con las que Stravinsky construye la composición se llevan en esta versión para piano hasta el extremo, al terreno de lo brutal. Las hermanas realizaron una interpretación de alto voltaje, concentrando las energías de toda una orquesta en las cajas de los pianos, exhibiendo una intensidad primitiva, construida sobre una coordinación impecable que solo se consigue tras toda una vida de trabajo en común.

¿Quién es quién?, se escuchaba entre el público. Como siempre que actúan, la enorme semejanza de las dos hermanas se deshizo en cuanto pusieron sus manos sobre los teclados. Katia, la responsable de la melodía, la mano derecha, es todo expresividad y movimiento, mientras que Marielle, la mano izquierda, proporciona los sólidos cimientos a la interpretación. Es sencillo entonces reconocerlas: Marielle, hierática y concentrada, mira al piano; mientras Katia, fluida y expansiva, estira su interpretación para conectar con las alturas de la sala. Su actuación recuerda así a un espejo distorsionante, en el que lo idéntico se refuerza precisamente a través de la diferencia.

Ya en la segunda parte, las calmadas atmósferas de Debussy llenaron la sala. Los tiempos lentos abrieron el horizonte sonoro dando paso una exhibición de claridad y un recreo en los detalles de la partitura de los Seis epígrafes antiguos. La presencia de lo español es una constante en el repertorio y las grabaciones de las pianistas. Dieron rienda suelta a su vena más folclórica en la Rapsodia española de Ravel, interpretada con gracejo y donaire. Una vez más, lo visual y lo corporal se sumaron a lo musical, y con soltura sureña Katia bailó la "Feria" tras adivinarse un zapateado de Marielle en la "Malagueña".

Y para terminar la velada, una de las canciones de West Side Story a modo de propina. Síncopas y ritmos de jazz para completar el amplio catálogo de registros que esta pareja de artistas demostraron dominar. Una audiencia acostumbrada a formaciones sinfónicas y programas ortodoxos las despidió con unas ovaciones faltas de pasión, mientras ellas abandonaban la sala de la mano, idénticas, complementarias, irrepetibles, con un aire fascinantemente siniestro.