Hay resonancias, ecos, recuerdos e imágenes que en su adherencia a la cotidianidad consiguen escapar del estruendo de un siglo convulso. Análogamente, hay formas musicales, sin razón a menudo llamadas menores, que también son capaces de devolvernos una cara amable y amena con respecto a otras obras más ásperas y estructuradas. Pues este razonamiento se puede aplicar al programa y al concierto al que pudimos asistir en el Teatro de la Zarzuela, en la penúltima cita del XXV Ciclo de Lied. La protagonista, la célebre mezzosoprano Bernarda Fink, acompañada por Anthony Spiri al piano, hizo gala de sus diversas proveniencias confeccionando un programa que fue desde los aires eslavos hasta las pampas argentinas, pasando por la España de Manuel de Falla y Joaquín Rodrigo.

La mezzosoprano Bernarda Fink © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Ben Vine
La mezzosoprano Bernarda Fink
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Ben Vine

Bernarda Fink tiene una voz asentada, cálida, rotunda. Especialmente en la primera parte se mantuvo en un registro medio, casi discursivo, que no requirió demasiada agilidad o notas muy difíciles de alcanzar. Si las dos primeras canciones de Martinů evocaban un clima impresionista e hipnótico, las siguientes once, del mismo autor y pertenecientes a Canciones en una página y Canciones en dos páginas, nos llevaron a un paisaje rural, de pequeños dramas casi indiferentes, de memorias difuminadas. El dramatismo aumentó algo con las canciones de Škerjanc, en las que la mezzosoprano argentina hizo vibrar su voz en profundidad, para volver al aire risueño tardorromántico de las cuatro canciones de “Con aire nacional” de Dvořák. De esta primera parte, hay que destacar, como se decía, la plenitud de la voz de Fink, así como también su gran trabajo de vocalización en una lengua como el checo, que no suele ser habitualmente asociada a la musicalidad, al menos en estas tierras. Por otro lado, la simplicidad de algunas piezas, aunque lograda en su intención de representar fielmente la música popular, no permitió apreciar plenamente las capacidades de la cantante, ni implicó demasiados esfuerzos vocales. La reacción del público fue acogedora, pero no especialmente entusiasta.

Anthony Spiri y Bernarda Fink durante el concierto en el Teatro de la Zarzuela © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Ben Vine
Anthony Spiri y Bernarda Fink durante el concierto en el Teatro de la Zarzuela
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Ben Vine

En la reanudación, la conexión emocional fue seguramente mayor, bien por empatía lingüística, bien por poner en muestra mejor los recursos de Fink. Las cuatro piezas de Rodrigo sonaron con mesura, elegancia, sin caer en la caricatura de lo pintoresco, pero sí esbozando acertadamente unos cuadros característicos. Las Tres melodías francesas de Manuel de Falla exhibieron un discurso más complejo, donde Bernarda Fink pudo lucirse, alcanzado con desenvoltura las notas más altas, danzando sobre la tesitura armónica del piano en Les Colombes, situándose hábilmente en la escala pentatónica en Chinoiserie y finalmente, volviendo al De Falla más reconocible en la Séguidille, con su marcado ritmo, su color y naturalidad. El último bloque fue dedicado a dos compositores argentinos: Carlos Guastavino y Alberto Ginastera. Del primero, Fink cantó La rosa y el sauce, En los surcos del amor, La flor de aguapé, baladas elegantes y sugestivas, que fueron interpretadas con buen gusto y sin caer en un fácil sentimentalismo. De otro carácter fue Pampamapa, un tango vivaz, que exigió agilidad también al pianista y nos introdujo en ritmos más presentes en las Cinco canciones populares argentinas de Ginastera, con las que se cerró el recital (excluyendo los bises), ahora sí, recogiendo ovaciones más intensas de los asistentes.

Como se puede apreciar, el recorrido musical fue notable por variedad y novedad (prácticamente todo el repertorio se interpretaba por primera vez en el Ciclo de Lied) y si bien se articuló claramente en dos bloques, permitió mostrar a la cantante varias de sus facetas y registros: seguramente más lírica y ensoñadora, aunque también algo monótona, en la primera parte, mientras que más vivaz y ágil en la segunda. El pianista estuvo siempre correcto, hábil en ser una presencia discreta pero imprescindible. En general, se podría decir que Fink y Spiri mostraron la cara amable de un siglo XX, tumultuoso en lo histórico y lo musical, con piezas que aludían a la búsqueda de una articulación de la música popular como una forma romper y contaminar los moldes de la tradición, transmitiéndonos este conjunto de pequeñas y sutiles obras.

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