La entrada al Teatro de la Zarzuela estuvo rodeada de esa expectación que se respira cuando se está a punto de asistir a algo diferente, excepcional: la zarzuela María del Pilar de Gerónimo Giménez, partitura guardada en el baúl del olvido desde 1902 y que el recordado maestro Jesús López Cobos eligió, antes de su fallecimiento, como título digno de ser recuperado para la causa de la lírica. Y el resultado no decepcionó, al contrario, fue un reencuentro necesario. Es de agradecer el trabajo titánico y el buen hacer de todo el elenco a la hora de poner en pie esta obra tan compleja de cuya edición crítica se ha ocupado el maestro Juan de Udaeta a partir de unos manuscritos que alberga el Archivo de la SGAE. Una partitura repleta de sinfonismo, dúos, tercetos, romanzas y concertantes que, sin lugar a duda, puede y debe calificarse como una zarzuela con alma de ópera o como ópera con sabor a zarzuela. Tres actos escritos para ocho cantantes, orquesta, coro... y hasta narrador. ¡Y qué narrador! Hablar de Mario Gas es sinónimo de naturalidad y realismo, unos ingredientes con los que llevó en volandas el hilo conductor de esta historia de amores y celos ambientada en el campo salmantino. La Orquesta de la Comunidad de Madrid mostró de inicio cierta frialdad que fue mitigando con el paso de las escenas mientras que el coro titular del teatro se significó por su buen nivel técnico, aunque contenido en lo expresivo. Todo bajo la dirección de Óliver Díaz, buen conocedor de la partitura tal y como demostró a la hora de atajar ciertos desajustes con coro y solistas y contagiando el entusiasmo necesario para afrontar una obra de tal magnitud.

La soprano Carmen Solís © Musiespaña
La soprano Carmen Solís
© Musiespaña

En Giménez hay una búsqueda de complejos equilibrios sonoros entre voces y orquesta, una magnífica lectura de estilos (desde Wagner a Verdi, de Bizet a Puccini, de Mascagni al propio Giménez –se reinventa en cada acto–) y clarividencia en el tratamiento sinfónico de lo popular (jota, zapateado o seguidillas). Son muchas las influencias wagnerianas: desde la introducción al preludio lírico del tercer acto pasando por la bellísima romanza de Valentín, en la que la voz del bajo Rubén Amoretti brilló por registro, claridad e interpretación. Del mismo modo sucedió en el terceto con Esperanza y Rafael, papeles interpretados por la soprano Iwona Sobotka y el tenor Andeka Gorrotxategi. Ambos tienen un claro protagonismo a lo largo de la obra. La cantante polaca mostró seguridad con una voz convincente en los graves y potente en los agudos –como en el concertante a ocho o en el do agudo final del dúo con María del Pilar–. El tenor mostró dos caras: nada cómodo y con dificultades en su dúo con Sobotka o en el comienzo de la romanza –quizás no le favoreciera su actitud gestual– y más asentado y emocional en un precioso y preciso final de romanza, así como en los tercetos del segundo y tercer acto.

Aunque parezca una contradicción, la protagonista que da pie al título a esta joya no es la diva de la historia. Del núcleo de cuatro papeles dramáticos, es la única a la que el maestro Giménez no le dedica una romanza, pero la erige en faro que guía el leitmotiv introducido repetitivamente por corno inglés y cuerda. La experimentada soprano Carmen Solís como María del Pilar mostró templanza, derrochó simpatía y una voz cálida, no exenta de fuerza, como en el magistral terceto junto al tenor Jorge Rodriguez-Norton (Almendrita), alter ego de Mario Gas, y al barítono Damián del Castillo (Marcelino), quien demostró en todas sus apariciones un excelente nivel interpretativo. La mezzo Marina Rodriguez-Cusí (Señá Nieves), el bajo David Sánchez (Tío Licurgo) y el propio Rodriguez-Norton pusieron la guinda cómico-popular a la historia con breves intervenciones llenas de vitalismo y desenfado, aunque acompañadas de pequeños desajustes debido al rápido ritmo narrativo. Tras los unánimes bravo del final abandoné el teatro con la sensación de que, aunque el reloj de esta partitura hubiera estado en letargo durante largos años, la espera había merecido la pena.

****1