En la noche de ayer aparecieron fantasmas en el escenario del Teatro Real; o mejor, espectros, salidos de la batuta de Gustavo Dudamel e instalados entre los miembros de la Filarmónica de Viena, que nos condujeron entre los sueños narcóticos de un joven romántico francés y la insondable angustia del que fue director del conjunto vienés.

Se trató de espectros sinfónicos en un programa que se puede leer como una profunda reflexión sobre la forma sinfónica y sobre su patriarca, Beethoven, que tanta inquietud provocaba en los autores presentados en programa. Por un lado, el Adagio de la Décima sinfonía de Gustav Mahler y, por el otro, la Sinfonía fantástica, Op.14 de Hector Berlioz. Obras casi inconciliables y al mismo tiempo inseparables.

Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Viena en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Viena en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

La obra de Mahler, que Dudamel nos presenta justamente en la versión del Adagio (la única parte realmente acabada por el compositor), se abre sobre las notas de la viola, en un tema solitario, cromático y errante, que encuentra su reposo solamente con la entrada de la sección de cuerda y, unos pocos compases más adelante, de las trompas. El sonido que nos presenta la Filarmónica de Viena es único y cargado de matices para una pieza tan compleja, tan repleta de encrucijadas musicales cuyo equilibrio es difícil de plasmar: los pasajes de lirismo postromántico en el que la orquesta nos envuelve con un sonido denso y cálido se alternan con las evoluciones extremas de motivos cada vez más simples y entrecortados, desencarnados hasta ser ejecutados por un solo instrumento. Dudamel dirige con austeridad y atención, midiendo la tensión sonora que se está acumulando, sin desperdiciar ni una sola nota para crear ese efecto de inevitabilidad y tragedia que marca el texto de Mahler. La explosión llega en ese acorde casi al límite de la atonalidad en el que la orquesta irrumpe como diciendo “¡ya no hay más!”, la sinfonía se termina aquí, y no solamente esta Sinfonía, sino el mismo legado de una forma musical que ocupaba el trono del imaginario colectivo de los compositores y del público durante décadas. Después de la catástrofe, cabe solamente retroceder al tema principal, a un proceder mesto y sumiso, en el que los timbres de las partes de la orquesta se reconocen uno por uno, realizando su último saludo antes de apagarse. Todo esto está en la Sinfonía de Mahler y bien se reflejó en la interpretación de anoche, en la que destacaron el sonido característico de la Filarmónica con su capacidad de conjugar la potencia del conjunto con el refinamiento de las partes singulares.

La Filarmónica de Viena y Gustavo Dudamel © Javier del Real | Teatro Real
La Filarmónica de Viena y Gustavo Dudamel
© Javier del Real | Teatro Real

En la segunda parte, Dudamel tuvo más protagonismo: la Fantástica de Berlioz calentó más los corazones del público y el director se dejó transportar con más énfasis a través de los delirios oníricos del joven compositor. El sonido es brillante, rico, e incluso ruidoso cuando la partitura lo requiere, como en algunos momentos del primer movimiento. El segundo movimiento, "El baile", conjugó las atmosferas francesas con las vienesas y la orquestra hizo lo que sabe hacer de forma inimitable: tocar un maravilloso vals, que en sus giros y vórtices nos llevó a olvidar los tormentos precedentes. Pero aquí también hay espectros: la "Escena en el campo", que bien recuerda la Pastoral de Beethoven con el doblar de los timbales que acallan la frase del oboe -momento que sin duda fue interpretado magistralmente- deja paso a los movimientos conclusivos, "Marcha al cadalso" y "Sueño de una noche de aquelarre", en los que junto a los tonos amables de los movimientos precedentes aparecen más espectros, el de la amada de Berlioz, los sátiros y las sombras mostrencas. Un repertorio de recursos expresivos para la orquestra y su director, que encuentra el impulso para hacerse con el público y concluye la sinfonía de forma rotunda, sin prisas, pero con un tempo sostenido que cierra un círculo entre la transfiguración mahleriana y la del dies irae que asume formas grotescas en las manos del compositor francés. Una obra con la que la Filarmónica se lució, a lo que se añadieron dos bises: un vals del Divertimento para orquestra de Bernstein y la polka Winterlust de Josef Strauss, por si no nos habíamos percatado que son ellos los que tocan en la Musikverein en Año nuevo.

Espectros y trasfiguración, entusiasmo y rarefacción y un sonido mágico para un concierto antológico que no renunció a un programa complejo y algo osado, pero que ciertamente no decepcionó las expectativas hacia una de las mejores orquestas del mundo. De ella emanaba la experiencia de cada uno de sus maestros, y la destreza de su director de exaltar cada uno de los detalles individuales sin perder de vista las obras en su conjunto, sin renunciar a una marca personal, pero sabiendo que al frente de esa Orquesta, hace alrededor de un siglo, estuvo el convidado de piedra que esta noche, una vez más, nos turbó profundamente. 

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