En ocasiones, la coherencia y la solidez de los programas musicales no necesitan justificación, son evidentes. Es lo que ocurre con el concierto que nos ocupa: reunir a la Camerata Salzburg y a Matthias Goerne para interpretar Lieder de Schubert resulta no solo una decisión a priori acertada, sino también agradecida a tenor de lo escuchado anoche. El barítono alemán y la formación camerística austríaca brindaron un recital sobresaliente, en el que predominó la sutileza y la precisión, disponiendo un contexto que permitió emparentar la actuación en cuestión con las célebres schubertiadas decimonónicas.

© Javier del Real | Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Frente a otros itinerarios de marcada impronta melancólica, cuyo ejemplo más notorio seguramente sea el constituido por el ciclo de Winterreise, la selección de piezas propuesta por Goerne y la Camerata Salzburg delineaban un recorrido celebratorio y candoroso, si bien no exento de connotaciones bucólicas y meditativas. La polifonía autoral, con versos de Gottfried von Leitner, Ladislaus Pyrker, Goethe, Mayrhofer, Friedrich von Schober y Friedrich Rochlitz, no fue óbice para que el discurso manifestase unidad, especialmente tangible en las dinámicas y en el fraseo, tanto por parte de Goerne como de la Camerata Salzburg. La apertura fue, sencillamente, arrobadora: Des Fischers Liebesglück transmitió la dicha de su protagonista, el pescador enamorado, al que Goerne prestó voz para entonar los placeres de su idilio. La versión para orquesta de cámara contribuyó a expresar la riqueza armónica de la obra, y los contrapuntos melódicos de viento madera (gran desempeño, concretamente, de flauta y oboe) engarzaron primorosamente con el canto de Goerne, quien desgranó la partitura con una delicadeza que no se vio menoscabada en los arriesgados saltos de octava. La comunicación entre el barítono y Gregory Ahss, concertino y director de la Camerata Salzburg, fue patente durante la totalidad del ejercicio. Desde la contención de Das Heimweh hasta el luminoso y vivaz rumor de Alinde, pasando por el nostálgico y reflexivo lirismo de Ganymed y Abendstern, pero asimismo por la energía ensoñadora de Pilgerweise, el tándem Goerne - Camerata Salzburg trazó un logrado retrato en aguafuerte de la profunda tonalidad anímica que Schubert depositó en estas canciones. Se trató, en definitiva, de una exégesis cuidada y meritoria, en la que ni siquiera las eventuales toses de Goerne restaron calidez a la impresión resultante.

Tras el interludio, la Camerata Salzburg ocupó nuevamente el escenario, esta vez desprovista de la sección de vientos. La ausencia de Goerne convocaba el protagonismo de las cuerdas del conjunto camerístico, cuyo virtuosismo se ponía a prueba en la siguiente página a interpretar: Serenata para cuerda, Op.48, de P. I. Tchaikovsky. Un requerimiento que, ciertamente, no fue desatendido. Así, el Pezzo in forma di sonatina estuvo dotado de la densidad que los compases iniciáticos reclaman, en la que la gravedad de las notas sostenidas trabó un equilibro justo con la brillantez de los acordes resolutorios, y donde las variaciones agógicas se entendieron de modo uniforme por parte de cada atril. A dicha presentación siguió el momento probablemente más espectacular de la velada: la compenetración milimétrica entre chelos, violines y violas con motivo de las transiciones temáticas del Allegro moderato. Y, sin embargo, este despliegue técnico no desdibujó la idea musical que guió la lectura de los cuatro movimientos. Las líneas melódicas no se solaparon con las tramas secundarias, como pudo atestiguarse en la conjunción de los pizzicati del excelente Valse, y la hondura del Larghetto elegiaco alcanzó las cotas expresivas más elevadas del concierto sin recurrir a acentuaciones excéntricas ni vibratos desmedidos. Solo los prácticamente apreciables y rápidamente superados desajustes en entradas puntuales evitaron la perfección de una ejecución que articuló su mayor exuberancia en el Allegro con spirito postrero. Las virtudes de la Camerata Salzburg se exhibieron entonces con una fuerza arrolladora, encarnada con subrayado ahínco en la figura de Stefano Guarino, el líder de violonchelos. En conclusión: la intervención finalizó confirmando las notables sensaciones demostradas al comienzo; Goerne y el ensemble austríaco no defraudaron las expectativas.

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