Sin duda, uno de los acontecimientos más señalados de la temporada musical de Madrid era la visita de la egregia Freiburger Barockorchester. Y no únicamente por la evidente calidad que demuestra en cada concierto -un aval que ha situado al conjunto fundado por Thomas Hengelbrock entre los más destacados del panorama actual, especialmente cuando la exégesis aborda repertorio enmarcado en los siglos XVII y XVIII-, sino también porque la ocasión concitaba las reputadas voces de Matthias Goerne, Sophie Karthäuser, Sebastian Kohlhepp y Marianne Beate Kielland en el apartado solista, así como las de los integrantes del Rias Kammerchor, y la avezada batuta de Pablo Heras-Casado. Pero, por encima de todo, el ejercicio alimentaba la expectativa debido a la página que lo propiciaba: Elías, Op.70, de Felix Mendelssohn.

El segundo oratorio -tras Paulus, Op.36- del compositor y director de Hamburgo es tan fundamental como lamentablemente infrecuente en las salas de concierto. En parte, esto se debe a las proporciones monumentales de la obra: según comenta Richard Taruskin en su referencial Oxford History of Western Music, en el capítulo dedicado al resurgir del género oratorio durante las primeras décadas del siglo XIX, encabezado por el propio Mendelssohn, y su insoslayable vinculación con el movimiento nacionalista, el Elías, estrenado en 1846 en el Festival de Birmingham, en un contexto de megalomanía musical donde Inglaterra y Alemania medían sus fuerzas, reunió, entre coro y orquesta, a más de 430 intérpretes.

El oratorio <i>Elías</i> de Mendelssohn en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
El oratorio Elías de Mendelssohn en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Pues bien, que semejante envergadura, por lo demás y afortunadamente no radicada tan solo en el número de efectivos que la ejecutan, permea cada pentagrama de la obra fue la principal conclusión que cabe extraer del concierto de anoche.

Pudimos apreciarlo desde el comienzo. El ataque inicial de la Freiburger realmente dibujó, por afinación y empaste, la armonía y redondez de un acorde final. Después aconteció el milagro. Resulta difícil tratar de enumerar todos los puntos encomiables de la lectura. En primer lugar, hay que celebrar el desempeño de Goerne en el papel de Elías. El barítono alemán desplegó todo un abanico de matices (no pocas veces de un virtuosismo sublime y arriesgado) que siempre contribuyó a la atmósfera dramática. Y, además de una entrega juiciosa y protagonista, conviene aplaudir los méritos relativos a su implicación. Goerne, desde la silla o mediante el discurso de sus arias, evidenciaba una concentración absoluta. Siguió en todo momento las intervenciones de los solistas y la parte orquestal, traduciéndolo en una sincronía perfecta con el resto de músicos e imprimiendo a la partitura, ya de por sí primorosa, una coherencia y solidez si cabe mayores.

No deslucieron tamaña labor Sophie Karthäuser, Sebastian Kohlhepp y Marianne Beate Kielland. Sus respectivos roles no se limitaron al mero contrapunto ni incurrieron en el vicio de un recitativo ajeno a la interpretación, sino que brillaron con la intensidad adecuada, especialmente en los tramos de dúo, pero sin renunciar al vuelo lírico y la grandeza en los solos. En este apartado también es preciso elogiar a los solistas del Rias Kammerchor, pues el nivel de cada aportación fue máximo: Katharina Hohfeld-Redmond, Anja Petersen, Fabienne Weiß, Hildegard Rützel, Claudia Türpe, Marie-Luise Wilke, Volker Andt y Matthias Lutze demostraron un talento excepcional, dotando a la obra de una riqueza melódica que contrapesaba la tremenda carga catártica del texto y los tutti del coro.

Pablo Heras-Casado al frente de la Freiburger Barockorchester y del Rias Kammerchor © Javier del Real | Teatro Real
Pablo Heras-Casado al frente de la Freiburger Barockorchester y del Rias Kammerchor
© Javier del Real | Teatro Real

Por último, pero primordial, Heras-Casado constituyó la clave de bóveda de tamaño monumento. Su gesto, enérgico pero libre del mínimo ademán de tensión (como puso de manifiesto cada cadencia) guió el apabullante caudal sonoro construido por el Rias Kammerchor y la Freiburger. No debe escatimarse el reconocimiento: la sección de violines, encabezada por una Anne Katharina Schreiber inmensa, combinó sin fricción los pasajes de liderazgo con el exigente contrapunto, en el que transparecía el genio de Mendelssohn sinfónico. La madera logró integrarse en el maravilloso, pero complejo para el engarce tonal timbre de archi y el metal apuntaló y coloreó los intervalos fundamentales de sus acordes, que nunca dejaron de reverberar bruñidos y llenos. El director granadino, en suma, exhibió un dominio total, cuya centralidad no desvirtuó ni distrajo, pues su indicación siempre se subordinó, de manera recíproca, al discurso sonoro y sus músicos.

Pese a que la pieza fue un bloque sin fisuras y debe aplaudirse de comienzo a fin, terminaremos esta crónica destacando lo que, a nuestro juicio, elevó la interpretación hasta allá donde la palabra pierde su capacidad de relatar: el final de la primera parte, desde el arioso “Weh ihnen, dass sie von mir weichen” hasta el coro “Dank sei dir, Gott” fue digna de grabarse en el alma; ante la belleza de esta música, solo cabe celebrar y agradecer.

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