Llegaba Netrebko al Teatro Real precedida por escándalos y cancelaciones en la temporada lírica. En primer lugar, por las que se han vivido como unas tibias declaraciones frente a la invasión de Ucrania. Vaya aquí mi apoyo explícito a la artista. Qué fácil es exigir máximos y juzgar con severidad desde la distancia y la seguridad de nuestras confortables libertades. Y, en los últimos días, por la decisión de pintarse la cara y el cuerpo de negro para cantar Aida en la Arena de Verona. En esto me ahorro las simpatías, es un gesto innecesario y ofensivo que ha vuelto a abrir un debate, el del blackface, que parecía irse cerrando a favor de su eliminación definitiva. Frente a la avalancha de ataques, la rusa ha respondido como mejor podía hacerlo, alzando la voz, entonando una réplica lírica a modo de programa que tiene sus puntos fuertes en Chaikovski y en la princesa nubia de Verdi. A buen entendedor… 

Anna Netrebko y Yusif Eyvazov
© Vladimir Shirokov

Y con este recital, una vez más, Anna Netrebko enamora, asombra y emociona. Defiende su fama como mejor soprano del planeta –uno de esos debates que nos encantan a los aficionados– y demuestra por qué es lo más parecido que tenemos hoy a una superestrella de las del pasado. Personalidad, versatilidad y calidad técnica extremas podrían ser un buen resumen de su actuación. Y así lo demostró desde el primer minuto con el “Piangete voi?...” de Anna Bolena en el que desarrolló un bel canto propio, basado en el exquisito control de la emisión y esa proyección flotante que, importada desde Verdi, a ella le funciona también en Donizetti. Cada una de sus notas es inimitable y lleva la firma legible de Netrebko en forma de excelencia, y de ese color indescriptible, simultáneamente oscuro y brillante, refractario a las grabaciones, que solo puede disfrutarse plenamente en el calor de sus directos.      

Yusif Eyvazov responde también con su actuación a las críticas que preceden y acompañan sus recitales –no políticas, sino de nepotismo artístico. “Viene con el marido”, se ha escuchado tantas veces de modo despectivo. Con el paso del tiempo, muchos nos vamos convenciendo de la pertinencia de tener a la pareja sobre las tablas –la complicidad es palpable– y además, en esta ocasión, el tenor ha ofrecido una actuación digna de reconocimiento por méritos propios. Eyvazov se siente cómodo en la plena voz y así ejecuta la mayoría de las piezas, exhibiendo potencia y empatía, arrojo y sentida emoción. Algo que le funcionó mejor con el Manrico de Il trovatore, que el Edgardo de Lucia, necesitado de homogeneidad en los registros y finura en el legato. En todo caso, fueron redondas sus páginas con Netrebko, estratégicamente colocadas al final de cada parte del recital, derrochando teatralidad y entendimiento. 

La estrella indiscutible de la noche mostró generosidad artística al incluir piezas lustrosas para el barítono Elchin Azizov, en vez de los clásicos interludios orquestales –elevándolo así de acompañante a artista secundario. El azerbaiyano aprovechó bien la oportunidad para ofrecer un Escamillo arrebatador y carismático y, en el lado opuesto del espectro emocional, un Conde de Luna severo y oscuro. Gemma Coma-Alabert ofreció una discreta actuación, adivino que más por timidez que por falta de unos medios que tan solo desplegó con La dama de picas.

Para terminar, unas propinas animadas, terminando con “Non ti scordar di me” arreglado para cuatro voces, como resumen de un recital en el que reinó la camaradería y que supone la contestación de Netrebko a las polémicas que pueblan los medios. Mientras tanto, otro cuarteto, pero de manifestantes ucranianos, gritaban su descontento a las puertas del Teatro Real, recordando que, para los afectados, esta respuesta no puede ser suficiente.

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