El fondo violeta se vislumbraba desde el hall del Teatro Real e invitaba a entrar a pesar de la excelente tarde de verano que uno debía dejar atrás. Pero el sacrificio valía la pena, teniendo en cuenta la reputación que acompaña a la soprano Sonya Yoncheva y, por supuesto, el repertorio tan atractivo que había seleccionado para su recital.

Para la primera parte Yoncheva había reservado un curioso repertorio de Verdi, sin ninguna aria, solo romanzas compuestas durante su juventud, entre 1838 y 1845. Veinticinco primaveras contaba el genio italiano cuando compuso Perduta ho la pace, la obra con la que arrancó Yoncheva su recital, y como una joven de 25 años la interpretó: con naturalidad y facilidad, como quien está rodeada de amigos y no sobre las tablas de uno de los escenarios más importantes de España. Tal vez sea esto lo que más deberíamos admirar de las grandes figuras del mundo de la música, esa capacidad de hacer sentir al espectador que lo que ha costado horas de concienzudo estudio es tan fácil como contar una vieja anécdota a un colega.

Antoine Palloc y Sonya Yoncheva durante el recital en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Antoine Palloc y Sonya Yoncheva durante el recital en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Por ejemplo, en L’esule (El exilio), un exiliado rememora su tierra natal, nos cuenta como era y reflexiona sobre la soledad. Por eso empieza a capella, y en pianissimo, y crece según arde en el interior del exiliado la nostalgia por la paz perdida. En este aspecto, Sonya Yoncheva resulta una intérprete excepcional al respetar todas estas cuestiones que, a veces, no sé si tiene que ver más con ser buen cantante o buen actor. Otro factor no menos importante es su excelente pronunciación, gracias a la cual el oyente puede enterarse claramente de una letra que, en el caso de estas romanzas, resulta muy importante. Además, en el caso de L’esule el libretista no es ni más ni menos que Temistocle Solera quien, además de escribir el libreto de Nabucco, Attila o Giovanna d’Arco, fue también empresario del Teatro Real.

Para la segunda parte el fondo tomó un tono rojo appassionato. También nos trasladábamos geográficamente hacia el sur donde, tal y como nos venía previniendo Raffaella Carrà, saben bastante de amor, o al menos de la particular forma de amar, sentir y penar –sí, todo junto– que se refleja en el bellísimo género de la canzone napoletana, de la cual Leoncavallo con sus pasiones desbordadas y Tosti más meloso se yerguen como grandes referentes. Yoncheva dominó ambos, sin embargo, una vez más, sus cualidades vocales destacaron más en la íntima Ideale pues, aunque su caudal llena sin problema el enorme escenario del Teatro Real, lo que resulta más sorprendente es la capacidad de domar ese chorro de voz mostrando la misma riqueza armónica en el forte y en el pianissimo.

Para el final, vuelta al norte de Italia con las romanzas del joven Puccini que suponen un buen resumen de nuestro viaje por el país de la ópera, la amorosa Sole e amore, el enfrentamiento entre tensión y distensión en Terra e mare... en fin, Italia. Para acabar con Puccini, Yoncheva nos brindó otras dos arias muy conocidas del toscano: "Donde lieta usci", y "O mio bambino caro", que junto con la habanera de Carmen y "Adieu notre petite table" cerraron el recital.

En todo momento, Yoncheva pudo contar con Antoine Palloc al piano, el cual supo crear de forma excelente un fondo sobre el que la soprano pudiera recrearse. Ya saben a lo que me refiero: el hogar del exiliado, los acantilados de Sorrento sobre la bahía de Nápoles, la Toscana... la tierra de la ópera, y su mar.

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