“Yo seguiría tocando hasta mañana, pero es que son las diez menos cuarto”. Con estas palabras concluía Joaquín Achúcarro su recital en el Teatro de la Zarzuela. Es fácil, pues, hacerse una idea de cómo se desarrolló un concierto cuya duración no pretendía exceder la hora aproximada, y que casi duró dos, para satisfacción de un público absolutamente entregado. Se trataba de un homenaje referido al septuagésimo quinto año del maestro sobre los escenarios, y su público no podía ser otro que el que le ha estado siguiendo durante todos estos años; inclúyase al que escribe, que le vio por primera vez hace alrededor de treinta años interpretando el Gaspard de la nuit en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas.

Entonces explicó la obra a los presentes y hoy, fiel a esa costumbre, también nos reservó unos minutos para referirse a las piezas que iba a interpretar, de las que consideró que requerían algunas aclaraciones. Se refirió a la niebla sugerida por el uso del teclado y del pedal en el Brouillards; aclaró con contundencia que las velas a las que se refiere el segundo preludio de Debussy son las de un navío, y nos destapó los misterios ocultos en el los Feux d’artifice, para que estuviéramos atentos a los compases en que Debussy sugiere el tema de la Marsellesa. Nos refirió también la anécdota de la postal que Falla envió al francés, y que le inspiró la composición de La Puerta del Vino; y aclaró la razón por la que Debussy perfila sus obras “españolas” con el ritmo de habanera, que se deriva esto del impacto producido en Francia por la famosa Carmen de Bizet.

Joaquín Achúcarro se dirige al público del Teatro de la Zarzuela
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Se trata de unas obras, pues, que no ofrecen ya misterio al pianista bilbaíno, aunque sí dificultades. La mayor, tal vez, la claridad del enunciado en Brouillards, por ejemplo, que se somete a la politonalidad, y que en un pianista poco avezado puede producir sensación de desorden. En la interpretación de Achúcarro se puede apreciar perfectamente la niebla producida por este enfoque compositivo gracias a un uso magistral del ritmo y del pedal, que impide que se confunda niebla con caos. También en Voiles se percibió una clarificación impecable del discurso que se abre con un ostinato de tonos enteros, dispuesto en terceras que ponen a prueba a los mejores pianistas. En esta ocasión pudimos percibir con toda claridad la melodía que se eleva sobre el ostinato y el pedal. Impecable el efecto del ostinato también en La Puerta del Vino, y bien enunciadas las “oposiciones bruscas de extrema violencia y de apasionada dulzura” que exige Debussy en el encabezado de la partitura. Destacamos La sérénade interrompue, que por su carácter de interrumpido produce muchas veces que se desencaje la estructura, y que en la interpretación de Achúcarro fluyó magistralmente convirtiendo las interrupciones en magníficos contrastes de color y de textura.

Joaquín Achúcarro durante el recital en el Teatro de la Zarzuela
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Enmarcado por dos extremos de obras de Debussy nos encontramos con las fantásticas variaciones de Mompou sobre un tema de Chopin. Esta es una composición que no se regodea en efectos ni en imágenes, y que no requiere de títulos sugerentes que en cierto modo siempre terminan sesgando la percepción de quien escucha. Esto es música pura surgida de la sola necesidad expresiva de un artista, y por eso requiere ser interpretada por otro artista que sólo está en la música y no en el espectáculo. Por eso nos pareció que esta fue la obra que mejor comunicó el pianista bilbaíno; en efecto, nos contuvo el aliento desde la enunciación del tema de Chopin hasta el indómito galope final a medida que se iba distorsionando la melodía a través de las distintas variaciones. Achúcarro supo crear una sensación de unidad a todas estas variaciones hasta que el público, alentado por la brillantez de la última variación, interrumpió la obra con aplausos antes de que esta terminase con su correspondiente epílogo.

Continuó el recital con la Alborada del gracioso de Ravel y con distintas obras de Albéniz, Navarra y el famoso tango, innecesariamente embellecido por Godowski. Huelga decir que no le crearon grandes dificultades estas partituras, amén de algunos pequeños desajustes que normalmente son imposibles de evitar en estas obras, pero nos pareció que no se dio una vinculación emocional tan impactante como la acontecida en la “primera parte” del recital. La recuperamos, eso sí, cuando amistosamente secuestrado por su público, nos regaló una inolvidable interpretación de La maja y el ruiseñor de Granados, para culminar con otra memorable visión del Claro de luna de Debussy.

Se quejaba, pues, el maestro Achúcarro de que el coronavirus lo haya fastidiado todo y que haya provocado que los conciertos deban realizarse con el tiempo tan ajustado. Él se habría quedado tocando hasta mañana y nosotros, sin duda, nos habríamos quedado escuchándolo.

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