Continúa el Teatro de la Zarzuela con su firme propósito de recuperar las grandes obras de nuestra lírica; si recientemente valorábamos el mérito de haber rescatado a la Marianela de Pahissa, hoy tenemos que aplaudir el logro de traernos de vuelta a Las Calatravas de Pablo Luna. Esta es una zarzuela que gozó de un éxito notable cuando se estrenó en Madrid, comenzando los años cuarenta del siglo pasado. La muerte repentina del compositor y el declive del género propiciaron que la obra terminase por desaparecer de los escenarios. Así que hasta hoy, que sepamos, no se ha vuelto a escuchar. Los detalles y pormenores sufridos por la partitura y el libreto se encuentran detallados en el magnífico artículo firmado por Francisco Parralejo Masa, que acompaña al programa de mano. Citemos, antes de centrarnos en la música, el magnífico trabajo editorial de este programa de mano y el acertadísimo diseño gráfico de Javier Díaz Garrido.

Guillermo García Calvo
© David Bohmann

Como era de esperar en este tipo de funciones, la obra se presentó en versión concierto, con los protagonistas ataviados a la manera convencional de nuestro tiempo, y sin decorado. Los prolegómenos de la historia y los entresijos posteriores fueron narrados magistralmente por Emma Suárez. Esta es la primera colaboración de la actriz con el Teatro de la Zarzuela, y esperamos que no sea la última: representó a Doña Aldonza, con total comedimiento y gran presencia, sin interponerse a los solistas, pero proyectándose como una pieza fundamental en el devenir de una historia que pedía constantemente su intervención. Nos dejó, además, dos muestras inolvidables, la primera, manteniéndose firme en su papel frente a las distracciones de un móvil pertinaz; y la segunda, coronando la obra con una intervención de carácter moralizante frente los estereotipos sexistas que se dan en estas tramas, y que a los ojos de hoy nos parece que enturbian un poco la música de estos maestros.

Se presupone un enorme trabajo de la narradora, de los solistas y de la orquesta (también del coro, pese a que la lejanía y la mascarilla nos impiden disfrutarlo enteramente) cuando uno no echa en falta ni vestuario ni decorado; y eso que el libreto, aun estado bien escrito, no tiene gran cosa de particular. Aquí se dan los conflictos de siempre, mozas casaderas, mastuerzos recalcitrantes, amoríos, desamores y, sobre todo, mucho humor. Un pretexto, diríamos, para realizar una música inigualable y muy variada. Toca muchos palos el maestro Luna, que lo mismo nos recuerda a Falla que a George Gershwin, y nos lleva de las habaneras al cancán, pasando por fandango y por el vals.

Lucía Tavira


Magistral la Orquesta de la Comunidad de Madrid, hábilmente comandada por un Guillermo García Calvo de amplio sonido y ritmo eficaz. Pedía la música un pulso estable y un ritmo vivo, y las más de las veces le tocó a Javier Franco enfrentarse a las canciones más comprometidas rítmicamente. No le faltan tablas al barítono gallego para salir del reto airosamente, y proyectar un personaje riguroso y creíble, aun cuando se las vio con unos registros graves que tal vez se habrían beneficiado de un acompañamiento orquestal un poco menos exultante. Lola Casariego interpretó a la Marquesa viuda con corrección, y nos resultó solvente y equilibrada en las intervenciones junto a Javier Franco.

Al otro lado las hijas de la Marquesa, Isabel y Cristina, interpretadas por Lucía Tavira y Miren Urbieta-Vega, junto a sus pretendientes y aduladores. Nos llamó la atención con su potencia y desparpajo el tenor Andeka Gorrotxategi, que interpretó con audacia al bribón Carlos Alberto, sin duda una voz sin fisuras para lidiar con la potencia ejercida por la orquesta; pero no terminó de entenderse en el dúo con Urbieta-Vega. Esta y Lucía Tavira manejaron el timón en cuanto a impacto vocal; comenzó Tavira con su intervención al cabo del preludio inicial, y nos hizo creer que la trama giraría en torno suyo; desgraciadamente el libreto no profundiza demasiado en su personaje y no permite mayores lucimientos para la cordobesa que, con todo, arrancó merecidas ovaciones tras sus intervenciones. Se centra más la partitura y el libreto en el personaje de Cristina, magistralmente interpretado por Miren Urbieta-Vega, de voz inigualable y sobrecogedora; se trata de un registro versátil y abrumador que no se encoje ante las acometidas del tutti orquestal; una voz brillante a la que hay que añadir una dicción impecable que nos exime de centrar la atención en los sobretítulos.

Se hizo justicia, como ven, con la inspirada partitura de Pablo Luna. Confiamos en que este trabajo de recuperación no sea baldío y que propicie grabaciones a las que todos podamos acceder, pues dos únicas representaciones, sin duda, nos han sabido a poco.

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