Regresa a Madrid el conjunto formado por el barítono Andrè Schuen y el pianista Daniel Heide, esta vez al Teatro de la Zarzuela y con un programa bien distinto al de su última visita en el Círculo de Bellas Artes. Si bien en aquella sesión se centraron en una temática amorosa, con todos sus vaivenes, mostrando los quebrantos producidos por la bella molinera, en esta se han propuesto asuntos más luctuosos y han llamado a su recital “Canciones de la noche y la despedida”. Tremendos lieder de Schubert abrieron y cerraron la velada, intercalados por las Kindertotenlieder de Mahler, y unas curiosas canciones de Korngold. Sin duda resultó la primera parte más atractiva con unas canciones de Schubert y Mahler más interesantes en profundidad, teniendo las piezas de Korngold un carácter más bien contemplativo; y más divagante en cuanto a la búsqueda de un ambiente sonoro particular que ayudara a expresar el contenido textual.

Daniel Heide y Andrè Schuen en el Teatro de la Zarzuela
© Rafa Martín | CNDM

Comenzó el viaje a la noche con la canción Über Wildeman, con texto de Ernst Schulze, con un ritmo intenso y bien marcado por el insuperable pianista Daniel Heide. Ya desde este inicio de carácter ostinato pudimos apreciar la impecable compenetración que hay entre estos dos artistas, que se comunican entre ellos y con el público a través de la música y el texto sin resaltar ninguna jerarquía y respetando el pulso, la dinámica y, en definitiva, la partitura, para crear un cuadro expresivo único. Ya apuntamos en otra ocasión la calidad de la declamación, de las acentuaciones y del impulso rítmico que ambos proyectan de suerte que ni siquiera es preciso seguir el poema para que la música impacte en toda su profundidad. Hoy volvemos a consignar esta importantísima destreza. Nos pareció también insuperable la versión de Der Jüngling und der Tod, en la que Schuen fue capaz de perfilar la súplica del joven héroe con un control del volumen que, aun rozando el pianissimo, mantuvo la intensidad del fraseo y del triste discurso.

Tras El joven y la muerte llegó el momento álgido de la noche con la extraordinaria interpretación de un Erlkönig inolvidable, en el que Andrè Schuen interpretó a tres magníficos personajes dando a cada uno su propia identidad y llevando la terrible historia siempre hacia adelante, al ritmo del galope marcado por un Daniel Heide en estado de gracia. Y es que hay que reconocer el excelente trabajo de este pianista que se enfrenta sin titubear a los frenéticos tresillos en octavas, todo notas repetidas, que hacen temblar a las muñecas de los intérpretes más avezados. Le marcó el galope, y el viento y la lluvia, a su compañero, y no le tembló el ánimo cuando cerca del final aún le propuso Schubert que aumentara la velocidad.

Daniel Heide y Andrè Schuen
© Rafa Martín | CNDM

Creo que de haber terminado aquí el concierto nos habríamos quedado todos más que satisfechos. Seguidamente, y aún respetando y manteniendo un nivel expresivo sobresaliente, nos quedó espacio en la primera parte para sobrecogernos con las Kindertotenlieder (Canciones de los niños muertos), de Mahler, especialmente con Wenn dein Mütterlein tritt zur Tür herein y Oft denk’ich, sie sind nur ausgegangen!, pero le faltó al conjunto el nivel abordado en las canciones de Schubert.

Se aprecia con facilidad que ambos intérpretes están más vinculados con el repertorio reseñado anteriormente que con las canciones de Korngold que abrieron la segunda parte. Sin duda es de agradecer que se muestren estas piezas, y que se den a conocer obras de este autor que, para bien o para mal, es más conocido por sus contribuciones al séptimo arte y por su magnífico concierto de violín. No les falta creatividad, pero sí la profundidad emocional y la maestría de un Schubert para quien el lied es su hábitat natural. No obstante, también le faltó algo de variedad y discurso a la interpretación del último grupo de canciones del compositor vienés, que con Nacht und Träume, es decir, Noche y sueños, pusieron fin a un recital de leitmovit lúgubre y, como dijimos, luctuoso.

Se quejaba un vecino de butaca, entre aplausos, y sugería que tal vez debieran regalarnos los artistas una canción un poco más alegre. Le complacieron, y a todos los demás, más o menos, con el bellísimo lied Morgen!, de Richard Strauss, ya saben, el que dice que “Mañana el sol brillará de nuevo”, poniendo fin así a un intenso recital promovido por dos grandes músicos que esperamos volver a ver lo antes posible.

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