Recuerdo de mis viajes invernales por aquella tierra germana muchos ratos observando desde una ventana –ya sea de una casa, una cafetería o un tren...–, como la calidez del interior contrastaba con el paisaje: hermosos, pero poco acogedores e incluso peligrosos. Es una sensación similar a la de escuchar el lied de Schubert. Nos sentimos plácidos en nuestras butacas porque sabemos que la música, al igual que el teatro, no puede hacernos daño alguno y nos maravillamos del bello y violento paisaje de las pasiones schubertianas. Se crea, pues, un curioso escenario en el que el público ni se inmuta al escuchar a un hombre gritar: Will kein Gott auf Erden sein, Sind wir selber Götter! ni es capaz de sentir empatía por el cantante que pregunta, como un quejido: Wann halt'ich mein Liebchen im Arm?

Julius Zeyen, al piano, y el barítono Florian Boesch durante el recital de Lied
© Rafa Martín

Si por algo destacó Florian Boesch fue por la emoción. Supo dirigir bien el fraseo y destacó su aprovechamiento de los matices y el fiato para llevar la música hasta el punto álgido de cada lied. Quizás uno de los mejores ejemplos lo encontremos en Auf dem Flusse o en el constante uso de crescendo y diminuendo de Einsamkeit. Se valió también, para mostrar un amplio abanico de emociones, de la variedad de timbres que ofrece su voz: oscura y vibrante en el centro y el grave, pero metálica en unos agudos muy delicados que, sin embargo, no siempre supo alcanzar con la misma pericia. En obras como Gute Nacht, o Frühlingstraum que van desde la más tierna dulzura del recuerdo o la esperanza a la furia de la pérdida o el desaliento, Boesch supo poner diferentes voces que acompañaron al excelente fraseo permitiendo al oyente empatizar completamente con la emoción del lied.

También Justus Zeyen, al piano, realizó un excelente trabajo. Sus delicados inicios, con rubatos elegantes y apurados pianissimi, hicieron de velo entre el mundo real y el del lied, actuando como una especie de Caronte, al transportar al oyente desde su butaca a través de ríos de notas al mundo de las emociones dominado por la voz de Boesch. En Der Leiermann Zeyen consiguió incluso algo más, obligando al tiempo a detenerse y flexionarse al giro de la manivela de la zanfonía. Mientras, Boesch nos deleitó una vez con cuidados adornos que dotaron a la magia del lied de cierta elegancia. Una pena que no mostrase la elegancia que demostró en Der Leiermann en todo el recital, ya que en piezas como Die Post o Gefror’ne Tränen la emoción le pudo y ejecutó unos fortissimo poco naturales que desentonaron con el fraseo del lied.

Viendo y, sobre todo escuchando, la pasión que Florian Boesch puso sobre el escenario, parece hasta cruel ver cómo tras los aplausos se difumina y cada uno retorna a su casa sin más, cuando se antoja necesario un velatorio por toda la emoción que acaba de verse por primera y última vez. Pero al igual que en la lidia nadie llora por el toro, tampoco lo vamos a hacer por la música. Supongo que es lo que tiene el arte.

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