Tras el fallido estreno del pasado 8 de octubre, por fin pudimos ver al primer reparto el viernes 15. Quizás no tenía la misma solemnidad que el día del estreno, pero aún se pudo ver alguna que otra personalidad en el patio de butacas y, en general, un ambiente de estreno... que ahí se quedó: en el patio de butacas.

Fallido, pero en este caso por culpa de la orquesta y no la huelga de los técnicos del teatro fue también el pase de Los gavilanes del pasado quince de octubre. Los instrumentos no estaban equilibrados, unos destacaban cuando no debían y otros no destacaban suficiente, se pudo escuchar alguna desafinación entre la flauta y los violines y varias caídas a destiempo. La entrada del coro, lejos de solucionar el problema lo agravó aún más. Coro y orquesta fueron cada uno por su lado, alargando las frases unos, acortándolas otros, formando así un batiburrillo indigno de una de las introducciones de zarzuela quizás más conocidas de todo el repertorio. Uno no puede más que preguntarse: ¿en qué estaba pensando Jordi Bernàcer? No fue algo propio de un director de su talla acostumbrado además a lidiar con músicos tanto en el escenario como en el foso. Solo se me ocurre como justificación una falta de ensayos conjuntos de la orquesta y el coro y los contantes o un total desinterés de Bernàcer por una partitura que, si bien en apariencia puede resultar sencilla, requiere mucha atención al doblar los instrumentos constantemente las líneas vocales.

Marina Monzó, Ismael Jordi, Maria José Montiel y Juan Jesús Rodríguez
© Elena del Real | Teatro de la Zarzuela

La falta de preparación de la orquesta se dejó notar también en los dos primeros números del barítono. El potente chorro de voz de Juan Jesús Rodríguez en “Mi aldea” no fue suficiente para que la orquesta ejecutara las cadencias de las frases a tiempo, pero desde el aspecto puramente vocal sonó muy bien, con una notable presencia, unos cambios de registro muy naturales y unos ejercicios de fiato muy loables. Más apasionado aún fue el segundo número de Rodríguez: “Aquí estoy yo... El dinero que atesoro”. Pero los elegantes rubatos y las muestras de musicalidad que hizo el barítono fueron emborronadas por una orquesta que decidió no seguirle en absoluto e incluso realizar sus propios ritardandi.

Sorprendentemente, no hubo tal problema con el otro protagonista  de la noche: Ismael Jordi. Su “Flor roja” fue el número más aplaudido de la noche, ¡y con motivo! El tenor ofreció una línea sumamente cuidada y musical en la que derrochó matices y rubatos. Un aria cuidada, melodiosa, ejecutada a la perfección que esta vez la orquesta supo seguir. Contrastó notablemente con la apasionada y casi agresiva interpretación de “No importa que el amor mío” de Juan Jesús Rodríguez, el número en el que más destacó su potencia vocal.

Marina Monzó e Ismael Jordi
© Elena del Real | Teatro de la Zarzuela

Marina Monzó encajó muy bien en el papel de Rosaura con un “No hay por qué gemir” fresco y ligero –como es su voz– pero a la vez dulce. Una versión muy acertada y difícil de escuchar en las pocas grabaciones que tenemos de Los gavilanes. María José Montiel, tomó el camino opuesto y se decidió por una interpretación más clásica –similar, por ejemplo, a la que grabó en su día Teresa Berganza–, algo más engolada y que, si bien en algún momento perdió en cuanto a pronunciación, en los números de conjunto como “Amigos, siempre amigos” funcionó a la perfección haciéndole destacar. El resto de papeles funcionaron bien, sobresalió el dúo cómico de Clariván y Triquet interpretados por Lander Iglesias y Esteve Ferrer respectivamente, tanto como actores como en las intervenciones musicales. También hicieron un gran trabajo Trinidad Iglesias (Renata) y Enrique Baquerizo (Camilo).

No se me olvida la dirección de escena de Mario Gas y Ezio Frigerio, pero la he querido dejar para el final porque, precisamente, creo que no fue protagonista, y eso es algo loable. El director uruguayo realizó un montaje hermoso, ¡hermosísimo! Con unas animaciones y unos colores escogidos con muy buen gusto pero que, sin embargo, sabían acompañar muy bien a la historia y la música sin pretender destacar por encima de ésta o tratar de contar otro cuento. Todo un acierto.

La producción tenía los materiales para triunfar, como pueden ver. Pero las nubes, caprichosas, a veces emborronan el cielo y sin que podamos hacer nada nos impiden apreciar como nos gustaría el hermoso vuelo de los gavilanes.

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