Continúa el Teatro de la Zarzuela cosechando éxitos en esta atípica temporada. El público madrileño está ávido de buena música y sabe dónde encontrarla, aún cuando las restricciones de movilidad y aforo se endurecen. No nos cansamos de aplaudir la efectividad del Teatro respecto a la organización de entrada y salida del respetable, ni de valorar el buen semblante del personal que lidia con esta necesidad función tras función, sin perder el buen humor. Tampoco le falta humor a la Zarzuela, ni desenfado, y eso que en la que hoy nos ocupa hay guerras, desencuentros, celos e inquietudes.

Número de baile en la zarzuela Luisa Fernanda
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

En el argumento encontramos los elementos habituales en una zarzuela: fundamentalmente una joven dividida entre las majaderías de dos pretendientes, una posadera entrometida, una dama altiva de la nobleza, un fenomenal grupo de danzantes y un buen puñado de personajes cómicos de carácter secundario, como un excelente mozo, un criado ciego y un párroco. Pero el caso es que aún con todos estos estereotipos Luisa Fernanda sigue funcionando, y no necesariamente por la destreza de un libreto que realmente no es brillante, sino por la inolvidable música del maestro Torroba; y en la representación de hoy, además, por la lograda interpretación de sus participantes.

Entre ellos conviene destacar primero al escenógrafo Giò Forma por su magnífica representación del madrileño cine Doré, que ya figuraba en escena antes incluso del comienzo de la función, dando la bienvenida a un púbico gratamente sorprendido. Se trata de un decorado innovador, pero al tiempo respetuoso con la trama que favoreció en todo momento su desarrollo. Cabe mencionar también como un gran acierto los cuadros de baile que acompañaron al movimiento de la propia escenografía, y la proyección de los protagonistas en pantalla grande, con presentación a la manera de las grandes estrellas del cine.

Javier Franco (Vidal), Alejandro del Cerro (Javier) y Maite Alberola (Luisa Fernanda)
© Javier del Real | Teatro Real

El reparto resultó heterogéneo en su manifestación escénica y vocal. Maite Alberola interpretó a una Luisa Fernanda más o menos equilibrada y correcta, pero sin la solvencia que cabría esperar de un personaje que es la fuente del conflicto principal. Claro que también es necesario apuntar que el personaje mismo, para darle título a la obra, no parece estar del todo bien delineado en el propio libreto, y que no tiene la misma presencia literaria que los otros personajes principales. Se resarció la soprano valenciana con el dúo “Cállate, corazón”, sin duda uno de los momentos más brillantes, arrancando unos bravos que se elevaron más allá de las mascarillas. Javier Franco, que interpretaba a Vidal, uno de los contumaces pretendientes, manifestó unas cualidades sobresalientes como actor y perfiló un personaje con carácter y mucha presencia; en el terreno vocal, en cambio, se las vio en más de una ocasión con unos pasajes graves más bien comprometidos y con una afinación no siempre impecable.

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Javier Franco (Vidal), Leonor Bonilla (Carolina) y Alejandro del Cerro (Javier)
© Javier del Real | Teatro Real

La soprano sevillana Leonor Bonilla interpretó magistralmente a la aristócrata granadina, empleando una variedad de recursos que le permitieron destacar no solamente en un elemento vocal abrumador, sino también en el aspecto expresivo de un personaje inquietante y seductor que tenía completamente dominado. Inolvidable la escena de la subasta del baile, en que además de controlar la voz sin inmutarse, desplegó su formación en danza junto a unos bailarines que la jaleaban con el palmeo. Alejandro del Cerro destacó fundamentalmente por las cualidades de un timbre potente y cautivador. También inmerso en un personaje muy versátil, nos permitió apreciar su conflicto por medio de una dicción impecable y de una afinación sin fisuras. Nos brindó intervenciones para el recuerdo como la romanza del “Rincón de Madrid”, o el dueto con Maite Alberola que ya hemos mencionado anteriormente.

No nos olvidamos del coro, algunos de cuyos miembros participaron en la escena con interesantes intervenciones individuales; se le notó en ocasiones un tanto desorientado con respecto a una orquesta comandada por Karel Mark Chichon, y esta, a su vez, correcta y sin grandes efectos memorables más allá de trazar adecuadamente el contenido emocional que acompaña a las escenas y a la psicología de los personajes. Eso sí, reconocimiento y aplausos, aunque a posteriori, para el violín solista que nos deleitó con su intervención en el Intermezzo.

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