El mundo se ha vuelto más pequeño. Ahora que no se puede viajar, que uno no puede salir un sábado por Madrid y desayunar paella el domingo en la Malvarrosa. Ahora que el mar parece un sueño lejano, y nos preparamos para las Navidades más difíciles en mucho tiempo, nos sigue quedando Madrid. Cuando todo se desmorona cual castillo de naipes, parece que toca mirar hacia dentro. Dejar de intentar emular a la Europa de Ortega y volver la mirada a la España de Maeztu.

Sorozábal nos ofrece un retrato detallado y preciso de la España de 1934 en la que se estrenó La del manojo de rosas. Fue un año de notable agitación política en la ingobernable República y el propio Sorozábal predice en su obra la guerra que estallaría año y medio más tarde del estreno de La del manojo de rosas. Y, sin embargo, aún en ese agitado Madrid en el que los ricos de un día para otro eran pobres, y los pobres, ricos, había espacio para el romance y el amor. Creo que de eso nos habla La del manojo de rosas, de la predeterminación del amor, aun en épocas difíciles, aun cuando nadie habla ya de romance e incluso cuando este parece imposible, siempre sabe abrirse paso. Y, en ese aspecto, quizás sí sea el mensaje adecuado para este agorero noviembre.

Ángel Ruiz, Vicenç Esteve, Carlos Álvarez y Ruth Iniesta, y David Pérez Bayona
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

La producción de Emilio Sagi es ideal para transmitir este concepto del amor castizo. El decorado y vestuarios representan claramente al Madrid de la época. Al espectador no se le propone un reto intelectual, sino ocio: disfrutar con el ingenioso texto de Cuadrado Carreño y Ramos de Castro, reírse de los “palabros” de un Espasa que bordó Ángel Ruiz, y reconocer un Madrid que ya no existe. Todo ello con la excelente música que escoge el maestro Sorozábal para elevar a obra de arte un pequeño romance castizo, dibujando a la perfección la escena sonora de aquel Madrid de los convulsos 30, con su chotis y con su fox-trot.

Pero pasemos ya a hablar de música: la primera en cantar es Asunción, “La del manojo de rosas”. Ruth Iniesta hizo una buena labor en este papel. Mostró una voz lo suficientemente ligera como para poder hacer gorgoritos en el agudo, pero con cuerpo y presencia para medirse con Carlos Álvarez. El barítono,  agració con una excelente actuación a la casa que le vio despegar con esta misma producción allá por 1990. Destacó el fiato, el cuerpo, la potencia y la valentía del malagueño al atacar los agudos finales de la romanza de Joaquín, la "Madrileña bonita", que le valió una fuerte ovación del público que no cesó hasta que Álvarez salió a saludar.

Ascensión (Ruth Iniesta) y Joaquín (Carlos Álvarez)
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

El catalán Vicenç Esteve, quien ya destacó como Cardona en la Francisquita de la temporada pasada, revalidó su talento para el papel de tenor cómico y espero sinceramente que le veamos mucho más por el Teatro de la Zarzuela, pues su dicción, expresividad y agilidad tanto física como vocal le hacen idóneo para este género. No podemos hablar de agilidad física y de talento para el baile sin mencionar la otra pareja de La del manojo de rosas: Capó y Clarita. David Pérez Bayona y Sylvia Parejo destacaron, debido a la naturaleza de los personajes, más como bailarines y actores que como cantantes, aunque sin menospreciar lo bien que lidiaron con la farruca “Chinochilla de mi Charniqué”.

Para casi el final de la obra reservó Sorozábal uno de los momentos más hermosos: la habanera “Qué tiempos aquellos”, melosa, dulce... y con unas líneas espectaculares para la soprano a las que Ruth Iniesta supo sacar buen partido. Contó con el excelente apoyo de la Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida por García Calvo, quien supo doblegar a los músicos para mayor lucimiento de los cantantes. Un gesto que denotó gran profesionalidad para un repertorio que, si bien no requiere un gran virtuosismo técnico, puede ser realmente complicado de cuadrar con los cantantes para que el resultado sea el esperado.

Para concluir, me gustaría señalar que, entre la posmodernidad imperante en nuestro arte, hay hueco para la ortodoxia y el tradicionalismo y, de hecho, el público celebró la función con un largo aplauso y todo el patio de butacas en pie. Aunque nunca está de más innovar y realizar experimentos escénicos y nuevas propuestas, también debemos valorar adecuadamente producciones como esta de Emilio Sagi que nos recuerdan a esa nuestra zarzuela vieja, la de siempre, y qué quizás a más de uno le haga suspirar pensando en “qué tiempos aquellos...”. 

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