Como si fuera poco lo que nos estaba cayendo últimamente, la irrupción en Madrid del temporal Filomena y los peligros asociados al mismo nos habían privado de presenciar Fordlandia en los Teatros del Canal; afortunadamente se reprogramaron nuevas citas fuera del calendario original y el público lo agradeció con un lleno absoluto, de acuerdo, eso sí, a las limitaciones de aforo establecidas. Y es que esta era una cita necesaria para nuestro ánimo actual, pues se trata de un espectáculo que presenta una idea muy acorde con el momento vital que estamos atravesando, y que hace hincapié en la idea de la separación forzosa entre seres queridos. Lucía Lacarra y Matthew Golding, también afectados por esta separación, proponían una unificación de coreografías de Anna Hop, Yuri Possokhov, Christopher Wheeldon y Juanjo Arqués en un todo unitario para compartir su experiencia vital, fusionando sus movimientos con imágenes proyectadas en pantalla, y con una selección musical de carácter íntimo y contemplativo. 

Matthew Golding y Lucía Lacarra
© Altin Kaftira

La representación requería del seguimiento en video de la expresión emocional de los bailarines, ambos enclavados en escenarios naturales como el mar o el bosque; pero también planeó la imagen del interior vacío de un teatro, dando comienzo al espectáculo con las piezas “Stillness” y “Close”, de Anna Hop. Nos resultó particularmente interesante el bosque helado en el “Snow Storm” de Yuri Possokhov (que además nos brindó a algunos la oportunidad de conocer la música de Sviridov), e inolvidable la coreografía “Fordlandia” de Juanjo Arqués, con una magnífica partitura de Jóhann Jóhannsson. Aquí tuvimos que contener el aliento ante la imagen del mar sobre el cual se erguía Lucía Lacarra, con un gesto contenido, pero resolutivo.  

Sin duda las imágenes creadas por el cineasta Altin Kaftira fueron pieza clave en un entramado narrativo de luces y sombras; generalmente funcionando como puentes entre las distintas secciones danzadas, y en ocasiones duplicando los mismos gestos de los bailarines: ambos lograron una extraordinaria conexión de movimientos ya no solo entre sí, sino entre sus proyecciones amplificadas en una suerte de canon al unísono de gran precisión. 

Lucía Lacarra y Matthew Golding
© Altin Kaftira

Podría apuntarse que la omnipresencia de la proyección y las amplias transiciones produjeron que se echase en falta más presencia en vivo de los bailarines Sin embargo, en el devenir del espectáculo se percibió con claridad que estas ausencias habían incidido en la idea de distancia y recuerdo, y aún en la de que en esta situación el tiempo parece discurrir con mayor lentitud. Así también parecían expresarlo los gestos de un dúo que supo conectar con la variedad dinámica y emocional de las piezas musicales, a ella se le pudo apreciar una intensa delicadeza y versatilidad en los movimientos, y a él un aplomo un tanto más pesante y riguroso.

Además de la música y el cine, también se valieron de elementos escénicos coadyuvantes de la trama, como el mar y sus vaivenes, ejemplificado en una tela ondulante y que redundó en la idea de la separación propiciada por un acontecimiento externo. Pero al final nos quedamos en el recuerdo la imagen única de los dos cuerpos por fin unificados al término del último número, “After the Rain” de Christopher Wheeldon, y enmarcado por el Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt, el espejo en el espejo, o las dos figuras que, encontrándose al inicio reflejadas a ambos lados del mar, pueden sortear las dificultades para superar la adversidad y volver a encontrase. 

Escena de Fordlandia
© Altin Kaftira

Sin duda conectamos con las emociones que Lucía Lacarra y Matthew Golding propusieron sobre el escenario, y de ahí que recibieran una larguísima ovación de un público que no dudó en permanecer en pie durante largo rato, y que reconoció la inmensa labor de los dos bailarines que supieron transmitir la carga psicológica de la separación forzada que todos estamos experimentando.

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