No creo equivocarme si afirmo que todo el que se dedica a las artes performativas siente una conexión particular con la obra que interpreta, y que esta conexión puede verse afectada por la mayor o menor afluencia de público. Está en la profesionalidad del elenco lidiar con los asientos vacíos y proponer en todo caso lo mejor para los que están presentes, y esto, que lo sabe bien cualquiera que se haya subido alguna vez a un escenario, no siempre es fácil. Lo digo porque la ocasión que reseñamos viene enmarcada, como no, por las necesidades separatistas interpersonales y por las restricciones a la movilidad que se han impuesto en la Comunidad de Madrid; motivos estos, entre otros, que han provocado una ausencia de público significativa. Vaya por delante que esta particularidad no ha hecho mella en la actitud del reparto y que los asistentes hemos podido disfrutar de una representación comprometida y solvente de La vida breve.

Escena de <i>La vida breve</i> en el Teatro de la Zarzuela © Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
Escena de La vida breve en el Teatro de la Zarzuela
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Nos ha faltado una explosión orquestal más acorde a los magnos arrebatos que se sucedían en la escena; pero tampoco es cuestión de exigir más a una orquesta necesariamente reducida y recluida en un foso que no destaca por sus amplias dimensiones. Miguel Angel Gómez Martínez dirigió con precisión a una orquesta que no siempre lo tuvo fácil en su comunicación con los cantantes, y a la que tampoco terminó de acomodarse del todo bien el cuerpo de baile. Como digo, nos faltó la intensidad provocada por una mayor dinámica, pero no la que produce un estudio exhaustivo de la orquestación, del ritmo y de las tensiones armónicas que están presentes en la partitura.

No sabemos si fue por suplir alguna carencia en la tragedia sonora, o si fue por causa de una preparación meditada del personaje principal, pero el caso es que la interpretación del personaje de Salud, en esta ocasión atribuido a Ainhoa Arteta, nos resultó algo así como el general que insufla valor, moral y decisión al pelotón que se aproxima a una contienda bélica. Permanentemente en la escena, llevó sin duda el peso de la representación de un lado a otro del escenario. Y esto es literal, pues su personaje corrió por la escena presa de la máxima excitación, manos en la cabeza y gesto desencajado, con la intención de transmitir el sufrimiento y el desgarro producido por una historia de amor, de esas que todos sabemos que va a terminar mal. Tal vez no habría sido necesario tanto desparpajo, pues ya lo dijo todo y más con una voz y una presencia sobrecogedoras que, en cierto modo, cubrió las del resto del elenco. Claro que uno, que no es cantante, se pregunta cómo puede lucir la voz un cantaor al que hacen cantar crucificado, que así ocurrió en la escena de la boda entre la atónita Carmela y el sibilino Paco.

Ainhoa Arteta en el papel de Salud © Javier del Real | Teatro de la Zarzuela
Ainhoa Arteta en el papel de Salud
© Javier del Real | Teatro de la Zarzuela

Le hizo bien el contraste Jorge de León en la piel de Paco a Ainhoa Arteta; tal vez un timbre menos robusto pero bien controlado e igualmente convincente, y un personaje muy bien caracterizado e interpretado. Desgraciadamente, ni el uno ni la otra fueron particularmente hábiles en la escena subida de tono en la que se viene a manchar el paño moruno, un episodio ni sutil ni explícito, sino todo lo contario, que nos dejó a algunos atónitos, a otros impasibles, y a todos sorprendidos. Correctos en sus respectivos papeles, María Luisa Corbacho, Rubén Amoretti y Anna Gomà, e interesante Gustavo Peña, el dueño de la voz de la fragua; el guitarrista Rafael Aguirre cumplió su cometido´adecudamente, pero no parece necesario destacar de ello mucho más, pues su intervención se redujo fundamentalmente a tañer algunos acordes.

Con todo, es necesario señalar la ficha artística, y destacar a Giancarlo del Monaco por una escenografía de paneles encarnizados que recordaban vagamente a algunos diseños de Giger, y por la presentación misteriosa de personas y prefiguraciones sumidas en la bruma que ayudó a establecer el clima sombrío en que desenvolvió la representación. Por último, pero no por ello menos importante, también conviene destacar el buen hacer de los empleados del Teatro de la Zarzuela, que se esforzaron por organizar una salida del público pausada, escalonada y distanciada, al término de una representación aplaudida con cierto comedimiento. 

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