“La culminación del arte sinfónico” eran las palabras de Sergiu Celibidache sobre la Sinfonía núm. 8 en do menor de Anton Bruckner: una obra tan poderosa que ocupó el único concierto de una sola obra de toda la temporada de otoño 2022 de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. De las varias versiones existentes (Bruckner solía revisar sus sinfonías debido a los duros rechazos que recibía de otros), el director estadounidense Scott Yoo escogió la de Robert Haas, publicada en 1939, y que mayormente refleja la versión revisada por Bruckner en 1890 (tres años después de la versión original). Con una interpretación estelar de la sinfonía, la OFCM demostró esta noche que es una orquesta de clase mundial.

Heinrich Schenker dijo que el inicio de la Octava sinfonía era “como el comienzo del mundo”, y así deben arrancar los trémolos en pianissimo, pero el tempo de Yoo pareció un poco apresurado. Sin embargo, el primer movimiento se desarrolló con una textura orquestal equilibrada, sobre todo con la entrada de los metales, que tocaron con fuerza y sin retenerse. Los tres motivos del movimiento se desarrollan hasta el aterrador clímax, con las trompetas entonando un do al unísono en el ritmo principal del movimiento. Esto fue ejecutado perfectamente y el estruendo de los metales producía escalofríos. Con un tempo más relajado, se cerró suavemente el movimiento.

Scott Yoo
© Gaviria

El Scherzo –el más largo de todas sus sinfonías y también la primera que lo ubica en el segundo movimiento en vez de en el tercero– está lleno de ritmos rápidos de corcheas que se entrelazan para producir el efecto de un reloj. Las tubas, arpas y timbales tienen aquí un papel muy importante, y todos los músicos tocaron con una palpable emoción. En una sinfonía llena en gran medida de momentos oscuros y melancólicos, los brillantes acordes mayores del Scherzo proporcionan un alegre contrapeso, y el efecto se transmitió de forma brillante.

Simon Rattle describe el inicio del Adagio como una “fascinante sala de espejos rítmica” por la inusual combinación de un compás de 4/4 y la mezcla desigual de tresillos y corcheas. Aunque la disonancia rítmica se hizo sentir, el tempo volvió a sentirse algo apresurado. La entrada de las tubas Wagner enriqueció el timbre orquestal, pero algunos problemas de afinación crearon una ligera (aunque breve) disonancia involuntaria. Las dos breves partes del platillo y el triángulo pueden cambiar mucho el tono del Adagio dependiendo de su ejecución, y aquí fueron impecables: se alcanzó un fuerte clímax que a continuación se redujo a un coral para tuba de Wagner (esta vez perfectamente afinado) para cerrar el movimiento.

En una carta de 1891, Bruckner describió la apertura galopante del Finale como la llegada de los rusos a Olomouc para saludar al emperador Francisco José I de Austria: las cuerdas son los cosacos mientras que los metales son la música militar. El efecto se representó con bastante eficacia, con los trombones atravesando la textura para acentuar el ritmo portentoso. La timbalista Gabriela Jiménez mostró un elán magistral al interpretar con gran fervor las complicadas partes fortissimo de Bruckner. El Finale (al igual que el Finale de la Novena sinfonía) incorpora los motivos de todos los movimientos anteriores, pero –de acuerdo con el carácter oscuro de la obra– las diversas recapitulaciones de los temas anteriores son estridentes y temibles más que familiares. Los metales volvieron a brillar aquí, ya que las trompetas, los trombones, las trompas y las tubas impregnaron la estruendosa música del final con una urgencia áspera, pero impactante. La coda es la joya de la corona de la sinfonía: una obra maestra contrapuntística que yuxtapone los temas principales de todos los movimientos en una secuencia magistral, en la que se transforma la energía precedente, oscura y menor, en un impulso jubiloso y rugiente en do mayor. El tempo y el equilibrio orquestal son cruciales aquí para garantizar que todas las melodías se escuchen y se reconozcan, y aunque las trompas (que entonaron el motivo principal del Scherzo) se vieron en ocasiones ahogadas por los trombones, el efecto general de la coda resultó abrumador. La interpretación de la sinfonía fue apasionada, idiomática, coherente y magistralmente ejecutada.

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