Siempre resulta estimulante llegar a un concierto y ver la sala llena y este domingo había una buena razón para que así fuera: Mischa Maisky estaba en la ciudad para ofrecer, junto con sus hijos (el Trío Maisky), un par de conciertos en la Sala Nezahualcóyotl, el segundo de ellos en compañía de la orquesta de la Universidad.

La Orquesta Filarmónica de la UNAM © OFUNAM
La Orquesta Filarmónica de la UNAM
© OFUNAM

Para esta visita, la Orquesta Filarmónica de la UNAM proyectó un programa corto, de experiencias sonoras contrastantes. En el primer tiempo, el Triple concierto de Beethoven, con sus invitados estelares, acompañados por una orquesta reducida (y muy adecuada a la sonoridad del propio concierto, en equilibrio con el trío), y en el segundo tiempo, la Sinfonía Manfredo, con una enorme orquesta explotada por la trágica intensidad característica de Tchaikovsky.

Inició el concierto y pocos compases después apareció Mischa Maisky, con su poderoso sonido (y el característico vibrato, a veces cerca de resultar excesivo). En la exposición del primer tema le siguió el violín, a cargo de Sascha, y finalmente el piano, a cargo de Lily, la hija mayor. No fue ninguna sorpresa constatar la calidad técnica de los hijos del famoso chelista. En cambio, sí fue un deleite el trabajo de ensamble y el nivel de comunicación entre los tres. Por momentos, el chelo y el violín parecían una sola cuerda resonante, y el diálogo con el piano una conversación serena, perfectamente medida pero al mismo tiempo natural. Eso pasa porque no estábamos ante tres solistas, sino ante el trabajo de un verdadero ensamble. Si bien el potente sonido del padre es la guía y el alma que los aglutina, el diálogo entre los instrumentos, el flujo de ideas y hasta la respiración son producto del conocimiento profundo que resulta del trabajo continuado. Por otro lado, hay que decir, el trío parecía estar dentro de una burbuja que los separaba del resto del escenario. La comunicación con la orquesta era, a la vista, casi nula. El director, un poco desaparecido, hacía un trabajo de relojería coordinando a la orquesta y acompañando al trío (en el más literal sentido de la expresión). Lo curioso es que el resultado fue bueno. Más allá de que a ratos las cuerdas se oían un poco apagadas, el flujo de ideas, el ir y venir de temas, peguntas, respuestas y ecos funcionaron. Probablemente no fue la mejor versión de este concierto, pero sí una gratísima experiencia con un grupo solista muy destacado.

Al parecer, la opinión fue compartida por el público, que aplaudió efusivamente la interpretación. Después de varias salidas al escenario, los solitas ofrecieron como propina el Adagio del Trío, Op.11 de Beethoven.

En el segundo tiempo, no sólo la orquesta creció (dos arpas, órgano, clarinete bajo, todos los metales, percusiones muy nutridas), sino que, en un sentido, apareció el director para ahora sí tomar un papel protagónico guiándonos, con una presencia discreta, pero con gestos muy precisos, por la historia de Manfredo. En términos generales habría que destacar los contrastes de tempo, el rango dinámico y el cuidadoso realce de los temas conductores (narrativos), así como algunas intervenciones individuales: el clarinete bajo (tema de Manfredo), el oboe, las arpas, el piccolo... Si hubiera que escoger un momento, destacaría el cuarto movimiento. Es cierto que se ha dicho mucho que es musicalmente inferior a los otros, pero también es cierto que resulta muy estimulante. El paso de Manfredo por la orgía infernal, el presagio de su muerte y su final, coronado por el órgano entonando el Dies irae para terminar con el desvanecimiento de la fuerza orquestal y de la vida de Manfredo, permiten a la orquesta lucir todos sus recursos, cosa que consiguió la OFUNAM (de la precisión rítmica al control de los matices).

En resumen, la experiencia de esta sinfonía, célebre irónicamente por ser poco escuchada en virtud de su dificultad, fue una muy interesante experiencia sonora, no sólo por el contraste con el primer tiempo, sino también porque pudimos oír (y ver) una obra poco conocida que distribuye tan bien sus recursos en las fuerzas orquestales.

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