Una ópera escrita rodeado de “tristeza y la mayor infelicidad”, como el propio autor refirió, es difícil que obtenga el prolongado rédito que su factor espera. Decir que La fanciulla del West fue compuesta a trompicones no falta en absoluto a la verdad, pues esta ópera se engendró en un periodo en el que Puccini se vio inundado de problemas, preocupaciones y lutos que dilataron en exceso su trabajo, como los afrontados tras la muerte de su libretista Giuseppe Giacosa, su editor Giulio Ricordi, o el de Doria Manfredi, la sirvienta que se quitó la vida en Torre del Lago tras las acusaciones de su mujer Elvira, y que sólo gracias a un acuerdo económico con la familia de ésta evitó terminar con la esposa de Puccini entre rejas.

Balint Szabo (Ashby) y John Lundgren (Jack Rance) © Wilfried Hösl
Balint Szabo (Ashby) y John Lundgren (Jack Rance)
© Wilfried Hösl

Puccini era además seguramente consciente de que tras el éxito de Madama Butterfly iba a ser difícil colmar las expectativas del ansioso público neoyorquino que atendía a la gran cita, y como a falta de pan buenas son tortas, orquestó junto al teatro una de las más grandes campañas de promoción para la época de un evento operístico. La razón era evidente, nunca estuvo convencido de la calidad del libreto, y no le faltaba razón, debiendo él mismo arremangarse para intentar salvar los obstáculos a los que el texto y la naturaleza brusca de los personajes sometía en potencia a la música, pese a encontrar su base en un drama de David Belasco, aquel que le había regalado la tragedia de Cio-Cio-San. La fanciulla es en todo caso una ópera de frontera, uno de los primeros ejemplos en el género en el que el compositor intenta desatarse de los clichés del repertorio del ochocientos, y en el que la orquesta intenta escapar más claramente de un caduco rol acompañante, para pasar a asumir un decisivo papel pseudo-protagonista, equivalente al que ya asumía de la mano de compositores como Richard Strauss.

Andreas Dresen abandonará el pasamanos que extiende el libreto, tan escueto como inestable, para dar rienda suelta a aquella visión cinematográfica más propia de su primer oficio y que ya desplegó en la Arabella de 2015. Su Oeste no es convencional, sino que se sustenta en un uniforme ambiente lúgubre a base de negros y grises, con el acorde vestuario de Sabine Greunig, entorno a unas minas de las que cuesta creer que se extrajese el metal dorado, especulando un ambiente pobre, masculino y tremendamente individualista, en el que a los mismos protagonistas les cuesta mirar más allá de sus propios hombros, limitando así ostensiblemente el recorrido dramático.

J. Lundgren (Jack Rance), T. Kuypers (Sonora), Anja Kampe (Minnie), B. Jovanovich (Dick Johnson) © Wilfried Hösl
J. Lundgren (Jack Rance), T. Kuypers (Sonora), Anja Kampe (Minnie), B. Jovanovich (Dick Johnson)
© Wilfried Hösl

La única gota de color de la escena la vierte Minnie a través de su blusa azul (acto 1 y 3) y sus sencillos vestidos (acto 2) en el único paréntesis femenino que Dresen le otorga, si bien el personaje que traza Anka Kampe viste en gran medida su vocalidad con la rudeza del ambiente que le rodea, como si su instrumento formase también parte del atrezo, hecho que pone en evidencia la calidad de la artista en la que seguramente se basa gran parte del éxito de esta apuesta, pues poco más de positivo extraigo de la velada. A su lado el tenor estadounidense Brando Jovanovich (Dick Johnson), cuyos orígenes no le hacen seguramente ajeno el paisaje figurado por Dresen, ejerció con timidez el doble rol inmortalizado por el pop de los ochenta, un “amante bandido” al que la vocalidad excesivamente uniforme –y su limitada profundidad– no le permitió hacer aflorar las diferencias entre sustantivos. Amén de la uniformidad del resto del reparto y el coro, a excelente nivel ambos, merece la pena destacar a John Lundgren (Jack Rance), no por mostrar unas cualidades vocales excelsas, sino por ser el único que supo sobreponerse durante toda la función al excesivo volumen de la orquesta.

La mayor virtud de esta ópera es sin duda su orquestación, con un lenguaje en el que ésta relata contemporáneamente su propia historia. Por ello también la mayor complejidad reside en hacer que dos narraciones paralelas en torno a una misma realidad converjan sin sobresaltos. James Gaffinan explota con acierto las virtudes de la Bayerisches Staatsorchester, todo sea dicho, le otorga incluso ese plano cinematográfico buscado desde la propia escena, pero su entusiasmo le lleva a ofuscar con demasiada asiduidad todo lo que se cuece a espaldas de su instrumento.

Como a buen seguro La fanciulla del West nunca llegó a colmar las expectativas de Puccini en todas sus facetas, tampoco esta versión muniqués pudo con todas las trabas que arrastra el título, hecho que le lleva condenando desde su estreno a una presencia extraordinaria y puntual –por ello de asistencia obligatoria–, ante la cual los teatros desechan poner toda la carne en el asador.

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