Lo que nos ofreció el joven compositor Joan Magrané es un madrigal escenificado con un refinado lenguaje del siglo XXI que, a su vez, presenta aroma a música medieval y renacentista. No es casualidad que la última ópera de cámara que nos presenta escoja la temática de Joanot Martorell y su nuclear novela Tirant lo blanc, esencializada de forma magistral por el dramaturgo Marc Rosich. Magrané es un amante de la música que va de Josquin des Prez a Monteverdi y sus lecturas a menudo van encaminadas a la poesía de un Joan Roís de Corella o el mismo Joanot Martorell. Diàlegs de Tirant e Carmesina es de una radicalidad absoluta a la vez que se nos hace amable y seductora. Prodigios de una escritura delicada de la mano de un artista de gran sensibilidad.

Los tres protagonistas de <i>Diàlegs de Tirant e Carmesina</i> © Festival Castell de Peralada | Toti Ferrer
Los tres protagonistas de Diàlegs de Tirant e Carmesina
© Festival Castell de Peralada | Toti Ferrer

La temática de la tensión amorosa entre Tirant y Carmesina, a la merced a menudo de la positiva figura de Plaerdemavida, que los quiere juntos, y la negativa de la Viuda Reposada, llena de celos porque también ama a Tirant. La primera parte se sitúa en la corte, con la llegada de Tirant, lo que correspondería a la vuelta del caballero después de la queste en términos chrétienianos. Se hace la luz y los jóvenes se enamoran, pero su relación es una tensión sexual resuelta solo al final y de forma demasiado breve. Ambos morirán, pero antes, y después de diálogos sensuales, juegos de un erotismo sutil y un humor refinado prueban el fruto prohibido. Exactamente durante un minuto de una dialéctica erótica a ritmo trepidante.

En esta obra el texto toma especial relevancia. No se trata de un pre-texto para disfrutar de la música, sino que es el eje central de la imaginación creativa de Magrané. Es un trabajo más ligado a la retórica que a la propia ilustración de la palabra y al discurso. Excepto contados momentos en que Plaerdemavida emite melismas, la escritura vocal es extremadamente silábica y articulada, con mucha parte recitativa de una belleza austera que se convierte en exuberante en las partes más líricas. El trabajo con el texto ha sido impecable, se podían entender prácticamente todos los versos, escritos en catalán antiguo, una suerte de interpretación de la lengua que hace de puente entre la modernidad de la escritura musical y el arcaísmo de la escena.

Isabella Gaudí, Josep-Ramon Olivé y Anna Alàs © Festival Castell de Peralada | Toti Ferrer
Isabella Gaudí, Josep-Ramon Olivé y Anna Alàs
© Festival Castell de Peralada | Toti Ferrer

Las líneas melódicas tenían predominancia respecto a la parte instrumental, que servía como un ilustre vasallo a la escena, a excepción de dos momentos brillantes de batalla sonora y de tempestad, donde se pudo ver una intricada escritura, con líneas entrelazadas y más tensión armónica. El resto de la obra se movía en una elegante atmósfera vaporosa y esponjosa, sutil y translúcida, como el vestido-sábana que Carmesina vestía en la consumación, y que dio mucho juego escénico.Todo encaja, Magrané ha llegado a una primera madurez creativa, momento dulce en el que la precisión de las líneas melódicas, el trabajo de esencialización armónica, una consolidada tradición polifónica y el amor al humanismo traspasa la escena y se convierte en pura emoción. Cabe destacar que el cuarteto de cuerda (formado por los integrantes de Lassus, Joel Bardolet, Antonio Viñuales, Adam Newman y Daivid Eggert) hizo una interpretación de altísimo nivel y la inclusión del arpa (Esther Pinyol), para reforzar la seducción, y la flauta (Neus Puig), que nos recordaba a la pureza de lo arcaico, fue una elección magistral por parte de Magrané. Francesc Prat conoce a fondo la voz y es un artista que hace suya la partitura, y dirigió con elegancia y extrema precisión las páginas magranianas.

Josep-Ramon Olivé (Tirant) y  Anna Alàs (Viuda reposada / Plaerdemavida) © Festival Castell de Peralada | Toti Ferrer
Josep-Ramon Olivé (Tirant) y Anna Alàs (Viuda reposada / Plaerdemavida)
© Festival Castell de Peralada | Toti Ferrer

Las música está escrita ad hoc para los intérpretes: un ceremonial Josep-Ramon Olivé (Tirant), de cuerpo vocal sólido y sin asperezas, con un timbre bello y con el justo equilibrio entre la articulación y la delicia de la suavidad en el cantabile. Carmesina estaba encarnada por Isabella Gaudí, una soprano con gran facilidad en el agudo, elegante, de voz diáfana, dulce y seductora. Pero quien se comió el escenario fue la mezzo Anna Alàs, que interpretaba un doble rol con una capacidad dramática y actoral fuera de lo común, cantando con la mirada. Cuando era la Viuda Reposada su voz se oscurecía y con Plaerdemavida el color era más luminoso y claro. Realmente, un doble papel muy difícil de interpretar y, además –en el caso de los tres–, remarcar la gran resiliencia durante los ochenta minutos de ininterrumpida acción. Cabe destacar el dueto de bravura de Olivé y Gaudí, en el que lucieron lo mejor de sí, y las voces entrelazadas de forma homogénea y empastada en los tríos. La última parte es una gran polifonía donde todo fluye, la celebración musicalmente plasmada del amor.

En esta obra tan teatral se quería huir del hieratismo y la pausa, porque la acción representaba el paso inexorable del tiempo hasta la muerte de Tirant, ilustrado por el espacio escénico de Jaume Plensa, que hace un homenaje a Cage, ya que cada 4’33’’ iban apareciendo luces de neón en rojo, hasta que se dibuja la palabra UTOPÍA. Utopía, como todo amor ideal y como motor hacia el futuro. Si no soñamos en las Ideas nunca se realizará su imagen sensible.

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