La Orquesta de Extremadura junto con la elegante batuta de Guillermo García Calvo nos adentra, en el Palacio de Congresos de Plasencia, en un viaje emocional cargado de luces y sombras a través del cristalino control orquestal. Aunque con ciertos desangelados momentos solistas, la destellante dirección inunda al espectador en la creciente riqueza sonora desde el clasicismo al esplendor poético romántico.

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Guillermo García Calvo al frente de la Orquesta de Extremadura
© Orquesta de Extremadura

La Obertura de la ópera Falstaff de Salieri fue un delicado entrante para situar al público en el trato orquestal. Los marcados cambios rítmicos hacen respirar con firmeza las diferentes secciones y la claridad de las entradas melódicas, a cargo de maderas y flautas, conducen a inundarnos plenamente en la radiante energía que emana. Esa energía se exploró curiosamente con el grácil fraseo puntillista del fagot, el cual enreda al espectador a retozar en un momento único y abre un camino juguetón. Diluida la positividad en la obra de Salieri, García Calvo se dirigió al público y elaboró un espacio para el castigado pueblo ucraniano al interpretar, fuera del programa, el Prelude núm. 5, op. 53 de Nikolai Kapustin. Esta fina pieza nos lleva al doloroso sufrimiento que sentenciaba las penetrantes notas graves de la mano izquierda. Sin embargo, las hermosas melodías y libres adornos aciertan un posible rayo esperanzador, que ojalá no se quedara solo en el respetable silencio tras finalizar la interpretación.

Con la crudeza sembrada, conjunto y director retoman el lucimiento y el colorido orquestal con el Concierto para piano y orquesta núm. 13 en do mayor, K415 de Mozart. En el primer movimiento, las controladas intervenciones solistas y los marcados cambios rítmicos recrean un constante juego que invita al movimiento. Sin embargo, los estáticos pasajes solistas del piano restan cierta picardía a la perfecta comunión entre orquesta y piano. El papel protagonista del piano en el segundo movimiento se retoma con notoriedad al crear una conexión entre el manejo del tempo y los suaves acentos en las melodías. Así, esa unión continua entre secciones, y la desnuda parte solista del piano final, envuelven y colorean un aura oscura que nos dejarán desamparados y deseosos de tomar energía. La vuelta a la vitalidad en el tercer movimiento es creciente al resaltar con más ahínco las cambiantes dinámicas entre los hilarantes caminos melódicos. Por ello, era inevitable imbuirse y percatarse de los pequeños impulsos bailables entre el público.

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Guillermo García Calvo dirige desde el piano durante el concierto de Mozart
© Orquesta de Extremadura

Como los cálidos y elegantes movimientos del director, nos iniciamos a un mayor control de la unión de secciones en la Sinfonía núm. 2 en do mayor, de Schumann. Se dibuja una masa sonora uniforme, pero con diversos caminos emocionales envolventes, por los contrastes dinámicos y la lucha contrapuntística entre cuerdas y maderas. Las líneas asentadas son explotadas desde distintos prismas con los momentos solistas y el apoyo constante de los vientos del segundo movimiento. Frente al temperamento que somete al público, se sucumbe en el tercer movimiento a un estado de sombría inquietud que no deja indiferente con el elegante fraseo del oboe. Y con el último movimiento retoman los cambios expresivos de textura con mayor impacto y recurriendo a la percusión y vientos para devolver grácilmente a la calma.

En suma, las “Luces y sombras” de estas obras han sido más que técnicamente correctas al llevar del recorrido emocional al desarrollo orquestal. Yendo desde la luminosidad tímbrica de la obra de Salieri y Mozart, a las profundas sombras resultantes de la fusión de secciones casi difusas de Schumann.

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