El sonido del violín se hizo cuerpo modulado por la iridiscencia de un vibrar que parece perpetuarse incluso en la quietud. Ser testigos de cómo la emoción virtuosa flota entre las marismas de la consciencia, de cómo se enriquece cada compás en arabescos de sinuosa forma y de cómo se desnuda en transparencias sensitivas la exuberancia armónica, es fruto de una esencia, llamada duende en el arte flamenco. Apreciable para el espectador, pocas veces reproducible y de instrucción improblable. Es este tipo de don, el que reviste el trabajo de Anne-Sophie Mutter sobre el escenario: elegancia personificada, en su estética musical y en su presencia. La entrega frotada de su violín es ya una rúbrica imposible de obviar, y aún así, sigue sorprendiendo su capacidad de afrontar lo que existe tras la ejecución técnica, llamémosle virtuosismo. Una palabra que resulta escasa para describir su maestría. A su vera no podía faltar Lambert Orkis, con quien ha compartido diálogos musicales desde 1988, reavivando repertorios que van desde Brahms, a Penderecki o de Massenet a Fauré, entre otros. La concordancia entre ambos es una muestra de su madurez, capaz de proveer a las inflexiones moduladas de cada obra el tesoro más valioso. 

Anne-Sophie Mutter
© Quincena Musical | Iñigo Ibáñez

Para comenzar la velada, la melancolía de un Mozart herido, quizás por la pérdida materna, se instala en la atmósfera. En una tercera menor sobre la tónica, la Sonata para violín y piano en mi menor, KV304, comienza con plácida sutileza para ir incorporando progresivos los aires sombríos que caracterizan la obra. La melodía fluye con naturalidad entre ambos intérpretes, compartiendo la contención de quien quiere paladear cada nota en la eclosión delicada, que succiona sin prisa el rumor cálido de un horizonte invertido, que hace mirar con otros, quizás purificados por su propia anagnórisis. 

Un único bemol preside a continuación la armadura de un Beethoven clasicista, que todavía tenía a Mozart como herencia. La Sonata para violín y piano núm. 5 en fa mayor, Op. 24, bautizada a posteriori como Primavera, incrementa el ímpetu emocional de la textura dual transmitida hasta ahora por Mutter y Orkis. La voluntad del tempo se cede sin desvirtuarse entre los huecos de las notas, sin temer la ruptura y en contra del automatismo. La intensidad de los acelerandos del violín se prolonga entre las ligaduras eternas y, sin que se fragmente su continuidad, se incorporan pasiones heterogéneas al sonido individual de la articulación de la mano izquierda. Los pellizcos, de dobles cuerdas atacadas en su brevedad desde arco arriba, generar un aire de suspense cortante. Las dinámicas de forte piano se cuadriplican, hasta su grado superlativo, en la magnificencia del trueno abrumador o en la inaudible sonoridad del susurro. En ocasiones de forma gradual, pero también con el contraste que produce la sorpresa del cambio. No hay parajes desconocidos por los que deambular. La respuesta cómplice de la grácil, pero a la vez impetuosa expresión de Orkis, permite a Mutter hacer mover incluso a la crisálida.

Anne-Sophie Mutter y Lambert Orkis
© Quincena Musical | Iñigo Ibáñez

Fa, do y sol son la tríada de sostenidos que darán nombre a la última pieza del programa, exclusiva en su género dentro del repertorio de César Franck. La conmoción reflexiva con la que se abarca la Sonata para violín y piano en la mayor completan la belleza sublime que ha henchido los corazones de los presentes. Es en esta exaltación anímica donde el vibrato inconfundible de Mutter se exhibe como adjetivo, para exponer la transferencia introspectiva de un narrar que altera el encierro de la lágrima en la cavidad ocular. También vehemente la entrada de Orkis en los compases arpegiados del Allegro, definiendo el contraste necesario para que en su extensión, se disfrute tanto del vigor enérgico, como de la calma intermedia que permite yacer en un reposo efímero. Los idilios majestuosos de su timbre hacen metáfora del lenguaje musical. Incisiva en la manera de decir, su música es el adorno soberbio que transita con la humildad que el éxito no siempre acompaña.

El espectador fue unánime en su valoración, palmoteando entusiasta los logros de Anne-Sophie Mutter y Lambert Orkis; y, aunque el tiempo no puede paralizarse, los deseos de continuar disfrutando de su deleite fueron complacidos por dos propinas que no hicieron más que reafirmar lo ya consolidado. ¿Por qué no hacer que conviva con belleza equiparable el Nice to be around de John Williams, procedente de la banda sonora del drama fílmico Cinderella Liberty con la Danza húngara núm. 1 en sol menor de Brahms?

El alojamiento en San Sebastián de Cintia Borges ha sido facilitado por la Quincena Musical de San Sebastián.

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