Hay quien rodea la última sinfonía de Mahler de misterio, el hecho de que quedara inacabada, juntamente con representar el clímax de su obra tardía y de que entre sus notas se perciba el dolor y la despedida parecen dar buenas razones para ello. La NDR Elbphilharmonie Orchester bajo la dirección Krzysztof Urbański presentaron en el Palacio de Festivales ese boceto en el que Mahler nos regala un torbellino de emociones que en esta ocasión salieron de las manos de la orquesta alemana en el maravilloso Adagio.

Christian Gerhaher durante su actuación junto a la Elbphilharmonie Orchester y Krzysztof Urbański © Pedro Puente Hoyos | Festival Internacional de Santander
Christian Gerhaher durante su actuación junto a la Elbphilharmonie Orchester y Krzysztof Urbański
© Pedro Puente Hoyos | Festival Internacional de Santander

Un largo primer tema, asignado a las violas, de carácter misterioso y melancólico, con una armonía que roza el dodecafonismo futuro de Schönberg, nos presenta el Mahler triste y preocupado de esos años. La repentina muerte de su hija, sus problemas de trabajo y una endocarditis infecciosa, tienen su representación musical entre las notas de este primer momento. Tras este tema, irrumpe, gracias a la incorporación del resto de las cuerdas, otro de verdadera fuerza sonora. Su lirismo y expresividad nos traslada a un mundo sereno y feliz, casi bucólico. Llegado a este punto, Mahler ha presentado ese dualismo primigenio: felicidad y tristeza, o mejor, vida y muerte. Estos dos elementos resonarán una vez tras otra, variados de múltiples maneras, destacando ese momento de las trompas, trombones y cuerdas, en un registro que llega casi al cielo: un grito desgarrador de dolor y angustia, inteligentemente apaciguado. La ejecución de la orquesta logró dotar a todo el movimiento, y en especial a este pasaje, de la fuerza y el impulso que necesitaba. De la misma manera, el imponente gesto del director, después de un delicado pianissimo, introducía de nuevo la ansiedad y la presencia de la muerte. El pasaje se intensifica compás a compás llegando a un acorde de nueve notas simultáneas que desgarra el oído y el corazón. Tras él, vuelve de nuevo la tranquilidad y la paz. La vida sigue.

Una selección de Des Knaben Wunderhorn a cargo del barítono Christian Gerhaher nos mantuvo en el universo mahleriano. La temática de las canciones se desenvuelve entre la guerra, el amor y, de nuevo, la muerte, que el barítono envolvió en una atmósfera de intimidad y emoción, gracias a su dicción precisa y una interpretación altamente expresiva. Todo ello apoyado por los comentarios, sutiles y reverberantes, de la orquesta, que fundió en un abrazo al público con el escenario. El último lied, "Luz primordial", llama a esa lucha expresada en la Décima, recordándonos que, al final, lo que triunfa es la vida: Ich bin von Gutt und will wieder zu Gott! (¡Provengo de Dios y regresaré a Dios!)

En la segunda parte se ofreció la Segunda sinfonía de Brahms, compuesta en el verano de 1877 en el resort de Pörtschach, donde también Mahler o el emperador Francisco José I solían pasar el verano. El primer movimiento, Allegro no troppo, se construye sobre tres motivos que serán modificados hasta la saciedad por la potencia creadora de Brahms. En general predomina el carácter elegíaco y pastoral, con claras alusiones a su nana, aunque no faltan los toques melancólicos de los trombones, que proporcionan esa pizca de seriedad típica del compositor alemán. El Adagio non troppo siguiente continúa con el carácter campestre del primero, mostrándonos un cuadro que podría ocurrir al caer la noche, en ese mismo lugar donde se encontraba Brahms. El aire alegre y ligero del tercer y el cuarto movimiento se manifestó claramente en los propios gestos del director y los músicos. El primero, con los que parecían verdaderos pasos de baile y juegos de manos. Los segundos, con sus sonrisas y miradas de complicidad en un ambiente de felicidad por lo que estaba aconteciendo.

Fue una velada con Mahler y Brahms magnífica, y una gran actuación de la orquesta, cantante y director. Durante la despedida, un fuerte grito atrajo la mirada del público hacia la zona alta de la sala. ¡El misterio sigue vivo!

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