La última vez que Pinchas Zukerman visitó Chile, en 2010, sorprendió en un recordado concierto de cámara junto a su esposa, la estupenda chelista Amanda Forsyth. Como tándem magníficamente complementado, era fácilmente suponerlos como dupla perfecta para el poco escuchado (al menos aquí) Doble concierto Op.102 de Brahms. Y precisamente fue esa la obra central de su participación en la temporada internacional de conciertos de Fundación Corpartes, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile.

El violinista Pinchas Zukerman, la chelista Amanda Forsyth junto a la OSNCH © Potero Films
El violinista Pinchas Zukerman, la chelista Amanda Forsyth junto a la OSNCH
© Potero Films

La innegable calidad de la pareja brilló en cada pasaje de esta partitura, que sonó vigorosa en sus hábiles manos. La orquesta, por su parte, dio cuenta del alto nivel técnico consolidado en el último tiempo, y que ha mostrado cuantiosos frutos en su presente temporada. En el podio, el sueco Ola Rudner, tal como en los dos programas previos de la orquesta, hizo de las suyas para extraer un sonido depurado, a la categoría de una temporada como la que se desarrolla en el teatro de Corpartes. En su totalidad, una interpretación gloriosa que persuadió al público sobre el valor de la obra en sí, y que se dejó ver como otra joya entre el catálogo sinfónico del compositor. Tras Brahms, la dupla presentó un delicioso dúo de Reinhold Glière a modo de propina, como un agregado más en una oferta musical que en esta velada fue muy contundente.

La primera parte se había iniciado con el Concierto para violín, BWV 1042 de Bach, con Zukerman dirigiendo a unas atentas cuerdas de la OSNCH, en una interpretación que hizo recordar a los violinistas de antaño, vía énfasis en los fraseos, vibratos, y un flexible manejo de volúmenes que en este caso resultó simplemente delicioso. Forsyth también tuvo su momento de brillo solitario al inicio de la segunda parte, encarando con sensibilidad el Sospiri Op.70 de Edward Elgar, junto a la atenta dirección de Zukerman. Fue un momento de ensueño, de intimidad entre artistas y público que preparó el gran final.

Ola Rudner en un momento del concierto en el Teatro Corpartes © Potero Films
Ola Rudner en un momento del concierto en el Teatro Corpartes
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Este llegó con la celebrada Cuarta sinfonía, “Italiana”, de Mendelssohn, ya sin las estrellas de la noche, pero junto a un Rudner que debiera ser reconocido a la par por su impresionante maestría. Y dada la respuesta final del público, así fue. La pureza interpretativa alcanzada en Brahms encontró en Mendelssohn más heterogeneidad, un mayor espacio para trazar diferentes paisajes sonoros, que en este caso sabemos son impresiones de la península itálica. La dicha musical expuesta en el primer movimiento dio paso a la solemnidad del segundo, y sin fisuras transitamos por el inefable Scherzo y el jolgorio “italiano” del final, con sus irresistibles ritmos de tarantela. Todo de la mano de la principal orquesta del país, en excelente pie, junto a un maestro con quien los músicos se entienden muy bien.

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