Con el título De umbrarum (Desde las sombras), se presentó un programa de gran interés en la sala de cámara del Auditorio de Tenerife, con dos importantísimos Stabat Mater del Barroco italiano, muy cercanos en el tiempo, lo que nos permitió apreciar sus similitudes y también sus diferencias. Ofrecerlos juntos en un mismo concierto supuso un tour de force para los intérpretes, ya que es fácil que se produzcan altibajos y que se disipe el interés en la escucha. Afortunadamente, el nivel general fue alto y no se perdió nunca la concentración.  

La primera obra que pudimos disfrutar en esta velada fue el Stabat Mater de Alessandro Scarlatti, compuesto en 1724. El Afecto Ilustrado (conjunto con criterios historicistas) fue dirigido con energía, entusiasmo y atención a la retórica por el tinerfeño Adrián Linares, quien actuó también como primer violinista. Con una formación de un instrumentista por parte (dos violines más bajo continuo), los tempi fueron fluidos y el grupo cuidó especialmente la articulación y los aspectos rítmicos. Varios de los números sonaron luminosos, incluso alegres y danzables, lo que puede ser discutible desde el punto de vista del texto litúrgico, pero permitió variedad y un disfrute musical innegable. El bajo continuo (formado por órgano, violonchelo, violone y tiorba) fue muy efectivo; siempre presente y atento a los diferentes momentos emocionales, creando una base sólida para la expresión y el diálogo, tanto entre los instrumentistas como con los cantantes. Todos los ritornelli fueron bien tocados y la ornamentación mostró buen gusto. Linares añadió algunos momentos no escritos, como la introducción al “Fac ut portem Christi mortem”.

El Afecto Ilustrado en el Auditorio de Tenerife
© Miguel Barreto | Auditorio de Tenerife

La joven soprano vasca Jone Martínez fascinó por su musicalidad y entrega, con una voz centrada y con cuerpo, adecuada para esta obra. Solo en alguna de las arias podría preferirse una voz algo más ligera, como en “Cujus animam gementem” (especialmente al tempo rápido tomado por Linares); pero la actuación de Martínez fue redonda e intachable, realzada además por su gran dominio técnico, que incluyó brillantes pasajes virtuosísticos y trinos fabulosos. Hugo Bolívar, joven contratenor aragonés que sustituyó a última hora –todo un mérito– al programado Carlos Mena, tuvo una actuación globalmente destacada, aunque estuvo irregular en algunos de sus solos. Ofreció momentos excelentes y memorables, como en “Juxta crucem” (con curioso acompañamiento instrumental, que imitaba a las mandolinas), “Fac ut portem Christi mortem” o “Fac me cruce custodiri”, que lo mostraron en su plenitud, como un cantante de muchas posibilidades y un nivel muy alto. Por otro lado, no parecía cómodo en arias como “Quis non posset contritari”, quedándose algo corto en la expresión y teniendo algunas dificultades en la zona aguda. Los dúos de Martínez y Bolívar funcionaron estupendamente, lo que elevó el resultado final.

La soprano Jone Martínez
© Miguel Barreto | Auditorio de Tenerife

Todas las características mencionadas anteriormente se volvieron a manifestar en la interpretación del famosísimo Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi, obra de 1736 que es considerada como una de las cimas del Barroco. Con la misma plantilla instrumental más una viola, los aspectos retóricos volvieron a ser resaltados por Linares y el conjunto, que consiguieron variedad y emoción, mostrando también gran claridad polifónica. Jone Martínez volvió a triunfar en todos sus solos, tanto en lo musical como en lo técnico, y algunas de sus virtudes vocales incluyeron los fantásticos agudos en “Cujus animam gementem” o los asombrosos pianísimos de “Vidit suum dulcem natum”. Martínez es una joven y gran cantante a la que hay que tener muy en cuenta.  Hugo Bolívar también convenció, con grandes aciertos como “Fac ut portem Christi mortem” (donde resaltó de manera ejemplar las disonancias) o en “Eia mater”, mezcla entre danza y misterio, (características también realzadas fantásticamente por el conjunto instrumental). Los cantantes volvieron a satisfacer plenamente en todos sus dúos; desde el inicial y dramático “Stabat mater”, pasando por el brillante "Fac ut ardeat cor meum" o el bellísimo “Quando corpus morietur”. En este último, consiguieron llevarnos desde el desgarro y la desesperación inicial hasta el Amén final, lleno de energía. Como regalo, ofrecieron una vez más el incandescente “Fac ut ardeat cor meum”.

El concierto fue una iniciativa feliz y exitosa que nos permitió escuchar unas obras maravillosas por dos jóvenes cantantes a seguir, un director con energía e ideas interesantes, y un conjunto instrumental que mostró una calidad indudable.

 

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