Desde que Francisco Coll fuera saludado en estas mismas páginas como “alguien a quien seguir” tras su debut londinense con Hidd'n Blue, hemos asistido al despegue y consolidación de una carrera cuyo desarrollo, una década después, aglomera un catálogo de más de cuarenta composiciones, un prolijo listado de encargos que no dejan de llegarle y una producción plástica igualmente copiosa, pues Coll se autodefine como “un compositor que pinta”. Durante este periodo, además, este artista ha fortalecido una relación con el director Gustavo Gimeno que les ha llevado, entre otras cosas, a ser galardonados recientemente en los ICMA22. Por otra parte, y no menos importante, es de destacar la vinculación del autor con solistas como Patricia Kopatchinskaja, Sol Gabetta o Jacob Kellermann, a quien escuchamos en esta ocasión.

Una de las citadas encomiendas es la que el Palau de la Música de València le hizo hace ya unas cuantas temporadas, al nombrarlo primer compositor residente de su orquesta. Su cometido era tutelar a varios alumnos de composición, trabajar con los profesores y profesoras del conjunto algunas de sus partituras y acercarlas a un público tradicionalmente reacio a propuestas innovadoras. Así, los frutos de esta labor se pudieron saborear en este concierto. A la Orquestra de València se le notó interés y pericia en el manejo de ataques, volúmenes, masas sonoras y fusión de timbres. Por otra parte, entre el público no se produjo el frecuente goteo de abandonos de la sala durante la interpretación de este tipo de obras (aunque también es verdad que salir del incómodo Auditori de Les Arts requiere decisión y tiempo). Como conclusión, la música de Coll tuvo una calurosa acogida.

El compositor Francisco Coll al frente de la Orquestra de València
© Live Music Valencia

Turia, concierto para guitarra y orquesta de cámara, y Lilith, estreno absoluto, fueron precedidas por una delicada versión del Preludio a la siesta de un fauno. Una pieza muy bien escogida, que predispuso al oyente hacia las sonoridades caleidoscópicas y alucinógenas que rezuman de la escritura de Coll. Además, el sueño, los sueños, es uno de los elementos reiterados por el surrealismo. Y de este hay mucho en la obra de Coll. En Turia, por ejemplo, el compositor recurre al cante jondo y a algunos de los palos del flamenco para retratar el viejo cauce de un río que el Plan Sur dejó seco en pleno desarrollismo. Hoy es un espacio verde, acogedor y bullicioso, en el que se asientan los dos auditorios desde donde me dirijo a ustedes. Pero, por el contrario, esta página tiende más a la introspección y a la quietud que a la algarabía y al movimiento, según se pudo colegir de la pulida lectura de Christian Karlsen. La sonoridad de la orquesta fluctuó entre lo sutil del primer movimiento, la corpulencia racial del segundo y la fuerza rítmica del final. En la parte solista, Kellerman desplegó toda la hondura necesaria en el cante inicial y lirismo en la tercera parte. En la cuarta dejó entrever, bien guiado por el director, el gesto sonoro que permitía intuir cierta idea de movimiento, pues, como afirman los flamencos, este es cante, toque y baile.

Lilith es una pieza de unos diez minutos de duración, inspirada en el mito de la primera mujer de Adán. Un personaje lleno de contrastes: “ni heroína, ni princesa; ni voluble, ni perversa”, cantaba Pedro Guerra. Una dualidad que se reconoce en la personalidad artística del compositor, quien, como me comentaba en una entrevista, en un mismo espacio “dice y se desdice, se reafirma y se niega”. De este modo, en Lilith usa un piano afinado un cuarto de tono ascendente, es decir, desafinado, a modo de objeto encontrado con el que sugerir una sonoridad entre onírica e inquietante. Es el elemento concreto que contrasta con la abstracción formada a partir de texturas densas y oscuras, engrosadas o mermadas por momentos como pegotes de óleo sobre un lienzo. El mismo Coll dirigió a un conjunto que se mostró poderoso.

En el notable resultado general influyó la habilidad y calidad técnica de Karlsen, aptitudes que puso de manifiesto de nuevo en la Sinfonietta para orquesta, de Leoš Janáček. La última obra del concierto me pareció, como el Preludio de Debussy, bien elegida. En ella el compositor establece unas correspondencias tímbricas, sobre todo en el segundo movimiento, que la Orquestra de València supo enriquecer: trompas y violonchelos, clarinetes y violas, fagotes y contrabajos, etc. La fanfarria inicial aparece y desaparece entre movimientos sin perder su carácter ceremonial, al tiempo que redimensiona las partes folclorizantes, dotadas por Karlsen de mordiente y gracia. Pero lo más singular, es que esta Sinfonietta es la sintonía principal que acompaña a los personajes de 1Q84, una novela en la que Haruki Murakami presenta un mundo complejo y contradictorio. Una realidad en la que, como en la música de Francisco Coll, todo parece deforme. A la vez, es y no es.

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