Joan Fuster fue un ensayista que no necesitó, como decía él, hacer las maletas y marchar a Madrid o Barcelona en busca de fama. Permaneció en la ciudad donde nació, Sueca, y se conformó con lo que la cercana Valencia le proporcionaba, más algún viaje que otro por Europa. Entre sus pasiones declaraba dos: la cultura y la música. Su albacea intelectual fue la universidad. En concreto la de la capital del Turia, cuyo homenaje por el centenario de su nacimiento alcanzó la categoría de hito, dadas las sinergias ideológicas, sociológicas, culturales y estéticas que concitó. No podemos ahondar en todas aquí, pero es necesario destacar que Fuster es el padre del valencianismo político moderno, histórica y culturalmente vinculado con los territorios catalanoparlantes del arco mediterráneo. Un marco que convirtió el concierto en un espacio de reflexión sobre este hecho diferencial.

Jaume Santonja
© Eduardo Alapont | Universitat de València

Abrió la primera parte el estreno de Rapsòdia bocairentina, una página de talante narrativo, inspirada en las danzas tradicionales de esta población. Así, el sentido de pertenencia que denota devine del encadenamiento de una tímbrica característica (principalmente proporcionada por oboe y tambor a modo de tabalet i dolçaina) y de una serie de melodías y bailes tradicionales reconocibles para el oyente, muy bien construida por otra parte. Su autor es Jaume Santonja, quien también la dirigió obteniendo en la Orquestra de València una sonoridad redonda y colorida.

En Marinada, el segundo título del concierto, aparecen estos mismos estilemas de forma más sutil. No en valde, Vicente Garcés Queralt compuso este ballet sinfónico para orquesta y soprano a finales de la década de 1940, influenciado por el neoclasicismo falliano y el postimpresionismo francés, muy presente este en la interpretación de “Nocturn” y “Retorn”. En general, el ballet estuvo falto de fantasía y detalle en los acompañamientos. Por el contrario, en “Dansa de les ofrenes” violines y maderas enunciaron una melodía a unísono de forma que resultó tersa y empastada. Muy bonita. Paloma Chiner incentivó el fraseo y la expresividad en su parte ante la incómoda acústica del claustro del Centre Cultural La Nau, que impidió que los textos de Fuster se entendieran con claridad. Estuvo obresaliente en “Cançó d’enyorament”.

La Orquesta de Valencia y el Cor de la Generalitat con Jaume Santonja en la dirección
© Eduardo Alapont | Universitat de València

Y es precisamente añoranza, trufada con algún pasaje épico, lo que destilaron ambas composiciones. En las dos asomó cierta melancolía. Un ápice de nostalgia que sobrevoló el concierto entero, pues Voro García concluye Terra en la boca (título de un poemario de Fuster) con una selección de versos pertenecientes a Criatura dolcíssima, en el que el escritor rememora un enamoramiento: “érem hostes del bes i la insistència” [éramos huéspedes del beso y la insistencia]. Un poema al que han acudido cantautores como Lluís Llach, que García envuelve con ternura en su musicalización. Como decía, es la última sección de un monumental oratorio (casi media hora de duración) en el que su autor, también suecano, medita sobre la vigencia de los postulados fusterianos: “I després de Joan Fuster, què?”, susurra el coro dejando el final abierto.

La soprano Paloma Chiner
© Eduardo Alapont | Universitat de València

El Cor de la Generalitat ocupó el primer piso del claustro, por secciones, en parte de los laterales y frente del escenario, lo que contribuyó a espaciar el sonido y darle carácter envolvente. La escritura vocal alternó canto, en parte tonal, con efectos fonéticos. Incluso se lanzaron algunos aforismos a través de un megáfono, tal vez, certificando la definición de “escritura panfletaria” que el historiador Pierre Vilar otorgó, desde la amistad, a parte de la producción del intelectual valenciano. Todo ello, jaspeado por multitud de efectos producidos por una orquesta maleable, dedicada también a la creación de texturas y masas sonoras dispuestas para confrontar o complementar, según el caso, unas tensiones bien manejadas por el director. A Fuster este planteamiento no le hubiera desagradado, puesto que siempre estuvo dispuesto a ampliar “las viejas y venerables definiciones” de la música para que cupiera en ella “cualquier ruido premeditado” e incluso “el grito de la protesta”. No obstante, tenía sus preferencias: el barroco italiano, Mozart, el jazz o la nova cançó. De ahí que Voro García desgranara una serie de citas que aparecieron bien definidas. Entre las que pudimos captar sonaron parte de las arias “Lascia ch'io pianga” y “Là ci darem la mano”, un atisbo de “El verano”, de Vivaldi, Begin the begine en un solo de trombón o un desdibujado pasodoble. Todo, entre vaporosas apariciones, eliminadas cada vez con un manotazo sonoro por la orquesta, como cuando pretendes limpiar el vaho en un espejo.

Como decía al principio, más que un concierto, la velada fue un acontecimiento. Si hubo en la sala algún analista avispado no debería tardar en aparecer una reflexión profunda y sosegada sobre él en forma, por ejemplo, de ensayo musicológico.

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