El amor ha sido el hilo conductor del programa que, en esta ocasión, ha ofrecido la Orquesta Sinfónica de Galicia en el Auditorio Mar de Vigo. Amor no correspondido, amor sensual y amor imposible, evocado por la personal dirección de Andrey Boreyko, quien arrancó “con la punta de sus dedos” −como Salinas escribió en La voz a ti debida− “auroras, triunfos, colores”, la magia íntima que cada compositor cuenta en su obra.

El deleite comenzó con una pieza de Gustav Mahler. No se trata de una canción, tampoco es una sinfonía, sino un fragmento creado en su origen para constituir un poema sinfónico de dos secciones y cinco movimientos. El manuscrito de Blumine estuvo perdido hasta 1966, pero por problemas estructurales y armónicos, es habitual que se opte por no incluirla dentro de lo que se consideró tanto tiempo como Sinfonía núm. 1 en re mayor. Los trémolos del grupo de cuerdas sugieren una naturaleza bucólica, quizás un jardín floral, al ser “blumine” la palabra que se utilizaba en alemán antiguo para referirse a la “diosa de las flores”. El tema cantábile de la trompeta es la voz emotiva que domina con soltura el aire melancólico que adoptan de forma progresiva el resto de instrumentos.

El director Andrey Boreyko © Archiv Kunstler
El director Andrey Boreyko
© Archiv Kunstler

El sentimiento idílico que clarinete, oboe, trompa, arpa y cuerdas desarrollan en forma de duetos, contrapuntos y cánones revela el hechizo de la batuta de Boreyko. Los temas más sombríos, de ligereza genuina, hablan quizás del desconsuelo de Mahler por “el sueño platónico” que la soprano Johanna Richter le inspiraba. El mismo que experimentaba el héroe de la novela Titán, sobrenombre de esa primera sinfonía, figura romántica, arquetipo de la vulnerabilidad humana. Sea como fuere su discurso, la orquesta destacó por permitir equilibrar la identidad individual respecto al conjunto.

La heterogeneidad de matices llega a su clímax con la interpretación del Concierto para violín y orquesta núm. 1 de Szymanowski gracias a la versatilidad técnica de Leticia Moreno. Szymanowski rompe los cánones que organizan la estructura tradicional del concierto −al omitir su división en movimientos−, sin perder la diversidad conceptual del fluir dramático. Las transiciones se prolongan para evitar una posible fragmentación, donde se pueda romper la intensidad emotiva que la solista maneja de forma sublime.

La violinista Leticia Moreno © Omar Ayyashi
La violinista Leticia Moreno
© Omar Ayyashi

Su cuerpo está al servicio de la interpretación, porque el todo íntegro que logra con su Nicola Gagliano es parte expresiva de su música: respira con las enérgicas dobles cuerdas, vibra con la gran intensidad de los agudos brillantes, danza −como pincel sobre una paleta infinita de colores− la deslumbrante pluralidad de los matices y llega a hablar con los elocuentes glissandi. Colorista, tímbrica, apasionada. Faltan adjetivos para definir la personal interpretación del concierto. Los poros de su piel “escuchan” a la orquesta, en unas pausas que no dejan de “cantar” el discurso del compositor. El violín de Moreno se prolonga a la agrupación sinfónica en un diálogo que evapora las diferencias entre solista y orquesta. No es posible hacer enmudecer su sonoridad, puesto que hasta los silencios retienen el eco de su voz.

En proporción a la magnífica intervención de la OSG en este auditorio, y sin contar con la ansiada propina de la solista −quizás porque los músicos sobre el escenario parecían superar en número el aforo ocupado de las butacas−, era el momento de concluir con la fantasía de La sirenita. En forma de poema sinfónico romántico, el cuento de Hans Christian Andersen fue ilustrado musicalmente por Alexander Zemlinsky en 1905. El primer movimiento −“muy moderadamente agitado”− narra la vida en el océano de la Sirena. La fresca melodía del concertino, por momentos juguetona, dulce e inocente, es la esperanza de una criatura marina que aspira a conocer el otro mundo que vive más allá del mar. Los violines, la flauta travesera, el oboe y el arpa son símbolos del candor lírico, de los sueños despreocupados de la Sirena frente a las trompetas, trompas, timbales y contrabajos que enseñarán la ferocidad del mar al comienzo de la tormenta. El tema se vuelve más nostálgico tras la estrepitosa tempestad que hará naufragar el barco de su “héroe” mortal. El segundo movimiento −“muy agitado y rumoroso”− es una mezcla de contrastes. El viento envolvente y las cuerdas vertiginosas representan el encierro que siente la Sirena, su lucha interna por si tomar o no la opción que le ofrece la Hechicera de los Abismos. En el tercer movimiento −“muy alargado, con expresión dolorosa”− un llanto orquestal ahoga cualquier promesa de amor. El cuerpo de la Sirena se desvanecerá evaporada su alma al servicio de los hombres. La orquesta vaga de los pianissimi más sutiles a los fortissimi más extremos, hasta que finalmente callan, a un tiempo, perfectos, conservando la sala el rumor orquestal.

*****