El director ruso Michail Jurowski, con una edificante trayectoria profesional, ha abordado, batuta en mano, la tarea de hacer parpadear al silencio y dotar de carácter a un programa de raíces románticas. Las obras que lo integran parten de una idea “clásica” del equilibrio formal, donde el compositor ejerce atención al uso del contrapunto, a través de motivos armónicos de intensidad multicolor. El lenguaje musical aspira a la persuasión psicológica, pero sin hacer evocar a la imagen, sino permitiendo que la emotividad atrape por el rigor orquestal. Su obra además se hace filosófica por la complejidad rítmica y la meticulosidad compositiva, no en vano Haydn, Mozart, Bach, Beethoven o Schumann fueron referentes en la carrera del compositor. Nos referimos al armazón musical de Johannes Brahms, ya consagrado en los círculos melómanos cuando compone las dos piezas que la Real Filharmonía de Galicia ofreció en el auditorio Afundación de Vigo.

La violinista Ellinor D'Melon © Real Filharmonía de Galicia
La violinista Ellinor D'Melon
© Real Filharmonía de Galicia

El Concierto para violín en re mayor, op. 77, empieza con un tutti de pasión contemplativa entre el fagot, las violas y los chelos, antes de exhibir el tema enérgico con el que la solista se presenta.

La diabólica pericia que, en su estreno, el 1 de enero de 1879, hubo de hacer gala el violinista no estuvo al gusto ni siquiera del gran Pablo Sarasate, maestro entre maestros. En cambio, la capacidad retrospectiva de este tipo de composiciones, que se vuelven legendarias aun habiendo sido percibidas en su origen como un “contra concierto”, son el retrato de la brillante lucidez del “visionario”. En su acierto no puede dejar de mencionarse a Joseph Joachim, amigo de Brahms, quien intervino de forma activa en la delimitación figurativa de los pasajes más cromáticos del violín y en la adecuación técnica de sus posibilidades. Incluso después de presentar la obra, la partitura continuó en transformación, porque la mariposa solo llega a su vuelo cuando decide desprenderse y eclosionar. Así lo hizo Ellinor D’Melon, con la sutileza de quien domina el aire, pero se enfrenta con dinamismo al revoloteo acrobático del huracán.

El cálido sonido de su violín es espejo de la excelencia técnica. La articulación de la mano izquierda en consonancia precisa con el manejo del arco, destila la vibración colorista de quien hace de la destreza un arma expresiva. La dicción sonora “sílaba a sílaba”, como si de un sistema lingüístico se tratase, habla a la arbitrariedad de la emoción, pero también al juicio racional. Las dobles cuerdas que se extienden en varios pasajes del Allegro non troppo, se emiten con la nitidez que no siempre consigue la simultaneidad de notas en un instrumento de cuerda. También los trinos, en su naturaleza asustadiza por exigir la alternancia entre sonidos adyacentes, llegan a un esplendor laureado en una cadenza que hace estremecer la piel.

Michal Jurowski al frente de la RFG © Real Filharmonía de Galicia
Michal Jurowski al frente de la RFG
© Real Filharmonía de Galicia

La melodía cantabile del oboe con la que empieza el Adagio, es soñadora y melancólica, pero es la interpretación de la solista la que declama lirismo en las variaciones del tema presentado. El eco de sensibilidad se propaga a la totalidad de la orquesta, aunque la trompa ejerce aquí un diálogo equitativo. En contraste a esta atmósfera, el Allegro giocoso ma non troppo vivace es abordado con el fulgor alegre de los giros del folclore húngaro “alla zingarese”, con la celebridad armónica de lo que se asemeja a una marcha triunfal y con la profundidad excitante en la exploración de solista y orquesta por conquistar el “poder sinfónico”. Como colofón al grato espectáculo hay que decir que los pianísimos del Gionvanni Battista Guadagnini del 1743 que tiene entre sus manos, no pierden sus matices, aun en la búsqueda de una mudez intencionada. Los agudos brillantes se enriquecen por el vibrato personal de D’Melon, llegando a una sonoridad superlativa que invita a la contemplación de la “batalla” entre el sinfonismo orquestal y el refinamiento solista, con pasajes de verdadera agitación.

La Real Filharmonía de Galicia cierra el concierto con la Sinfonía núm. 1 en do menor, op. 68, que tantos quebraderos de cabeza dio a Brahms por su excesiva autocrítica a la sombra de Beethoven. Los contrastes entre los cuatro movimientos no abandonan la solemnidad y la cierta ingravidez con la que se espera redondear el trabajo orquestal. La gravedad de sentimiento y la plenitud sonora del primer y del cuarto movimiento, permiten también un tiempo de refugio a la protección y a la calma en el segundo, explotada por oboe y clarinete, para volver al desamparo en el tercero, con un scherzo que inquieta el sosiego rítmico. En ciertos pasajes del Un poco sostenuto. Allegro, el tormentoso estrépito de los contrafagots, violonchelos y contrabajos incide con dureza en las cuerdas, manteniéndose en un límite que no llega a alterar los contratiempos, pero que inducen al desasosiego. El solo de violín en el Andante sostenuto, fue ejecutado con limpieza y mesura interpretativa por el concertino; de mayor textura abordó la trompa el relieve alpino en el Più andante –segunda sección del Adagio. Allegro non troppo, ma con bio–. La textura fulgente tintinea en toda la interpretación, logrando secciones con carisma, de las que Michail Jurowski es gran responsable, y que terminaron con una calurosa acogida de los asistentes.

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