La Veronal, el colectivo fundado por el coreógrafo español Marcos Morau, presenta en el Théâtre de Chaillot su nueva creación, Sonoma. Conocido por sus sublimes puestas en escena de estética surrealista y la precisión de su danza inspirada en el teatro físico, Marcos Morau vuelve con una obra genial en la que une el hiperpoder femenino y la tradición religiosa. Marcos Morau nos sumerge en un universo fascinante que rinde homenaje a los orígenes aragoneses de Luis Buñuel, con una coreografía trepidante, una música dinamizadora sobre un fondo de redoble de tambores (inspirado en los actos populares de la Semana Santa aragonesa) y una escenografía onírica en la que se entrecruzan monjas, brujas, ancianas con cabezas gigantes y muchachas jóvenes con atuendo virginal. Sonoma marcó prodigiosamente el Festival de Avignon en 2021 con su magnífico (aunque siniestro) folclore católico-medieval y resultó una propuesta a la altura de la grandiosa fachada del Palais des Papes. Es una creación de impresionante riqueza artística. 

Como la mayoría de las obras de La Veronal (Rusia, Islandia, Voronia, Siena, etc.), Sonoma es un título toponímico que evoca una región de California. Sin embargo, la pieza no hace referencia a este lugar, sino que juega con el propio nombre de Sonoma: en un enfoque casi esotérico, Marcos Morau lo disecciona para convertirlo en una palabra mágica, una fuente de inspiración. Significa en nativo americano “valle de la luna” y es también la combinación de dos palabras grecolatinas “soma” (cuerpo) y “sonum” (sonido). De estas etimologías cruzadas, Marcos Morau extrae los principales hilos conductores de su creación: la luna símbolo de la feminidad, el tema central de Sonoma, la luz sepulcral que baña la escenografía y una coreografía tan física como sonora. El trabajo sobre la voz es inédito en Sonoma, concebido como un ballet de gritos, soplos, polifonías femeninas, pero también recitaciones de numerosos poemas, coescritos por los dramaturgos contemporáneos El Conde de Torrefiel, La Tristura y Carmina S. Belda.

Sonoma
© Anna Fàbrega

Se abre el telón sobre una visión fantasmagórica. Como inquietantes muñecas tradicionales, nueve mujeres de cuerpos rígidos se deslizan a toda velocidad por el suelo. Se congelan alrededor de una cruz varada en el escenario que, bajo un entrelazado de cuerdas, parece el ancla de un barco. Declaman bienaventuranzas modernas, recitadas con astucia, como un culto rendido a los mil rostros del mundo contemporáneo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (…) bienaventurados los náufragos de los mares (…), los supervivientes de las guerras, (…) los condenados de la tierra (…), los que algún día encontrarán la cura del cáncer, la malaria, el sida, el Alzhéimer…”. El fervor religioso de Sonoma parece el murmullo de un pequeño humano frente a Dios. Las hermanas parecen luciérnagas atraídas por la luz intermitente, sus gesticulaciones evocan los enjambres de insectos. En una increíble secuencia coreográfica donde aparecen con el rostro encapuchado, sus antebrazos (como garras afiladas) cortan el espacio y forman asombrosos patrones caleidoscópicos.

Sonoma
© Simone Cargnoni

Poblada únicamente por mujeres, Sonoma es una obra tan poética como radical sobre lo femenino. Desde el principio, las bienaventuranzas celebran "las mujeres olvidadas en los libros de Historia". Esta feminidad se revela en su pureza: al son de la música de Debussy, muchachas en retretes blancos se ríen y hacen girar la corola de su vestido. Coronadas con magníficas aureolas de flores, a la vez virginales y mortuorias, se reúnen para entonar un canon febril, salpicado de jadeos y pequeños gritos animales en una escena entre el éxtasis religioso y el parto de pesadilla. Pero esta feminidad también se encarna en todo su poder: mujeres-brujas y mujeres-guerreras con cuerpos vibrantes, flexibles, desarticulados, retorcidos en posiciones de placer y dolor. En una escena final catártica, golpean tambores y exultan de cara al público: “¡Nosotras que aprendimos a dominar el fuego!”

Las mujeres poderosas no solo forman parte del mundo imaginario de Marcos Morau, sino que también son artistas en carne y hueso. Los nueve bailarines de La Veronal cincelan el espacio con una danza de deslumbrante precisión. Una actuación virtuosa y sin aliento que requiere una concentración rítmica total, Sonoma es una batalla librada por artistas extraordinarias, “supermujeres” ardientes que hacen latir los corazones con la cadencia frenética de sus tambores.

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