Un entramado de vida y muerte, de Clasicismo y su transfiguración, de ocaso y renacimiento. Así podría resumirse la decimocuarta cita con la Orquesta Nacional de España, dirigida en esta ocasión por su director titular David Afkham y con un solista de primer nivel como Asier Polo al violonchelo. El programa abrazaba casi 250 años desde la cumbre del Clasicismo con Haydn hasta los albores de nuestro milenio con la pieza de Turina, pasando por el entusiasmo schumanniano, pero se mostraba coherente con un cierto espíritu clásico que lo recorría a pesar de las diferencias.

La obra inicial fue la más reciente, la Paráfrasis sobre «Don Giovanni» de José Luis Turina, escrita para octeto de violonchelos y posteriormente adaptada para orquesta de cuerdas. Fue esta última versión la que se ejecutó en esta ocasión. Se trata de una composición que encierra el universo mozartiano del homónimo drama musical, y más concretamente, de la escena inicial del duelo y muerte del Comendador. En ella se entrelazan sabiamente los motivos originales con las variaciones que resultan del subtexto y muestran la profundidad del origen de la caída de Don Giovanni. En la interpretación, Afkham supo sacar provecho de esta versión orquestal, resaltando toda la extensión de la cuerda, desde la gravedad de los contrabajos hasta las casi imperceptibles notas altas de los violines. Con perfil claro, se desgranó el contrapunto, se enfatizaron los contrastes dinámicos y se plasmó un sonido contundente, nunca menguante. La obra, con el compositor presente en sala, fue acogida calurosamente.

El compositor José Luis Turina saluda tras la interpretación de su obra
© Rafa Martín | OCNE

A continuación, Asier Polo hizo su ingreso para interpretar uno de los hitos del Clasicismo, el Concierto para violonchelo y orquesta de Haydn. Se trata de una página célebre que Polo conoce bien (la ha grabado con la Orquesta Barroca de Sevilla) y con la que se le vio igualmente cómodo interpretándola junto a la Orquesta Nacional. Polo es un solista de gran sensibilidad, de técnica ágil y arco ligero, que le permite sortear con facilidad los retos que este concierto esconde. Estuvo bien acompañado por Afkham, el cual adoptó unos tiempos bastante sostenidos, que dieron notable impulso a la ejecución, y además mantuvo un muy buen equilibrio entre solista y conjunto. Cabe recordar que no nos encontramos aún en la concepción del concierto como confrontación y oposición entre instrumento principal y orquesta, algo más característico del siglo siguiente, sino que se trata más bien de un diálogo, de un discurso compartido, que se desarrolla a través de la variación y el juego. En tal sentido, el primer movimiento se plasmó con muy buen gusto, con gran atención a la afinación y un fraseo nítido y sin hesitaciones. Polo dio prueba de su inteligencia musical en una cadencia de buen cuerpo, con hondura polifónica y versatilidad. El segundo movimiento se caracterizó por su elegancia, su lirismo que no languidece y se mantiene en una tesitura apolínea. Especialmente destacable el crescendo de Polo sobre el arranque del tema principal, bien destacado gracias a las cuidadas dinámicas de la Orquesta. El movimiento final sonó distendido, fluido, con brío y buen hacer por ambas partes, arrancando una ovación entusiasta para una interpretación prácticamente impecable.

El chelista Asier Polo, David Afkham y la Orquesta Nacional
© Rafa Martín | OCNE

Arrastrados por este ímpetu, dio arranque la Sinfonía núm. 1 de Schumann, que con el mundo clásico de Haydn se confronta y busca superarlo. La obra, denominada “Primavera”, está llena de vitalidad y desenfado. También es cierto que presenta algunos problemas en la orquestación, a los que no pocos directores no tuvieron reparo en intentar buscar soluciones para que sonase “mejor”. Lo cierto es que no es fácil retocar una obra de un autor como Schumann, por lo que tal vez la mejor opción sea la de aprovechar esas asperezas y deducir de ellas una lectura coherente. Esa pareció ser la intención de Afkham, que optó por una tímbrica reluciente, de metales y tímpano contundentes, una pulsión rítmica arrolladora y un constante y elevado nivel de decibelios. En algún momento, especialmente del primer movimiento, pareció algo excesivo, dando la sensación de desbordamiento, aunque las hechuras se mantuvieron firmes gracias a una batuta atenta. El Larghetto sonó más sosegado, bien desarrollado, aunque pareció encajar menos con la lectura global de la obra. En el Scherzo y en el Allegro final, Afkham sacó a relucir el brillo de la primavera schumanniana, sobre todo con la madera, en la que especialmente se esmeró la flauta solista de Álvaro Octavio Díaz. Fue la representación pletórica de la idea de renacimiento resuelto del joven Schumann, en manos igualmente enérgicas como las de Afkham.

En resumen, excelente prueba de la Orquesta Nacional, capaz de recorrer un repertorio variado de manera coherente y un Asier Polo que mostró una madurez musical notable y se consolida como un punto de referencia en el panorama musical del violonchelo.

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