Los concursos de música siempre han sido parte importante de la experiencia humana. En el Mundo Antiguo, las sociedades de Grecia y Roma los consideraban parte importante de su adoración a los dioses y habitualmente los acompañaban de procesiones religiosas y un sacrificio. Mientras que en la actualidad no hay necesidad de que te metas una cabra en tu equipaje de mano, el sacrificio es todavía parte del negocio: muchas horas de estudio, kilómetros de viaje, dinero invertido y una determinación incansable son ingredientes necesarios para tener éxito.

Los miembros del jurado del Queen Elisabeth Competition y la Reina Isabel de Bélgica en 1959
© Robert Kayaert | Queen Elisabeth Competition

Usar un foro público parece la manera natural de encontrar a los mejores jóvenes intérpretes mientras que se promueve el género musical y se ayuda a establecer nuevas carreras profesionales. Incluso hoy, cuando todo lo que necesitas es una cuenta en una red social para alcanzar a tu potencial público, los concursos de música ofrecen mucho más que solo visibilidad. Es como abrir una ventana para dejar que el aire fresco circule: necesitas talento, viajar, estar atento a lo que ocurre ahí fuera y conocer músicos con los que trabajar. Además, muchos concursos ofrecen a los estudiantes la oportunidad de asistir a masterclasses a cargo de artistas de talla mundial, y esto es algo que ni siquiera un millón de “me gusta” en Instagram puede darte.

La atención de la prensa, de cualquier modo, ha sido siempre fundamental para ayudar a los músicos en ciernes. En los años veinte del siglo pasado, Nueva York era el centro del negocio de los conciertos: las críticas de música clásica ocupaban una parte importante en todos los periódicos, con multitud de críticos reseñando cualquier nuevo debut. Como las grabaciones estaban reservadas para los grandes nombres del momento, la radio en sus primeras andaduras y la televisión no existía comercialmente, el único camino para un aspirante a músico estaba en conseguir un contrato con un manager de Nueva York. La petición de un cantante que no podía contratar un manager porque no había cantado en público aún inspiró a Walter Wehle Naumburg, banquero, filántropo y chelista amateur a seleccionar a algunos talentosos músicos a participar en un recital, lo que les permitía que los críticos reseñasen su actuación. Esto fue el inicio del Naumburg Competition, que se celebró por primera vez en 1926, y de numerosas carreras de éxito, incluyendo las de Jorge Bolet, Kun-Woo Paik y Stephen Hough. Las ediciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial del concurso Naumburg también destacaron la importancia de las grabaciones hechas en EE. UU, una idea pionera en el momento.

Al otro lado del charco, en Varsovia, 1927 asistió a la primera edición del Concurso Internacional Chopin, fundado por el pianista polaco Jerzy Żurawlew y aún hoy día uno de los pocos concursos monográficos de piano del mundo. Un bombardeo aéreo alemán destruyó el Warsaw Philharmonic por completo, pero el torneo sobrevivió al conflicto y comenzó de nuevo en 1949, volviendo a un recién restaurado auditorio en 1955.

Los galardonados en 1957 en el Concours de Genève incluyó a Martha Argerich y Dominique Merlet
© Wassermann | Archives Concours de Genève

Entre los concursos de música de más larga andadura está también el Queen Elisabeth Competition. Creado bajo el impulso del violinista y director belga Eugène Ysaÿe y la Reina Isabel de Bélgica, tuvo lugar por primera vez en 1937, y el primer laureado fue David Oistrakh. Cuando Europa quedó sumida por la Guerra, la competición se suspendió. El acontecimiento, en cualquier caso, muy querido por la reina fue retomado en 1951 y formó parte del proceso de recuperación del país. Se transmitió por radio desde 1951, por televisión desde 1960 y a través de internet desde 2001.

Programa del primer Geneva International Competition en 1939
© Sartori | Concours de Genève International Music Competition

La Segunda Guerra Mundial arrasó Europa, pero un concurso se las apañó para no interrumpir su programa. El Geneva International Music Competition, en Suiza comenzó en 1939 bajo el nombre de  Concours International d'Exécution Musicale (CIEM). Fue fundado por el músico austriaco Frédéric Liebstoeckl y Henri Gagnebin, director del conservatorio en el momento, y contó entre sus primeros premiados con el pianista Arturo Benedetti Michelangeli y la soprano Maria Stader. Mientras la guerra se extendía por el continente, la competición seguía en pie, y aunque no se calificaba de internacional, seguía  atrayendo a músicos de toda Europa, recibía a los artistas como refugiados y los ayudaba con los premios en metálico del concurso. Nombres famosos que ganaron el galardón durante la guerra fueron el director Sir Georg Solti y el violinista austriaco Paul Doktor. En 1946, al acabar el conflicto, el concurso reinstauró su estatus de internacional.

En Francia, el concurso Long-Thibaud abrió sus puertas en 1943 (aunque el nombre cambió a  Long-Thibaud Crespin en 2011, cuando un premio para voces inspirado por la soprano de ópera Régine Crespin fue incluido). Sus fundadores, la pianista Marguerite Long y el violinista Jacques Thibaud, aparecen en un artículo publicado en 1947 en el periódico francés Opéra, hablando de su deseo de poder ofrecer esperanzas a los jóvenes músicos. Aunque era imposible siquiera soñar con un concurso en una Francia ocupada, salieron adelante con un evento nacional en 1943, para ampliarlo a escala internacional una vez que concluyó el conflicto.

La idea de los concursos de música como motor de la unión fue respaldado por Yehudi Menuhin, quien encabezó el jurado del concurso Long-Thibaud Crespin entre 1993 hasta su muerte en 1999. En 1996 se le escuchó decir: “nos reunimos aquí, los miembros del jurado y nosotros, no para medir la distancia que separa a los participantes entre sí, sino para resaltar el nivel de conexión que han alcanzado […] al servicio de la música y la humanidad.”

Ciccolini, ganador del Long Thibaud Crespin en 1949, con el perro del fabricante de pianos A. Gaveau
© Fondation Long Thibaud Crespin

Entre muchos de los destacados participantes de este concurso francés de tan larga existencia está el pianista Aldo Ciccolini, al que la prensa describió como una revelación en 1949. Y si se imagina los concursos de música clásica como una elegante gala, piénselo otra vez: según la prensa francesa, en el concurso de piano de 1953 se asistió a un auténtico caos y griterío debido a un una controvertida decisión sobre otorgar dos segundos premios  –al soviético Evgeny Malinine y al francés French Philippe Entremond– en lugar de un primero. La participación de ciudadanos de la Unión Soviética tanto en el jurado como entre los concursantes fue, en cualquier caso, un gran paso para el intercambio cultural entre el Este y el Oeste.

El Concurso ARD ostenta también una larga tradición, y surgió de un concurso anterior denominado Concurso para Jóvenes Solistas. Fundado en Múnich, en 1952 comenzó en la antigua República Federal de Alemania. 1957 vio la fundación de la Federación Internacional de Concursos de Música (WFIMC), que en la actualidad reúne miembros de unos 40 países. El Concurso Internacional Tchaikovsky, que tiene lugar en Rusia, fue fundado al año siguiente, en plena Guerra Fría y se consideró clave a la hora de restaurar la confianza del país en sus propios músicos y al mismo tiempo sirvió para abrir un canal de comunicación con el resto del mundo. Sesenta años después y con un telón de acero menos, el concurso todavía atrae a concursantes de todas las nacionalidades y procedencias. El pianista americano Van Cliburn se hizo increíblemente famoso tras ganar la primera edición del Concurso Internacional Tchaikovsky en Moscú, inaugurando una nueva era de comunicación cultural entre el Este y el Oeste. El Concurso de Piano Internacional Cliburn comenzó poco después, en 1962, para celebrar su legado y el poder que la música tiene para romper barreras.

Kathleen Winkler ganadora del Carl Nielsen International Violin Competition, y la Reina Margrethe II
© Ole Bjoerndal Bagger

Además de apoyo musical, el intercambio cultural que aportan los concursos de música son un aspecto muy destacable. Muchos concursos como el Long-Thibaud Crespin en Francia, el Van Cliburn en Texas y el Mirjam Helin International Singing Competition en Finlandia, organizan para sus participantes la estancia con familias locales a lo largo de la duración del concurso.

En los años ochenta asistimos a un florecimiento de concursos alrededor de todo el mundo, desde Escandinavia hasta Norteamérica y Asia. Y si le pasa como a mi y cree que los noventa fueron hace diez años, solo necesita una mirada al prestigioso Concurso de Dirección Donatella Flick con una andadura de 28 años y que se celebró por vez primera en 1990, para darse cuenta que el tiempo ha pasado para todos.

El barítono Samuel Hasselhorn, 1er premio, 2018, del Queen Elisabeth International Music Competition
© Bruno Vessiez

No podemos mirar atrás sin pensar a la vez en el camino que tenemos por delante. De igual modo que los concursos de música son un tema controvertido para algunos, no podemos negar que su existencia ha sido enormemente beneficiosa para músicos de todos los rincones del mundo y lo seguirá siendo en el futuro. Directores robot y orquestas holográficas puede que sean una realidad el próximo siglo, y puede que la realidad virtual permita que músicos alrededor del planeta interpreten a la vez desde sus respectivos salones, pero independientemente de cómo evolucione la tecnología, si algo hemos aprendido de esta breve inmersión en la historia de los concursos es que la fuerza del ser humano y el deseo de conectar más allá de las barreras geográficas, políticas y culturales será el centro de todo ello.