Cuando en diciembre de 2009 Xavier Cos salió a cantar en la Plaça del Rei de Barcelona, su corazón, con toda seguridad, latía acelerado. Es uno de los miembros más antiguos del Orfeó Català, una de las sociedades corales más importantes de Europa, y sabía perfectamente la importancia de este concierto, no solo para el coro, sino también para la sede que había sido su hogar desde 1908. Tras verse envuelto en un escándalo de desfalco que llevó al Palau de la Música Catalana a las portadas de todos los periódicos nacionales de España, todos aquellos relacionados con el auditorio sintieron una fuerte responsabilidad. Necesitaban ganarse la confianza de la comunidad catalana y recuperar el espíritu humanitario sobre el que la institución se fundó. El concierto de esa noche, organizado para los habitantes de Barcelona y gratuito, era el primer paso del proceso de rehabilitación.

El escenario del Palau de la Música Catalana
© David Karlin

“Recuerdo que fue muy emotivo. Teníamos que mostrar las dificultades por las que estaba pasando la institución para poder curar nuestras heridas. Era importante para purgarnos; era importante ser transparente con la sociedad”. En un documental transmitido por televisión en España a comienzos de mes, Cos reflexiona acerca de las circunstancias que rodearon el escándalo. “Lo sucedido causó gran tumulto entre los cantantes”, comenta. “Nuestra institución, un lugar que amamos, estaba en el ojo del huracán”.

El responsable del huracán era Fèlix Millet, antiguo presidente de la Fundació Orfeó Català. Entre 1999 y 2009, Millet, junto con el director administrativo Jordi Montull, había estado desviando dinero a través del Palau, facilitando comisiones ilegales por contratos entre la empresa de construcción Ferrovial y el partido de centroderecha Convergència Democràtica de Catalunya (CDC). A lo largo de diez años Ferrovial pagó 6,6 millones de euros al CDC por contratos públicos y un total de 24 millones desaparecieron de las arcas del Palau. Millet mantenía un lujoso estilo de vida mientras que el Orfeó sufría una gestión mediocre y disponía de un presupuesto mísero. “Una de las mayores quejas de los cantantes era que nunca podían hacer conciertos en ningún otro lugar”, explica su sustituta Mariona Carulla. “Había recortes constantemente, en clases de canto y en giras. Fèlix siempre decía que era porque no había suficiente dinero”.

El reinado de Millet llegó a su fin cuando en julio de 2009, tras un chivatazo anónimo, los Mossos d’Esquadra entraron en las oficinas del Palau. A pesar de cierto escepticismo sobre su culpabilidad, (este hombre era, después de todo, sobrino nieto del cofundador del Orfeó, Lluís Millet), la Junta directiva puso inmediatamente a Carulla en el lugar de Millet y a Joan Llinares (ahora director de la Agencia Valenciana Antifraude) como director interino.

Llinares se dio a la tarea de, casi literalmente, recomponer los hechos. “El primer día algo hizo saltar las alarmas. Un empleado vino a mi oficina y me dijo que las trituradoras de papel no habían parado de funcionar. Ordené que las desenchufaran inmediatamente… tras varias semanas, uniendo los trozos de los papeles triturados, conseguimos un documento al que denominamos la ‘Piedra Rosetta del Palau”. Cuando Llinares entonces descubrió que casi 200 000 euros habían desaparecido de la caja fuerte de la oficina y un documento en el que se detallaba el reparto de dinero entre los miembros de la familia Millet –”gastos, viajes a Menorca, clases de hípica”– decidió llamar a abogados y auditores externos para poder darle sentido al creciente escándalo. Este equipo recién creado pasó el resto del verano en turnos de 12 horas, cribando todas las pruebas y documentando minuciosamente cada céntimo que había pasado por las cuentas del Palau.

El descubrimiento más insólito ocurrió una noche después de un concierto del Orfeó. Llinares pasó por la oficina para echar un último vistazo a una serie de documentos que los habían sumido en el desconcierto a él y a su equipo. Estos documentos mostraban transferencias bancarias por valor de 90.000 y 130.000 euros a empresas que habían trabajado en las campañas electorales de Cataluña, mientras que otro contenía una foto que conectaba el patrocinio de Ferrovial del Palau con una serie de transferencias por las mismas cantidades. En un momento eureka, Llinares casó las cifras con una serie de facturas a nombre de ‘Daniel’, quien, tras analizar las agendas de Millet y Montull, pudo identificar como Daniel Osàcar, tesorero del CDC. El alcance del descubrimiento estaba muy lejos de cualquier cosa que Llinares o su equipo hubieran imaginado. No solo implicaba directamente al Palau y su patrocinador, Ferrovial, sino también a un partido político que en coalición ha dominado la escena política catalana durante los últimos 30 años.

El Palau de la Música Catalana
© David Karlin

El “Caso Palau”, tal y como se lo conoce, fue el primero de una serie de ignominias que acosaron al presidente catalán y líder del CDC, Artur Mas. En 2014 el sucesor de Daniel Osàcar, Andreu Viloca fue arrestado con cargos por corrupción y un año más tarde, una organización relacionada con el CDC, Fòrum Barcelona, fue investigada tras descubrirse que había aceptado ilegalmente donaciones privadas por valor de 4 millones de euros.

Pero donde Mas fracasó en suprimir de su partido a todos aquellos sin escrúpulos, Llinares vio en el “Caso Palau” una oportunidad para la renovación. Una vez que las operaciones de Millet fueron completamente investigadas y los trabajadores sospechosos de colaborar con él, retirados, Llinares le pidió al entonces director general de l’Auditori, Joan Oller, que tomara las riendas con la condición de que devolviera a la institución estabilidad y confianza. Asumió el reto con gran gusto. “No podía haber nadie mejor musicalmente y artísticamente”, recuerda Carulla.

Pronto siguieron una serie de reformas, todo parte del “Plan Estratégico” de Oller para reinstaurar los valores fundacionales del Orfeó: excelencia, compromiso, responsabilidad social e identidad catalana. Las cuatro entidades separadas que conformaban la compleja estructura del Palau (la misma que permitió a Millet campar a sus anchas) se unificaron en una Fundación. El Orfeó se situó de nuevo en el centro de la institución: entre 2009 y 2019 su presupuesto anual se incrementó de 705.000 a casi 1,5 millones de euros. Se invitó a intérpretes de primera línea y a compositores a colaborar –Arvo Pärt, John Adams, Philip Glass, Sir Simon Rattle, Daniel Barenboim, Yuja Wang, por mencionar solo algunos. Se organizaron giras internacionales y en 2016, para delicia de los cantantes, se contrató al inglés Simon Halsey como director artístico. “La llegada de Simon Halsey fue otro gran paso adelante”, reflexiona Cos. “Incorporó una manera distinta de trabajar con el coro, que lo hizo aún más profesional”.

Simon Halsey con el Orfeó Català
© Ricardo Rios Visual Art

Pero quizá el cambio más importante que ha traído Oller no ha sido para el Orfeó en sí, sino para la comunidad a la que sirve. Cuando el coro se fundó en 1891, era una oportunidad de aunar la tradición de Clavé con la cultura más elevada. Es por esto que el Palau se construyó en el barrio Gótico –donde vivían muchos trabajadores. Oller, reconociendo esto, revisó y amplió el programa educativo del Palau para incluir varias iniciativas sociales y comunitarias. Introdujo un ciclo de conciertos de intérpretes y compositores locales, “Intèrprets Catalans”. El edificio se ha abierto a colaboraciones con artistas visuales y literarios como Antoni Tàpies, Eulàlia Valldosera y Santi Moix; una vez al año el Palau organiza la “Jornada de Puertas Abiertas”, en la que los ciudadanos pueden visitar el edificio y participar en un taller de coro que termina con un concierto. La escuela coral del Orfeó también recibió un incremento de presupuesto y se creó un programa social y educativo, “Clavé XXI”, que mediante talleres y clases de canto coral pretende la inclusión social a través del canto de los jóvenes barceloneses. El proyecto ahora cuenta con nada más y nada menos que 87 coros y 1900 cantantes; la idea se ha extendido por otras ciudades y pueblos de Cataluña. Jordi Martí, delegado de Cultura de Barcelona, lo expone con mucha elegancia: “El Palau no es un símbolo de poder, de la burguesía o del estado. Si consigue que más y más gente en Cataluña cante, sin lugar a dudas, esto es más importante que los mejores programas de conciertos que pueda montar”. Bajo el atento ojo de Oller, pareciera que el magnífico espíritu de esta obra de arte modernista haya sido revivido.

Estas Navidades, Cos volverá a salir a la Plaça del Rei junto a sus compañeros del Orfeó. Desde aquel primer concierto hace ya una década, el coro ha mantenido la tradición viva, tanto como penitencia como por catarsis. Este noviembre también llega a su muy esperada conclusión el caso: tras una épica investigación de 8 años, el Tribunal Supremo emitirá la sentencia relativa a Millet y sus conspiradores, los cuales fueron liberados tras la prisión provisional. Ya cabe poca duda acerca de su culpabilidad, como tampoco, tal y como nos diría Cos, de la capacidad de la música para curar hasta la más profunda de las brechas.

Este artículo ha sido promocionado por el Palau de la Música Catalana.

Traducido del inglés por Katia de Miguel