El subtítulo "Pasiones humanas en la música teatral entre España e Italia" demarca temáticamente el itinerario dispuesto por Fahmi Alqhai y el resto de integrantes de Accademia del Piacere. Un recorrido que se enmarca, siquiera en virtud de las dos piezas con las que dicha excursión concluye, en la conmemoración del Centro Nacional de Difusión Musical al compositor español José de Nebra, figura clave del Barroco musical español y de cuya muerte se cumplen el presente curso 250 años. El ejercicio plantea una suerte de contrapunto entre dos núcleos geográficos de la coalescencia epocal conformada por música y teatro: Italia y España. La lista de nombres no evita privilegiar la presencia de los más consagrados, Claudio Monteverdi y su colaborador Salamone Rossi, alternando con otros dos italianos, Biagio Marini y Luigi Rossi, así como con los autores correspondientes al contexto castellano: Gaspar Sanz, Juan Hidalgo, Sebastián Durón y el ya citado José de Nebra. Además, la interrelación también opera en la dimensión formal, combinando las obras que no requieren participación vocal –como la inaugural Sinfonia grave de Salomone Rossi– con aquellas que incorporan el elemento textual –en definitiva, la inmensa mayoría de las piezas que nutren el programa–.

Fahmi Alqhai © Javier Díaz Luna
Fahmi Alqhai
© Javier Díaz Luna

Uno de los aspectos más cuidados por la Accademia del Piacere radicó en el subrayado de la pluralidad de timbres contemplados en la formación orquestal –un violino da gamba, un violín, una viola da gamba bajo, una tiorba, un clave y un órgano–, que a su vez favorecían el propósito de ilustrar la riqueza de las “pasiones humanas” que concitan estas músicas –hecho que, por lo demás, ya puede intuirse desde los propios rótulos de las canciones: Duri e penosi, Trompicávalas Amor, La noche tenebrosa, Rompa el aire en suspiros, Lagrime o Animoso denuedo, por referir únicamente algunos de ellos–. Así, la individualidad de cada voz destacó en la contribución a la resultante sonora, sin perjuicio de que se desempeñase un rol preeminentemente melódico o de bajo continuo. Y la atención por la afinación, que no renunció a la demora de varios segundos entre interpretación e interpretación para reajustar la tensión de las respectivas cuerdas, alentó asimismo la consonancia polifónica apuntada. En términos generales, el engranaje camerístico, guiado incansablemente por los gestos de Alqhai, evidenció coordinación –apenas hubo errores relevantes, más allá de eventuales entradas a destiempo– y mesura, logrando que los afectos que inspiran este florilegio italo-hispánico de partituras emergiesen a través del contrapunto y el lirismo de sus fraseos, antes que mediante un dramatismo, valga la redudancia, teatralizado.

El conjunto Accademia del Piacere © Óscar Romero
El conjunto Accademia del Piacere
© Óscar Romero

Capítulo aparte merece la magnífica actuación de la soprano romana Roberta Mameli y del tenor sevillano Juan Sancho, que proyectaron las notables labores de Daniel Pinteño, Johanna Rose, Rami y Fahmi Alqhai, Miguel Rincón y Javier Núñez por encima de sus no desdeñables pero limitadas –en la medida que encarnaban la función de ripieno– posibilidades expresivas. Haciendo honor al calificativo "canoro/a", Mameli y Sancho desplegaron sus dotes con igual acierto, en las páginas que habían de afrontar en solitario y en aquellas que propiciaban su diálogo, siendo estas –sin desdoro de la beldad de las primeras– las que aglutinaron mayor número de conquistas –en este sentido no es casual que las Trompicávalas de Juan Hidalgo se brindasen nuevamente finalizado el concierto, a modo de propina–. ll Gran Teatro del Mondo, por tanto, alcanzó su máximo esplendor cuando el escenario alojó a la totalidad del elenco, alimentando con los cantos al alimón la idea que culminaría con Tempestad grande, amigo, el conocido fandango de Nebra –perteneciente, permítasenos apostillar, a una deliciosa zarzuela  de que poco desaprovecha: Vendado es Amor, no es ciego–: Mameli y Sancho lucieron por separado –Lasciate Averno y Adiós, prenda de mi amor representaron el clímax a este respecto–, pero si se trataba de vindicar el tándem música-dramaturgia a partir de lo que Descartes denominó "el gran libro del mundo", la fórmula del éxito, anoche, no residió en las comparsas, sino en la alianza encomiable de dos partenaires cómplices y cautivadores. Como dice la letra de Brújula y Títiro "... y en bailando este son fandanguítico, se les da de estos ruidos un rábano". 

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