El siglo XIX es la época de las grandes sinfonías y los conciertos virtuosos, de Beethoven y de Liszt, de la gran ópera de Verdi... Y, sin embargo, también es el siglo de la “música trivial”, esa que también se conoce como “música ligera” y que encaja perfectamente dentro de la mentalidad burguesa que se impone en todo el viejo continente. La popularización del lied, la introducción del folklore y también de lo exótico en la música académica están muy bien representados en el programa que nos brindaron Ekaterina Semenchuk y Semjon Skigin.

Semyon Skigin (piano) y Ekaterina Semenchuk (mezzosoprano) en el Teatro de la Zarzuela
© Rafa Martín | CNDM

Nos ofrecieron una música, como decía, algo alejada de la profundidad filosófica del lied alemán, pero no por ello menos interesante y, además, con unas filigranas y recursos compositivos dignos de los firmantes de la partitura. La voz de Semenchuk sonó con una naturalidad pasmosa a pesar de las dificultades técnicas que demandan algunas de las canciones que integran la Despedida de San Petersburgo de Mijaíl Glinka. Supo resaltar cada uno de los detalles de la “Canción de cuna” u ofrecer un amplio registro de matices en el “Bolero”. Sin embargo, en esta primera parte de la colección de Glinka faltó un aspecto muy importante: el dramatismo.

No fue hasta después de la “Canción de viaje”, que pianista y mezzosoprano desvirtuaron al no cuadrar las articulaciones pareciendo que competían más que complementarse, cuando la velada comenzó a mejorar. A partir de la Fantasía pudimos apreciar más cambios de timbre y atención a los detalles del texto, ofreciendo de este modo al público una interpretación más musical y más cercana. Fue entonces cuando esa música trivial, con rasgos exóticos y que parecía hecha únicamente para el entretenimiento de la alta burguesía y la aristocracia rusas comenzó su proceso de transmutación hacia algo más cercano al concepto habitual que tenemos de lied. Al menos en las piezas de “La alondra” y “A Molly”. La primera de ellas permitió a Skigin introducirnos en unos pocos compases en una atmósfera muy diferente del ritmo marcial del precedente “Romance del caballero” con tintes de marcha patriótica a lo Partant pour la Syrie. Posteriormente, Semenchuk sabría usar la línea y el fiato para dotar a “La alondra” del dramatismo que el propio texto demanda.

Ekaterina Semenchuk
© Rafa Martín | CNDM

Es más difícil ver esta cuestión de “lo trivial” en un asunto tan dramático como es la muerte, leitmotiv de las composiciones de Modest Mussorgski que nos fueron ofrecidas en la segunda parte. Los textos son de una dureza terrible y, sin embargo, la música no lo es tanto, ¿por qué decantarnos? Ekaterina Semenchuk nos ofreció la que yo creo que es la interpretación más acertada: una casi irónica, divertida incluso, a pesar de las desgarradoras historias que narra. Los cambios de timbre en la “Canción de cuna” o el atrevimiento con el que encara el comienzo de “La danza trepak”, nos trasladan más allá del texto. Los juegos vocales de la excelente partitura de Mussorgski nos permiten relajarnos, incluso divertirnos y, en definitiva disfrutar de una música que resulta excepcional en la voz de Semenchuk: habilidosa y a la vez natural y clara. Sería el equivalente a algo así como jugar al Cluedo: a nadie se le ocurriría dejarse llevar por las cuestiones morales que entraña estar compartiendo tablero con un supuesto asesino.

También en la “Serenata” las armonías extendidas casi jazzísticas del piano de Skigin nos hacen ver menos oscuras esas “angostas tinieblas del hosco cautiverio”. Solo alcanzamos cierta solemnidad al final de “El mariscal de campo”. Y, sin embargo, enseguida se rompió con los aplausos y tres propinas con impronta de danza que bien podemos integrar dentro de este concierto que tanto hubiera gustado a la alta burguesía de finales del XIX: el Gopak de Mussorgski y la Habanera y el Bolero “Ouvre ton coeur” de Bizet. Un final más festivo y alegre que “El mariscal del campo” que viene a certificar una vez más esas idas y venidas ente lo trivial y lo emocional que se acaban integrando de forma magistral en veladas como la del pasado lunes.

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