No es nada fácil representar Britten. Reflejo de los dilemas de su carrera, sus óperas normalmente admiten convincentemente una lectura superficial, pero queda siempre en la penumbra un universo entero de verdades de contornos difusos. Para los intérpretes es tentador privilegiar la claridad sobre la profundidad, lo público sobre lo privado, y suavizar las contradicciones que espoleaban la inspiración de Britten. En ninguna ópera esto es tan evidente como en Gloriana, donde este choque se convierte en los cimientos de una de sus partituras más brillantes y fascinantes. Para esta nueva producción, Ivor Bolton y Sir David McVicar se han conjurado para crear una Gloriana sin complejos, explotando sus fértiles conflictos y dejando al descubierto toda su complejidad. El resultado, engrandecido por un reparto inolvidable, es un éxito sin matices y supone una largamente esperada reivindicación de esta maltratada obra maestra.

Anna Caterina Antonacci (Elizabeth) y Leigh Melrose (Cecil) © Javier del Real | Teatro Real
Anna Caterina Antonacci (Elizabeth) y Leigh Melrose (Cecil)
© Javier del Real | Teatro Real

En esta Gloriana la comentada afinidad natural de Bolton con Britten ha ido más allá que la mera exposición clara de la partitura para convertirse en una genuina contribución, gracias en parte a una Orquesta del Teatro Real cómplice y en forma. No tuvo miedo de revelar el alma más oscura de la partitura, subrayando las disonancias que corrompen el tema Green Leaves al final del monólogo de Elizabeth en el Acto I y sacando todo el jugo ácido a los metales en la escena del vestido del Acto II. Como contraste, Bolton y el Coro ofrecieron una limpia y balsámica Mascarada, interpretada con sincera humildad. La extrema precisión y punta de las explosiones orquestales que preceden al monólogo de la reina en el Acto III contribuyeron a un clímax magistral.

<i>Gloriana</i> en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Gloriana en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

En la misma línea, la nueva producción de McVicar revela la retorcida arquitectura que sostiene la gloria Real. El escenario está dominado por una esfera armilar gigante, preciosamente acabada por Robert Jones. El simbolismo es evidente, pero potente, y McVicar lo usa para hilar la progresión narrativa: la Reina acaba el Acto I en el centro de la esfera, se lo cede a la hibris de Essex en el Acto II, y lo deja huérfano al final de la ópera. La omnipresencia de la estructura podría terminar siendo monótona, pero la espectacular iluminación de Adam Silverman dio un contraste inusitado, con riquísimas texturas sobre todo en las escenas públicas. Todos estos elementos permitieron a McVicar construir un continuo narrativo, suavizando la artificial división en escenas con cambios rápidos y eficaces. Su Gloriana es eminentemente realista, pero teñida de incómodos toques de farsa que van predominando conforme la historia avanza, como las sombrías danzas y el bufón demoniaco del Acto II. Todos los personajes están perfectamente caracterizados, gracias en gran medida a los geniales figurines de Brigitte Reiffenstuel, pero es Elizabeth la que destaca como una creación inolvidable, dibujada como una criatura de otro mundo, ni humana ni divina, poderosa pero frágil, noble pero impredecible.

Anna Caterina Antonacci (Elizabeth) © Javier del Real | Teatro Real
Anna Caterina Antonacci (Elizabeth)
© Javier del Real | Teatro Real

Esta caracterización tan extrema, a veces irreverente, sólo fue posible gracias al talento único de Anna Caterina Antonacci. Dominó el escenario en cada aparición y condujo al público a través de una exploración fascinante del personaje: al mando y desdeñosa en la escena del duelo, divertida pero cínica con Essex, majestuosa y sinceramente adulada en la Mascarada y fatalmente autodestructiva en la escena del baile, que llevó a la profunda y desnuda auto-conciencia del monólogo final. Su pronunciación en inglés fue extraordinaria para una no nativa (aunque tal vez no lo necesariamente perfecta para la Reina de Inglaterra) e interpretó el texto con dicción clara y fraseo magnético. La voz se ha agriado algo con los años, con un color ferroso que le va muy bien al personaje. A veces algo tensa y con dificultades en el registro grave, su sólida técnica y su sana emisión estuvieron en la base de un debut triunfal.

Anna Caterina Antonacci (Elizabeth) y Leonardo Capalbo (Essex) © Javier del Real | Teatro Real
Anna Caterina Antonacci (Elizabeth) y Leonardo Capalbo (Essex)
© Javier del Real | Teatro Real

Leonardo Capalbo fue una elección atinada para el ambicioso e impulsivo Essex. Encantador y franco, conquistó los favores Reales con su timbre carnoso y seductor. Estuvo perfecto en los dúos y conjuntos, con buena proyección y fraseo ardiente. Su segunda canción del laúd, un regalo envenenado por sus frases largas y registro engañosamente grave, estuvo bien cantada, pero le faltó lirismo y expansión. Leigh Melrose estuvo técnicamente perfecto, pero su timbre lírico y su fraseo correcto casi contradecían el perverso Cecil que McVicar había concebido. Duncan Rock, con su timbre poderoso y rudo y su virilidad casi hostil en escena, le dio a Mountjoy verdadera relevancia dramática. Sophie Bevan fue una Penelope de voz poderosa y penetrante, en contraste con la inocente y suave Frances de Paula Murrihy. Sam Furness estuvo encantador como Espíritu de la Mascarada, con buenos agudos y reguladores. Fue también una noche perfecta para el Coro, perfectamente en estilo y con una rica paleta de color que permitió contrastar todas las escenas. Ojalá esta Gloriana contribuya a revertir su desafortunado historial escénico y a segurarle el lugar en el repertorio que ya debería ocupar por méritos propios.

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