Los coqueteos de Mozart con la Ópera Seria son un verdadero regalo a los amantes del género. Compuesta sólo dos años después de la furiosa Mitridate, Lucio Silla es el producto de un genio de 16 años que empieza a darse cuenta de las inmensas posibilidades de retorcer las viejas formas operísticas. Su partitura es una vibrante colección de innovaciones: la mayoría de los recitativos son accompagnato, se rompe la estructura clásica de las arias, con complejas partes A, y la armazón orquestal da sentido y coherencia armónica a toda la obra. Aunque a veces se le considera una mera promesa juvenil e imperfecta de todo lo que estaba por llegar, Lucio Silla es un festín manierista de Ópera Seria y el brillante comienzo de un nuevo camino de exploración psicológica. En una rara elección como apertura de la temporada del Bicentenario, el Teatro Real ha contratado al mismo reparto y la misma producción que defendió la obra en el Liceo hace cuatro años. No obstante, a juzgar por los excelentes resultados, el déjà-vu ha merecido la pena.

<i>Lucio Silla</i> en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Lucio Silla en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

La producción de Claus Guth es un ejemplo paradigmático de cómo respetar la estructura rígida de una forma operística arcaica y al mismo tiempo resaltar sus elementos más innovadores. La música inspiró en todo momento la dirección de actores e incluso la estructura de las arias tuvo su paralelo exacto en el movimiento de los cantantes por el escenario. La producción está basada en una elocuente dualidad que separa el mundo oscuro y trágico de los amantes Cecilio y Giunia, de la hiriente blancura de la grotesca dictadura de Silla. Haciendo una intertextualidad brillante, Guth conecta el deseo irrefrenable de Cecilio por ver a Giunia con la gesta de Orfeo intentando rescatar a Eurídice del Hades: ciego en la oscuridad, no acierta a tocar la sombra velada de Giunia, posponiendo una y otra vez el “tenero momento”. La idea alcanzó su total desarrollo al final del Acto I, cuando los amantes, yaciendo en el suelo como tristes espectros, se reconocen entre miedos y susurros. En el extremo contrario, el reinado de Silla era de un brillo agresivo, dibujando con brochazos de farsa la caricatura del atormentado dictador.

Christian Schmidt ha diseñado un escenario giratorio que le proporciona a Guth la variedad de escenarios para situar con agilidad el drama, todos ellos asfixiantes no-lugares (callejones traseros, pasillos de grandes moles brutalistas), como la siniestra cámara donde Silla gobierna y conspira, una verdadera morgue de guerra civil. La repetición de espacios da coherencia a la construcción de los personajes, pero después de la mitad del Acto II se hace algo repetitiva. En el Acto III, en una subversión del lieto fine, Silla invita a todos los personajes a una deprimente cena en la que finge su dimisión, para aparecer al final envuelto de nuevo en su capa púrpura.

Kurt Streit (Lucio Silla) © Javier del Real | Teatro Real
Kurt Streit (Lucio Silla)
© Javier del Real | Teatro Real

Kurt Streit aprovechó la oportunidad que le daba la producción y lideró el reparto con un retrato alucinado del Silla más sádico. Su voz, masculina y perfectamente proyectada, a veces se acercaba a la dura sonoridad del tenor de carácter, algo que, unido a una interpretación impresionante, le dio a la interpretación una profundidad dramática inusitada. Fraseó con maestría y relieve, sobre todo en los recitativos, elocuentes y cínicos. Por su parte, al Cecilio de Silvia Tro Santafé le faltó ese carisma escénico, pero su interpretación vocal fue un manual de excelente belcanto. Su luminosa voz de mezzo ligera, con su bello y característico vibrato rápido, suena tan liberada que la melodía queda definida con precisión y pureza. Acentuó con variedad en “Il tenero momento” (precioso y sentido da capo) y afiló el fraseo para redondear un “Quest'improvviso tremito” verdaderamente heroico, con potente agudo. En su bella despedida de Giunia dio un recital de canto ligado y de media voz genuina.

Patricia Petibon (Giunia) y Silvia Tro Santafé (Cecilio) © Javier del Real | Teatro Real
Patricia Petibon (Giunia) y Silvia Tro Santafé (Cecilio)
© Javier del Real | Teatro Real

Patricia Petibon fue una Giunia superada por la dura vocalidad del papel, especialmente en la extrema "Ah se il crudel periglio”, donde su técnica heterodoxa y su coloratura sucia lastraron la interpretación. Estuvo más convincente en los recitativos y en el extraño arioso del Acto III, "Fra i pensier più funesti”, donde logró una intensa y afectada expresividad. A pesar de todo, es cierto que su iconoclastia vocal unida a su magnetismo en escena, ayudaron a poner a Giunia en el eje central del drama, subrayando todas las innovaciones formales y expresivas que Mozart esbozó en su parte.

Patricia Petibon (Giunia) y Silvia Tro Santafé (Cecilio) © Javier del Real | Teatro Real
Patricia Petibon (Giunia) y Silvia Tro Santafé (Cecilio)
© Javier del Real | Teatro Real

Celia es un personaje poco interesante, con arias bonitas pero convencionales, pero María José Moreno supo sacarle partido con su emisión cristalina y su técnica perfecta, exhibiendo una buenísima coloratura y agudos brillantes, a pesar de alguna imprecisión en las escalas picadas de "Se lusinghiera speme”. El personaje de Cinna está poco desarrollado en el libreto, siempre a la sombra de Cecilio, e Inga Kalna, a pesar de su sólida técnica, no logró sobresalir. Kenneth Tarver es mucho tenor para el pobre papel de Aufidio y demostró en su aria que está para cosas de mayor enjundia.

Ivor Bolton fue la pieza clave para convertir todos estos buenos elementos en una función casi redonda, gracias a su dirección ágil y de tempi vivos, contagiando pasión y nervio a una Orquesta del Teatro Real que sonó totalmente mozartiana con un sonido homogéneo y brillante.

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